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En
el número 12 de la Revista Haz –revista de los estudiantes
falangistas- de 5 de diciembre de 1935 se publica un artículo que
lleva por título “Homenaje y reproche a Don José Ortega y Gasset”
El texto tiene una doble intención. El objetivo de la primera es
celebrar el veinticinco aniversario del magisterio de Ortega y
Gasset a la vez que saldar una deuda con la orfandad política a la
que el maestro ha sometido a la generación de José Antonio; y la
otra, expresada en pregunta “¿Es la política función de
intelectuales? no es sino una excusa para exponer de forma
implícita, como breve artículo-manifiesto, la relación que los
intelectuales, desde su obligación como arquetipo de hombre y por
deber, tienen para con la vida pública de una nación. Por tanto, la
pregunta así contemplada es un mero artilugio retórico. Pero, ¿Por
qué Ortega y Gasset? La pista nos la ofrece Adolfo Muñoz Alonso en
su libro Un pensador para un pueblo: “Ortega personifica
la cultura a nivel de las ideas del tiempo. José Antonio lo
reconoce, y le importa mucho dejar constancia de ello, no sólo como
deudor, sino como reconocimiento intelectual, humano y político
inspirador”.
El artículo que está dividido en dos partes bien identificadas,
refleja claramente la carga irónica que José Antonio habitualmente
utilizaba. En la primera parte se analiza el tipo de intelectuales
contemporáneos, que no generacionales o coetáneos, de la España de
José Antonio. El tema de los intelectuales y su relación con la
política, en concreto, ya había sido tratado por Ortega y Gasset, y
es una constante de la época manifestándose así la importancia que
tenían estos, en el primer tercio del siglo XX, como guías
espirituales de la actividad pública.
José Antonio distingue entre dos tipos de intelectuales; o más bien
de pseudointelectuales. Los de “la voz engolada” o “los
superfinos” y los “aristófobos” Desde una dialéctica
negativa, José Antonio describe a los engolados como “los que se
califican a sí mismos como intelectuales” y “tienen la
irresistible inclinación a encorsetar todas las conversaciones entre
difíciles términos técnicos”. Los “superfinos” son
aquellos que encerrados y escondidos en su torre de marfil, para no
contaminarse de nada ajeno, hacen castillos de naipes teóricos; son
hijos de la elucubración y el delirio. Tienen la peculiaridad de
caminar sobre las aguas del conocimiento, cual salvadores de la
humanidad, entre la superfinísima cursilería junto a una
pedantería que les lleva a pensar que la vida es un mero objeto de
conciencia y hay que vivirla desde la distancia fría de esa
conciencia, sin empaparse de una realidad que es cruel y que frena
su sensibilidad. Son sectarios con aires de grandeza que “se
agrupan en capillitas semimisteriosas, donde, a punta de dedo, se
extraen a los juegos de palabras algunas gotas de belleza, solo
asequible a los iniciados” y que sólo emulan en sus formas, que
no en su fondo, a aquellas sectas iniciáticas griegas ; y si alguien
además se pregunta por la aportación de estos y los otros a la “tarea
del pensamiento humano” se convencerán de que ha sido casi nula,
por no decir completamente estéril, pues a pesar de que incluso
algunos hayan escrito volúmenes y volúmenes de libros no hay en
ellos sino cáscara hueca vacía de contenido.
Por otro lado encontramos a los aristófobos, aquellos que por
su puro “buenismo” y simplismo piensan que el intelectual tiene poco
o nada que decir y poco o nada que aportar a la política pues en el
fondo todo es una cuestión de sentido común, buena voluntad y mucha
honradez. “Déjeme usted de intelectuales; los intelectuales no
dan una; lo que hace falta es gente con honradez y sentido común. Si
hubiera una docena de políticos decentes, España estaba arreglada en
un par de años”.
Tras la exposición crítica de estos pseudointelectuales retomemos la
pregunta ¿Es la política función de intelectuales? A ella
José Antonio contesta con un NO rotundo: “Específicamente, la
política no es función de intelectuales”.
Aunque a simple vista pudiera parecer que quiere cerrar la cuestión
de un plumazo; no es así pues: “En ocasiones no es siquiera moral
resistirse al llamamiento. Hay coyunturas de conmoción del mundo o
de la Patria en que puede resultar monstruoso permanecer bajo la
lámpara de la propia celda” afirma José Antonio confirmando que
en casos excepcionales nadie puede ignorar la llamada íntima, ética
y de compromiso con los otros para contribuir, desde su propia
naturaleza, a la regularización de la vida pública.
El maestro Ortega y Gasset ya había hecho notar en La rebelión de
las masas la cuestión de los intelectuales. A estos, piensa
Ortega y Gasset, por su condición de “minoría excelente” –no es esta
una división en clases sociales sino en clase de hombres: el hombre
selecto que se exige más que los demás-, se les suponía una
cualificación, un compromiso no egoísta y una aristocracia
espiritual; sin embargo muchos se habían convertido progresivamente
en “pseudointelectuales incualificados, incalificables y
descalificados por su propia contextura”. Para el catedrático de
metafísica, el intelectual debe aceptar el destino y la misión de
director, jefe y dirigente en una sociedad cargada de vulgaridad y
falta de estilo; una “inmensa mayoría” dentro de todas las capas
sociales que practica el plebeyismo desustancializando la cultura y
convirtiéndola en un mero reducto de opiniones relativistas; unos
pseudointelectuales instalados en las formas y en los medios a los
que convierten en fines sin ningún deseo de búsqueda y, menos aún,
no tienen la fe en el encuentro de la Verdad. Verdad interna,
íntima, absoluta y de fondo que oriente los destinos propios de la
persona y, por ello, de la sociedad. Dice Ortega y Gasset en el
prólogo para franceses en La rebelión de las masas: “Donde
quiera ha surgido el hombre-masa...un tipo de hombre hecho de prisa,
montado nada más que sobre unas cuantas y pobres
abstracciones...Este hombre masa es el hombre previamente vaciado de
su propia historia, sin entrañas de pasado...Más que un hombre, es
sólo un caparazón de hombre constituido por meros <<idola fori>>;
carece de un <<dentro>>, de una intimidad suya, inexorable e
inalienable, de un yo que no se pueda revocar. De aquí que esté
siempre en disposición para fingir ser cualquier cosa. Tiene sólo
apetitos, cree que tiene sólo derechos y no cree que tiene
obligaciones: es el hombre sin la nobleza que obliga –sine nobile-
snob”.
Mientras tanto, José Antonio valora en Ortega “la clarividencia
crítica y la limpieza moral de sus actos” , admira su ataque a
los pseudointelectuales, la “sobriedad castellana de sus gestos”,
su ejemplaridad, la severidad consigo mismo, “su voz profética y
su voz de mando” y su deseo de vertebrar España; pero le
reprocha que desistiera, al primer revés, de su vocación y trágico
destino –asunción de un nuevo destino y la ruptura con el
anterior- al que había sido llamado, abandonando la empresa a la
que se entregó por su conciencia de intelectual y por su ethos
personal; algo a lo que no podía renunciar pues “...los
conductores no tienen derecho al desencanto”. “La revolución
es tarea de una resuelta minoría inasequible (...) al desaliento”
afirma José Antonio en su articulo “Acerca de la revolución”.
El ethos personal de Ortega y Gasset es para José Antonio un ethos
heroico, el ethos aristotélico en el que “Somos lo que hacemos”.
Ethos de intelectual-jefe expuesto; con inspiración homérica y
poética que se tiene que exponer desde su ser intelectual, ethos de
maestro-guía al servicio de España, al servicio de los principios
del Bien, la Belleza y la Justicia. Es un hacer trágico que se
expresa en una nueva situación y un nuevo destino en soledad, en el
centro, en carne viva, cruelmente; y sin más asidero que su propia
fe. Desde ella alimenta la esperanza, virtud ilustrada de una masa
pasiva y necesitada de un espíritu que trascienda la realidad para
instalarse, desde su lenguaje poético y activo, en una naturaleza
nueva; ensoñando un orden nuevo. No es un ethos de especulación
reflexiva sino ethos solidificado en las obras y en su relación con
el hombre, con el otro.
Este ethos es el “Homo poéticus”, pura poesía que puede “despertar
una emoción o señalar una actitud enérgica y extrema”; faro y
vigía de la cultura y de los pueblos. Por ello, se consuma en su
obra sin consumirse; consagrándose en ella y por ella, como llama
viva y revolución, radical, e incesante, de todo lo público. Obra
como revolución espiritual y poética. Así el ethos personal en su
dimensión política es un ethos poético –fe creadora y acción
constructiva- y religioso –espíritu de servicio-. “De
cara hacia fuera –pueblo, historia- la función del político es
religiosa y poética”. Es la fuerza interior, espiritual, radical
y de fe que hace de su aptitud una actitud religiosa, poética y
heroica. “El verdadero héroe es, sépalo o no, poeta, porque ¿qué
sino poesía es el heroísmo?” afirma Don Miguel de Unamuno en
Vida de Don Quijote y Sancho.
Este ethos debe hacer “polis”, política; debe guiar a los individuos
hacia la unidad totalizadora que armonice lo disperso. Unidad
nacional. Pueblo unido bajo la nación; y todo ello bajo la Patria
como espíritu externo de la unidad íntima de las personas.
La lucha del ethos, como “Homo poéticus”, es una lucha a la
intemperie. Busca la unidad de lo histórico, lo físico, espiritual y
teológico con sentido de Imperio. Así es el orden nuevo.
Ya en 1915 Unamuno habla del “político poeta”, aquel que deja
su alma en la obra, aquel que expresa en la política su creatividad
espiritual. El vigía del pueblo. El sujeto opuesto al interesado “electorero”;
aquel político que dedica según José Antonio más tiempo a recabar
votos que al bien común. “La electorera –escribe Unamuno-
tiene muy poco que ver con la política, con la verdadera política,
con la educación civil del pueblo –porque eso es lo que es el
intelectual, un educador-. Es cosa curiosa que los profesionales
de las elecciones, de los grandes electoreros, sean los que menos
sentido político tengan. Creen que no hay opinión política allí
donde la gente ni se preocupa de elecciones ni se alista en comités
de partidos electorales (...) Hacer política es, ante todo y
sobre todo, hacer opinión pública, fraguar conciencia colectiva, y
no, hacer elecciones”
En el Discurso de 29 de octubre de 1933, en el Teatro de la Comedia,
José Antonio anuncia que el movimiento que sueña debe tener tintes
poéticos y espirituales: “...a los pueblos no los han movido
nunca, más que los poetas”.
Así este ethos poético retoma el sentido originario de lo que fue el
“agathos” griego. Ese “agathos” que hoy traducimos como bueno y que
tiene un sentido más profundo y generoso como es el de servir, es
decir, servicio, lo que le constituye como un término más
cualificado y profundo. Este sentido de servicio es el que José
Antonio impone a su movimiento. “Entendemos la vida como servicio”.
De igual modo el ethos se recrea desde la “areté” griega como
excelencia en contraposición a lo vulgar y sin nobleza. Vulgaridad y
snobismo que el maestro Ortega había diagnosticado como situación,
que desafortunadamente, se iba imponiendo en la sociedad no sólo
española sino también europea. “Lo característico del momento
– decía Ortega y Gasset- es que el alma vulgar, sabiéndose
vulgar, tiene el denuedo de afirmar el derecho a la vulgaridad y lo
impone dondequiera (...). La masa arrolla todo lo diferente,
egregio, individual y selecto. Quien no sea como todo el mundo,
quien no piense como todo el mundo corre el riesgo de ser eliminado.
Y claro está que ese <<todo el mundo>> no es <<todo el mundo>>.
<<Todo el mundo>> era, normalmente, la unidad compleja de masas y
minorías discrepantes, especiales. Ahora todo el mundo es sólo masa”.
Esta vulgaridad que se va imponiendo, por falta de fe del propio
hombre, es lo contrario del “aristó” –lo mejor-; raíz de la que
procede el concepto “lo aristocrático”; actitud que por cualidad
aspira, como decía en la Ilíada Peleo a su hijo, a ser siempre “...el
mejor por encima de los otros”. Ser el mejor es ser ejemplo,
“minoría excelente” que está obligado por responsabilidad y
compromiso heroico a crear un “orden nuevo”. Este ethos es, en la
vertiente política del intelectual, el sentido de servicio que
supera todos los individualismos egoístas y excluyentes,
característicos de los nacionalismos tribales. Hacer sociedad desde
el servicio, la excelencia, el cumplimiento, la plenitud y el
compromiso. En definitiva, teleológicamente “alcanzar lo que se
debe alcanzar” decía Aristóteles.
“El que acierta con la primera nota –según José Antonio-
en la música misteriosa de cada tiempo, ya no puede eximirse de
terminar la melodía”.
Por ello José Antonio exige a Ortega que asuma su destino de
“minoría excelente” y tome, trágica y heroicamente, el timón de la
gran empresa que es España, cargada de masa-muchedumbre vulgar, y la
conduzca a un orden nuevo, como hiciera en otros tiempos,
dirigiéndola hacia su verdadero, autentico y único destino.
Situación esta que al no darse asume José Antonio.
“Don José no quiso hacer de la política un flirt, pero se dio
por vencido. Cuando descubrió que <<aquello>>, lo que era, no era
<<aquello>> que él quiso que fuese, volvió la espalda con desencanto”.
Aún así, el maestro olvidó que “Cuando un <<egregio espíritu>> se
entrega por entero, hasta agotarse en frustración generosa, nunca se
dilapida el sacrificio”. Pero el magisterio que Ortega ejerce es
tan fuerte sobre las generaciones de su época que le lleva a decir a
José Antonio: “Y en esta fecha de plata para don José Ortega y
Gasset se le puede ofrecer el regalo de un vaticinio: antes que se
extinga su vida, que todos deseamos larga, y que por ser suya y
larga tiene que ser fecunda, llegará un día en que al paso triunfal
de esta generación, de la que fue lejano maestro, tenga que exclamar
complacido: <<¡Esto sí es!>>”.
Por tanto y como dice Adolfo Muñoz Blanco “José Antonio asumió
una tarea a la que Ortega estaba llamado”. José Antonio asumió
el heroico destino como intelectual y político, costándole la vida,
de ofrecer a su maestro el fruto de su magisterio. Dice Agustín del
Río Cisneros en su libro El pensamiento de José Antonio: “Tuvo
sensibilidad poética –el arte preciso- para trasmitir bellamente sus
ideas. Y tuvo carácter heroico: sinceridad y rectitud de conciencia,
solidaridad generosa, valentía, tenacidad y abnegación para luchar y
defender una concepción justa de la vida, de la política y de la
historia, salvando así la única posibilidad de la existencia de
España”.
Metafísica del intelectual.
Conocida pues la necesidad del ethos poéticus en lo político, ¿es
este ethos posible de encontrar en los intelectuales?, es decir ¿son
los intelectuales capaces de hacer política desarrollando el ethos
poético que potencialmente tienen dentro?
Intelectual proviene del latín Intellectualis y tiene varias
acepciones en el Diccionario de la Real Academia de la Lengua;
nosotros hemos optado por la que, creemos más cercana a la raíz de
lo que José Antonio entendía por ese término; es decir, la que
afirma que intelectual está relacionado con lo “Espiritual,
incorporal”.
José Antonio entiende que los hombres educados, aquellos que
encuentran dentro de sí –el hombre es portador de valores eternos y
universales- los principios universales que rigen las cosas, la
verdad y la belleza (realidades que por su esencia deben tener las
cualidades de la eternidad, la intemporalidad –sentir el tiempo- y
el carácter absoluto y que son entidades universales), deben ir más
allá de las fugaces y relativas circunstancias que rodean el existir
humano. El intelectual libremente busca la verdad y debe
constantemente revisar sus hallazgos, debe someter a la duda aquello
que ha encontrado para desvelar la realidad única de que están
constituidas las cosas. Libertad que abandona cuando se ve
“encantado” trágicamente e ingresa en política, ya que la política
es una actividad del aquí y ahora, que exige resultados y que
precisa de la toma de decisiones en un abrir y cerrar de ojos. Dice
José Antonio: “En cambio, la política, ante todo, temporal
-medir el tiempo-. La política es una partida con el tiempo en la
que no es lícito demorar ninguna jugada. En política hay obligación
de llegar, y de llegar a la hora justa”.
La cuestión es profunda. Aparentemente las actividades intelectuales
y políticas se nos manifiestan como contrarias pero realmente el
principio que las define no es el de “contradicción”, como pudiera
parecer, sino el principio de “integridad” y “complementariedad”,
pues están condicionadas de forma necesaria y apriorística por la
vida “Si una política no es exigente en sus planteamientos –es
decir, rigurosa en lo intelectual-, probablemente se reduce a un
aleteo pesado sobre la superficie de lo mediocre”. Antonio
Machado, generacionalmente del 98 como José Antonio, siempre
sospechó esta verdad y así lo escribe en estos versos: “Busca a
tu complementario,/ que marcha siempre contigo,/ y suele ser tu
contrario”.
Hacer labor intelectual y consiguientemente política, impregnado del
ethos “poéticus” consistirá, a partir de ahora en aprehender la
unidad anterior que habita en aquello que se ofrece, en aquello que
se nos presenta como disperso, diverso, diluido o desplegado. Es
decir desvelar lo originario y previo que funda lo expresado en la
vida para así enfrentarse a la realidad de cada hombre y de la
comunidad. Dice Adolfo Muñoz Alonso que “El intelectual es un
desvelador reposado de verdades adivinadas por la mente, que yacen
encubiertas en el cuerpo fenoménico de la realidad.”.
Es, por tanto, iniciarse y mantenerse en una empresa constructiva
contraria a todo proyecto utilitarista del más simplón sentido
común. Además, es una cruzada heroica y cuasi-quijotesca, sin duda
guiada por la fe.
El intelectual-político
debe estar no sólo a la altura de los tiempos sino incluso más allá
de los tiempos vividos; debe situarse, desde su conocimiento y su
obra, en los tiempos eternos que le muestran como sujeto-ejemplo. La
presencia en la ausencia. “...nada autentico se pierde”. El
intelectual-político es arquetipo de cultura y de vida que se
adivina y muestra como sustrato esencial de todo conocimiento y su
actuar debe convertirse en quicio y paradigma para los demás
hombres. El intelectual-político debe ser siempre muestra enhiesta
de esa cultura universal de la exigencia, de la excelencia y del
compromiso. “La vida es milicia” decía José Antonio.
El intelectual-político
cincela con el estilete de la palabra y la obra su huella en las
almas de los hombres, inscribiendo estilo en el espíritu humano. Se
constituye en jefe de la vulgar masa-muchedumbre contribuyendo,
desde su autoridad y su personalidad, al crecimiento humano.
Su palabra -hablada o escrita- es de sentimiento y destino, de
corazón y de comunión entre ser, saber y actuar. “Sólo el que
sabe es libre”. Lírica de aristocrática finura, de asombro, de
sacrificio y de interioridad. Palabra que poematiza el sistema.
Palabra originaria de vocación y providencia; y por ello, fe y
esperanza del género humano. El maestro Ortega y Gasset afirmaba: “somos
nuestras ideas”.
Es la fe del intelectual
el valor más admirado al tomar la decisión – de manera trágica- de
embarcarse en la loca aventura del hacer en la vida pública. Es una
empresa de lucha por mantener la libertad, la justicia, el
compromiso y la cultura. Empresa impregnada de vida porque como
decía el maestro Unamuno, “todo lo que es vida es verdad”.
Incluso afinando más el sentido de los conceptos, la fe del
intelectual-político debe ser más culta y por ello más estética que
civilizada y plástica. Sobrecogida por la voz espiritual,
revolucionaria y eterna que incluya excluyendo toda revuelta efímera
y transitoria. En Revolución de 28 de abril de 1934 afirma
José Antonio: “Yo calculo que a nadie se le pasará por la cabeza
el supuesto de que la <<revolución>> apetecida por mi es la
<<revuelta>>, el motín desordenado y callejero (...). nada más
alejado de mis inclinaciones estéticas”.
Existe una identidad, para
el intelectual-político -minoritario excelente-, entre ética,
palabra y acción política, es decir entre lo privado y lo público.
Toda palabra y acción está regida por principios del ser y del
saber, principios éticos del bienser que solidifican en acciones
para el bienestar. No debe por ello el intelectual-político, por
cuestiones de conveniencia y comodidad particular olvidar y
abandonar su destino de compromiso con los principios espirituales
del bienser. Por ello debe tener impreso en su carácter el deber de
vibrar ante los acontecimientos tanto internos como externos. En
definitiva la ética escribe el hacer. “Letras sin virtud, perlas
en un muladar” decía Miguel de Cervantes; consigna escrita a
fuego en el corazón del intelectual-político. Pero, ¿cuales son esos
valores éticos que deben definir el acto de la vida pública?
En su Tesis Doctoral –hoy libro- sobre la génesis del pensamiento de
José Antonio, el profesor de la Facultad de Filosofía de la
Universidad Autónoma, Moisés Simancas, afirma en nota a pie de
página: “Según testimonio personal de José Luís Arrese a Salvador
de Brocá la Vida de Don Quijote y Sancho (1905) era una de las
lecturas preferidas de Primo de Rivera, quién sentía por su autor
una sincera admiración (...) por su talante espiritual y su
patriotismo crítico, Miguel de Unamuno debía, sin duda, influir en
la Falange. Pero mucho menos por sus ideas que por su actitud”.
Así Don Quijote de la Mancha, el Caballero de la Fe –alter ego de
Unamuno- se convierte, si tomamos como referencia las afirmaciones
de Brocá y que recoge el profesor Simancas, en arquetipo de valores
éticos, heroico, guía y estandarte en la lucha del
intelectual-político consigo mismo, con su situación trágica y con
la acción pública en el camino hacia un “orden nuevo”. Arquetipo que
utiliza las armas del corazón, de la razón, de la mesura, del
entusiasmo, de las dificultades –a la intemperie-, de la constancia,
de la elegancia espiritual, de la recta voluntad –no del
voluntarismo- y de la fe. Por ello afirma Unamuno: ...”¿Qué vamos
a hacer en el camino mientras marchamos? ¿Qué? ¡Luchar! ¡Luchar!, y
¿cómo? ¿Cómo? ¿Tropezáis con uno que miente?, gritadle a la cara:
¡mentira!, y ¡adelante! ¿Tropezáis con uno que roba?, gritadle:
¡ladrón!, y ¡adelante! ¿Tropezáis con uno que dice tonterías, a
quien oye toda una muchedumbre con la boca abierta?, gritadle:
¡estúpidos!, y ¡adelante! ¡Adelante siempre!”.
Cualidades que arremeten
contra los pseudointelectuales creídos de la razón, del hedonismo,
del materialismo, de las aventuras sin ventura, de la mirada
utilitarista que, sin ver nada, buscan el sentido de las cosas desde
la pregunta para qué sirven; pseudointelectuales adoradores de una
estricta y matemática lógica, los de la cochina lógica, que jamás
han creído en el entusiasmo porque van al acecho del pragmatismo;
pseudointelectuales mercaderes incapacitados para la escucha, para
sentirse encantados por la pasión; sin saber que, como decía Miguel
de Unamuno había que armarse “... de visiones quijotescas y
desbaratemos con ellas los embustes sanchopancescos”. Todo ello
hace que el intelectual-político sea autor –autoridad- más que
escritor o periodista. El autor, en quietud, sosiego y silencio, en
un acto heroico, desnudada su alma, expresa sentires, pensamientos,
sueños, añoranzas, deseos… desvela, desde su palabra, el misterio de
lo sagrado. El autor se confiesa y desvela; y desde su confesión
defiende la soledad en la que está. “No puedo –decía Unamuno-
evitar ponerme en mis escritos”.
“Si el periodista escribe para vivir y el escritor vive para
escribir, y ambos viven para la bibliografía, que es la vida de los
libros, el AUTOR escribe únicamente para poder vivirlo: la sincera
humildad de su espera profunda. Todas sus palabras, plasmadas en el
papel, son lucha interior para ser derrotado; para ser,
“en-cantado”.Vencido por la luz. Nutrido por la luz. Por el
silencio…Sentirse armonizado y sentirse dichoso”.
Estas palabras que hace
tiempo leí en la contraportada de un libro del dominico y órfico
Santiago Pérez Gago, describen perfectamente la diferencia
cualitativa entre intelectuales-políticos y pseudointelectuales que
José Antonio en su “homenaje” expone.
Todo autor escribe con el
afanoso deseo de ensoñar y recrear la realidad. ¿No es esto hacer
política?
El intelectual-político-autor, sueña una nueva realidad y un orden
nuevo desde la capacidad que tiene para ser fascinado. Esta
fascinación es siempre a la escucha de una luz interior que es
originaria, previa, anterior, simultánea y contemporánea a toda
creación. Él, que padece el arte de vivir -el más arriesgado de
todas las artes- no puede esquivar la lucha con su destino que es
compromiso; destino que como hombre tiene consigo mismo, vocación
primera atreviéndose a ser, universitarizandose con los demás. “Lo
absolutamente individual es lo absolutamente universal”. Este
destino es “el tiempo, temple y tempero interior, que
transverbera y cualifica todos nuestros sucesos cronológicos,
pasados, presentes y futuros de nuestra historia vital”. Por
ello, y como decía el filósofo E. Mounier “...rehusar el
compromiso es rehusar la condición humana”. Así el intelectual
no puede rehusar el compromiso de vigía de la cultura y
ensoñador-transformador de la realidad.
El tocado por la gracia y el don de la autoría, que es personalidad,
jefatura, no sufre, padece la plenitud de lo sentido y con ello la
paradójica situación de arrojarlo al exterior a través de la palabra
y la acción, limitando y limitándose el corazón en la obra hecha.
Esa es la dulce tragedia del autor. Tragedia religiosa. Pero es ese
dolor interior provocado por su situación y condición prometeica lo
que le impulsa a un constante cantar lo que ha perdido. Y siempre a
lanzadas de luz... Y vuelta a empezar. “Nuestro tiempo no da
cuartel. Nos ha correspondido un destino de guerra en el que hay que
dejarse sin regateo la piel y las entrañas. Por fidelidad a nuestro
destino andamos de lugar en lugar soportando el rubor de las
exhibiciones: teniendo que proferir a gritos lo que laboramos en la
más silenciosa austeridad; padeciendo la deformidad de los que no
nos entienden y de los que no nos quieren entender; derrengándonos
en ese absurdo simulacro consuetudinario de conquistar la <<opinión
pública>>, como si el pueblo, que es capaz de amor y de cólera,
pudiera ser colectivamente sujeto de opinión...; todo eso es amargo
y difícil, pero no será inútil”.
El
intelectual-político-autor se lanza al ruedo de la vida, jugándosela
en el centro, en soledad como los grandes héroes y sin defensa, con
la sola compañía de su pluma, la palabra escrita y sus actos para
cumplir su naturaleza trágica. Palabra que nace del manantial sereno
del corazón con la santa ilusión de armonizar todo lo descompasado
que el tiempo digital expresa, para eliminar la violencia del tiempo
numerado y su laberíntico existir. Porque tiene, además, la firme
creencia de que todo lo “descompasado anda buscando compás”.
El intelectual-político-autor es el hombre de carne y hueso. Hombre
que se define por su nombre, “¿qué es un hombre más que un nombre?”;
hombre único y complejo, recuerdo verbal y escrito de una vida en
carne viva. Vida solitaria y heroica. Su autoridad, como bien dijo
el hermeneuta Gádamer “...no tiene nada que ver con la
obediencia, sino con el conocimiento”. Por ello es maestro y
guía de generaciones. La autoridad transforma al autor
convirtiéndole en universo, verso único, individualidad que incluye
excluyendo a todos los individualismos. Esta autoridad es la del
estilo propio, la de la manera de ser que va más allá de una mera
forma de pensar. La autoridad así es arquetipo, luz y guía del
hombre y superior a todos los biotipos, prototipos y paradigmas
humanos que el racionalismo lógico impone. Y por ello el
intelectual-político-autor tiene el destino marcado por la misión
poética de dar luz a las sombras y estrella al desastrado. “Hay
que inquietar los espíritus y enfusar en ellos fuertes anhelos, aún
a sabiendas de que no han de alcanzar nunca lo anhelado”.
Y estas, que han sido hoy mis consideraciones, y no a la luz de las
estrellas como dice la etimología, sino bajo esta luz artificial,
que siempre provoca sombras, son todo lo más y todo lo menos que
puedo ofrecer; y como decía Unamuno: “...es más provechoso el
leer que el hablar, y en vez de escuchar hombres que hablen como
libros, es preferible leer libros que hablen como hombres. |