MILENIO AZUL
Círculo Nuevo Criterio

 

T E M A S

EL BALCÓN VACÍO
Santiago Alcalá

                                                                    
                                                                                             

“El buen ciudadano es aquel que no puede tolerar en su patria
un poder que pretenda hacerse superior a las leyes”
(Marco Tulio Cicerón)

 

Podría haber titulado esta reflexión como “El antes y el después”, e incluso “Cerrando puertas”, pero al final he preferido referirme al balcón como símbolo de lo que hemos podido vivir de marzo a hoy mismo. Ahora aparece gente que dice que lo de salir a aplaudir a los balcones y ventanas le pareció una tontería desde el principio y que decidió no hacerlo. Yo no diré tal cosa, porque mentiría. Yo sí salí a la ventana puntualmente a las ocho de la tarde a aplaudir a los sanitarios y con ellos a los transportistas, cajeras de supermercado, reponedores, personal de limpieza, cuerpos de seguridad, militares, etc. Lo hice hasta que tomé la decisión de dejar de hacerlo. Y no porque no hubiera miles de ciudadanos merecedores de ese aplauso, sino porque en algún momento me percaté de que semejante ceremonia diaria no sólo encubría cosas que era preciso denunciar, sino que por alguna perversa razón, se convertía en un acto de adhesión a las decisiones de las autoridades político-sanitarias.

En algún momento me invadió una inquietante sensación de déjà vu que me transportó al pasado, concretamente al viernes, 12 de marzo de 2004. Aquella tarde me sumé a una manifestación de protesta contra los terribles atentados que habían tenido lugar el día anterior en Madrid y que se convirtió en la marcha más numerosa que jamás había recorrido las calles de mi ciudad. Desde un poco después de iniciado el trayecto, empecé a experimentar una sensación entre inquietante y desagradable, hasta que ya se me encendieron las suficientes luces de alarma como para decidir que hasta ahí había llegado y optar por irme a casa. No había bronca ni se produjo incidente alguno, pero la actitud de la gente era bastante peculiar, parecía una exhibición masiva del llamado síndrome de Estocolmo. Donde debería esperarse indignación, se percibía tibieza y lo que debería haber sido una masiva actitud de repulsa y condena, devino en peticiones de diálogo y en expresiones de buenismo pacifista. ¿Cómo se podía ser dialogante con quien -fuera quien fuese- acababa de asesinar a casi doscientas personas en unos trenes? No, yo no iba a ser cómplice de una mascarada donde se exigía paz y diálogo... igual que los colaboracionistas con el III Reich ante la invasión de Polonia, paz y diálogo firmados en el ignominioso Pacto de Münich que convenció a Hitler de que podía convertirse en el dueño y señor de Europa sin que nadie moviese un dedo para impedirlo.
Aquel espíritu -maligno espíritu- del 12 de marzo de 2004 pedía doblar la rodilla ante los agresores y decirles: “mirad, si nos golpeáis, haremos lo que pidáis”. No se respiraba espíritu de resistencia al mal -que nada tiene que ver con permitir que el Gobierno de entonces se fuera de rositas, son cosas diferentes- sino de rendición.

Ese mismo déjà vu que me transportó a octubre de 2017, cuando miles de descerebrados salieron a la calle para condenar, no el golpe sedicioso contra la integridad territorial de España y la legalidad constitucional, sino... la respuesta al mismo, que por lo visto dividía y crispaba. El golpe no era el problema, lo rechazable era enfrentarse al acto sedicioso.

Por no hablar de una jerarquía eclesiástica puesta de perfil ante un clero que había decidido por su cuenta expulsar de la Iglesia a quienes no eran nacionalistas ni independentistas, otro déjà vu de aquellos días, que me retrotrajo a homilías pestilentes y actitudes eclesiales que me provocaron en su momento un gran sufrimiento moral interior. La misma actitud que les llevó a ignorar la complicidad de una importantísima parte del clero vasco con una organización terrorista que cometía crímenes casi a diario. O los homenajes a mafiosos en Sicilia, hasta que -menos mal- el Papa Francisco decidió tomar cartas en el asunto y terminar con aquella vergüenza: la de Sicilia, no la de aquí, lo de aquí no recibió ni la más leve reprimenda. Ese ponerse de perfil ante el mal es lo que condujo a tantos obispos a mirar hacia otro lado ante las perversiones y abusos que sucedían en el seno de la Iglesia, es ese contemporizar con el mal para evitar el escándalo inmediato, negando justicia y reparación a las víctimas y dejando una bomba de relojería a sus sucesores. Y que nadie me venga con que eso está sacado de quicio o sobredimensionado, porque no es así, hay cosas que no pueden tolerarse jamás. Un obispo de talante conservador me reconoció en una ocasión que si a la Iglesia le estaba cayendo la del pulpo, ello era una merecida consecuencia de inadmisibles actitudes anteriores. Y no hará falta que recuerde que el presidente de la Conferencia Episcopal acaba de otorgar sus bendiciones simbólicas a la gestión gubernamental, entre reproches a la falta de unidad. Es decir, que a semejante personaje, la actitud crítica hacia la incalificable actitud del Gobierno, le parece censurable.

Como aún conservo ojos y oídos, el drama que se estaba desarrollando ante mí adquiría proporciones dantescas. Un Gobierno que ignorando todos los informes sanitarios y las advertencias de la OMS, optaba por permitir y promover un aquelarre demencial y masculinófobo que derivó en centenares de contagios; que mintió constantemente a la población en sus ruedas de prensa, comunicados y comparecencias públicas; que subvencionó a determinados medios de comunicación para que aplicasen la ley de la omertá que les llevó a despedir a profesionales críticos, medios de izquierda y derecha, conste; que contrató intermediarios no cualificados -como alguna empresa de cosmética- para adquirir material sanitario; que compró ese material a la República Popular China -una democracia ejemplar, como todos sabemos- a un precio desorbitado; que adquirió un material inservible a precio de oro; que tras semejante estafa volvió a adquirir material inservible a precio de escándalo al mismo proveedor una y otra vez; que desprotegió a sanitarios, agentes policiales y militares, que pagaron un altísimo precio por ello; que concedió contratos a empresas sin dirección conocida e incluso extinguidas, figura en el BOE; que prácticamente -aunque no fue el único condenó a una muerte terrible a miles de ancianos alojados en residencias, imposibilitados de recibir asistencia hospitalaria; que creó miles de cuentas fake de facebook y de twitter para acosar y machacar las voces críticas en las redes sociales; que criminalizó la disidencia y lanzó a sus afines y palmeros a monitorizar las redes sociales para denunciar al que discrepase; que dividió a los españoles en buenos y malos; que usó decretos para cargarse leyes orgánicas; que utilizó a las fuerzas de seguridad para coartar los derechos constitucionales de los ciudadanos sin el menor sonrojo; que aplicó medidas como el confinamiento generalizado de la población, propias del estado de excepción y no del de alarma; que estableció pactos innecesarios con la izquierda abertzale heredera del entramado batasuno; y que condujo al país a una ruina económica sin precedente cercano, provocando la desaparición de una gran parte del tejido empresarial y enviando a centenares de miles de personas a las colas de Cáritas, Cruz Roja, comedores sociales y Banco de Alimentos.

A tal respecto, pudimos asistir al espectáculo de una Oposición empantanada en sus propias responsabilidades y miserias, respaldando con sus votos -eso sí, con ridículos mohínes de desagrado- todas esas arbitrariedades; a los tribunales mirando hacia otro lado; y lo peor de todo, la constatación de que una gran parte de los integrantes de las fuerzas de seguridad pusieron su obediencia no al servicio de la Constitución y de la legalidad vigente, sino de quien pagaba sus salarios a final de mes. Y a una legión de millones de palmeros, dispuestos a hacer la ola a esa banda de rufianes, sin desdeñar el acoso, la amenaza y la calumnia hacia quien osara tener un criterio diferente y expresarlo. Las llamadas al silencio -con exigencia perentoria- y a la adhesión incondicional al poder establecido formaron parte destacada de ese vodevil pestilente e imposible de olvidar. ¿Quién no ha tenido noticia de las actitudes chulescas y matoniles para con los ciudadanos de unos maderos convertidos en perros guardianes a las órdenes de la peor gentuza imaginable? ¿Y qué decir de ese remedo vecinal a medio camino entre la Gestapo y la Stasi que recibió el poco honroso calificativo de policía de balcón? Sencillamente, vomitivo.

Ante semejante panorama, resultaba imposible seguir batiendo palmas en la ventana sin sentir bochorno. Montar un show balconil mientras miles de ancianos morían abandonados a su suerte, lo del material sanitario adquiría y fuerte tufo a corrupción, miles de personas actuaban con una irresponsabilidad escalofriante, saltándose a la torera la cuarentena y España vivía una dictadura de facto con los gobernantes haciéndose un cucurucho con la Constitución.
Me quedó muy claro, meridianamente claro qué puedo esperar de los tribunales de Justicia, qué tipo de gente compone las fuerzas de seguridad y la calaña de una gran parte de mis compatriotas, algunos cercanos e incluso apreciados y qué clase de personajes y personajillos pretenden impartir lecciones de moral evangélica desde sus poltronas... hasta el día en que decidí decir basta. Claro que hay un antes y un después y por supuesto que he decidido cerrar puertas que no conducen a ninguna parte. Pero sobre todo, tengo muy claro que en los primeros días del confinamiento fui partícipe -probablemente, por última vez- de un sentimiento colectivo con mis compatriotas y que invocar el patriotismo y el espíritu colectivo cuando nuestra sociedad se asienta sobre mentira y podredumbre, resulta tan inmoral como hipócrita. Por todo ello, mi balcón virtual permanecerá, a partir de ahora, cerrado a cal y canto y por supuesto, vacío.

                                                                                                                                

                                                                                                                                
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