MILENIO AZUL
Círculo Nuevo Criterio

 

T E M A S

TIEMPO DE VOLUTAS (I)
Santiago Alcalá

                             

Hace unos días fallecía el eminente sociólogo polaco Zygmunt Bauman, quien acuñó la expresión ´Tiempos líquidos´. Fue un referente por su postura tan lúcida como valiosa en defensa de la verdad frente al relativismo moral. Efectivamente, cuando los fundamentos éticos de la sociedad son puestos en cuestión, cuando cualquier cosa puede ser admisible con tal de que resulte grata a una mayoría prefabricada desde unos medios controlados por férreos intereses políticos y económicos... el resultado es la licuación de los cimientos sociales y la intoxicación total de la convivencia. En el fondo, no deja de ser una trágica consecuencia de la doctrina expresada por Jean Jacques Rousseau en ´El contrato social´, según la cual la verdad queda reducida a una simple decisión de voluntad de una mayoría a la cual se le atribuye una voluntad colectiva diferente a la de cada uno de los individuos. Es decir, que una masa es considerada como sujeto, como si fuese unipersonal. El que la democracia moderna se base en esa ideología del capricho colectivo, sin un fundamento moral que establezca las líneas rojas que no deben ser traspasadas, constituye una inmensa tragedia que condena a nuestra civilización a su extinción cultural y política, por ausencia de convicción en su propia validez. Es imposible convencer a alguien de que dedique sus esfuerzos e incluso arriesgue su integridad física o la vida por cosas en las que no cree. El grave problema para nuestra civilización es que el relativismo moral es una enfermedad muy característica de nuestra cultura, pero no precisamente de otras cuya sombra se cierne sobre nosotros. Ahora mismo, la civilización occidental se encuentra con que está internamente corroída por el nihilismo, frente a una China y a un mundo islámico dispuestos a asestarnos el golpe de gracia en cuanto les sea posible.

Supongo que todos recordamos la que se organizó en los años 60 del siglo XX a cuenta de la intervención militar norteamericana en Vietnam. El régimen norvietnamita era un Estado totalitario marxista-leninista que oprimía a su pueblo y practicaba el genocidio sistemático, igual que Camboya. Pero resulta que a gran parte de la sociedad estadounidense le parecía que aquella era una guerra injusta. Los horrendos crímenes contra millones de seres humanos que tuvieron lugar tras la retirada estadounidense, no impresionaron a nuestra opinión pública. Tampoco vamos a olvidarnos del escándalo internacional por los conflictos de 1990-91 y 2003 en el Golfo Pérsico e Irak: el primero fue discutible y el segundo, claramente injustificado. Pero la escandalera no se produjo por motivos morales, no nos engañemos. Tampoco es que la intervención en Afganistán sea muy popular, como no lo fue la de los soviéticos en 1979. Como no resultaron del agrado colectivo los bombardeos norteamericanos contra Libia. La impopularidad de Israel en sus conflictos históricos con los árabes es patente, así como la condena generalizada por su política hacia los palestinos. De poco sirve argumentar que los palestinos de Israel disfrutan de libertades y derechos de los que carecen los palestinos de Cisjordania, Gaza o aquellos que tienen la desgracia de residir en países árabes que los explotan, los discriminan y los marginan de manera tan brutal como sistemática. Para encontrar lugares donde sus derechos sean comparables a los que disfrutan en Israel, deben desplazarse a Europa, América, Australia, Nueva Zelanda... Y tampoco resulta muy útil recordar su alianza con el III Reich durante la II Guerra Mundial, así como su contribución al holocausto perpetrado contra -entre otros- el pueblo judío. Ni que los palestinos siempre han sido utilizados como excusa y carne de cañón por parte de los países árabes. La intervención militar rusa en Siria contra el horror yihadista impulsado por oscuros intereses, también suscita una enorme reprobación general.

Sin embargo, la intervención de la OTAN en Kosovo en 1999 fue ampliamente respaldada por la opinión pública. También lo fue el golpe de Estado perpetrado por la Unión Europea, EE. UU. y la OTAN en Ucrania. De la misma forma que la tragedia del pueblo saharaui producida por Marruecos con la incalificable complicidad del Estado español, no despierta precisamente una indignación popular relevante. El genocidio perpetrado por China en el Tibet, así como los crímenes turcos e iraquíes contra el pueblo kurdo, o el genocidio armenio, tampoco hieren de manera excesiva la sensibilidad pública occidental. El asesinato masivo de cristianos por parte de los yihadistas de Al Qaeda, Boko Haram o el Daesh, se ha producido con la terrible responsabilidad de potencias occidentales que los han inducido, alentado y alimentado en medio de una enorme complacencia colectiva en occidente. La implicación de personajes relevantes de la política norteamericana no produce ningún tipo de reacción, aunque el anuncio del nuevo presidente norteamericano de su intención de golpear militarmente al yihadismo, ha generado una terrible tempestad de indignación popular. El hecho de que el anterior presidente estadounidense Barack Obama y su candidata a la presidencia Hillary Clinton hayan buscado de manera reiterada una confrontación con Rusia, ha sido recibido por esa misma opinión pública de manera entre indiferente y positiva, es decir, que a casi nadie le parecía mal un enfrentamiento armado con Rusia, que tendría consecuencias catastróficas para ambos bandos. Pero el intento de Donald Trump de distender la relación con Rusia, produce rechazo. Las agresiones armadas del mundo árabe contra sí mismo, no inquietan la conciencia pacifista de nadie, no vamos a presenciar multitudes cantando aquello de ´give peace a chance´ ante las embajadas saudíes, kuwaitíes, yemeníes, iraquíes, marroquís... si acaso ante las oficinas diplomáticas sirias.                 

Pero como no tengo intención de convertir esta exposición en un memorial de síntomas y agravios, creo que debo a los lectores una reflexión final acerca de lo antedicho. Es evidente que la opinión pública no soporta enfrentamientos con otras civilizaciones, mientras que los ataques a otros países occidentales son bien recibidos, así como las agresiones de los demás contra nosotros, entre ellos mismos o a terceros. Los sempiternos malvados de la progresía internacional, es decir EE. UU., Israel, Reino Unido y la OTAN, comenzaban a recibir mimos y plácemes generalizados justo cuando han puesto en marcha su maquinaria anti-occidental. Esos países y organismos internacionales -con la Unión Europea en primera fila- aparte de una actitud terriblemente agresiva contra el cristianismo, desatando todo tipo de campañas falaces y de su complicidad con el islamismo radical, se han convertido en los abanderados culturales políticos, culturales y económicos de la ideología de género, del LGTB y de la política antinatalista. Quien no sea capaz de establecer un nexo entre ambas cosas, es que necesita acudir al oculista de manera urgente. El mundo occidental padece un intenso y dramático proceso de ingeniería social que pone patas arriba los fundamentos de nuestra sociedad, al tiempo que destruye muchas -probablemente ingenuas- certezas en las que habíamos vivido hasta ahora. Es como si a un pez le cambian el agua, el resultado es letal. Sin embargo, cometeríamos un grave error si considerásemos que todo se debe a campañas de propaganda orquestadas desde el poder: evidentemente, esas campañas existen. Pero éstas no serían posibles sin un proceso previo de disolución general de nuestra escala de valores, porque en una sociedad que tiene claros esos valores y sabe cuales son sus fundamentos, tales campañas resultarían contraproducentes, pues generarían una vigorosa reacción contraria. Sin embargo, no sólo no producen tal reacción en contra, sino que lo que hoy por hoy resulta inimaginable es una campaña en sentido contrario que cuente con una significativa aprobación popular. Bien está señalar a quienes dirigen el cotarro, pero no nos equivoquemos pensando que todo se reduce a eso: la impregnación del mal es hoy tan intensa, que podría extenderse durante mucho tiempo por pura inercia.

No tengo intención alguna de amargar a los lectores, ni de desmoralizar a nadie. Sólo intento establecer la crudeza de la situación, pues resulta de todo punto imposible acometer cualquier acción si no tenemos claro a qué nos enfrentamos. Y la magnitud del mal, créanme, resulta sobrecogedora. Si malo es que el enemigo habite en los palacios, muchísimo peor es convivir con él a diario en nuestras calles. Es lo que sucede cuando las certezas se licúan y los fundamentos se convierten en una especie de humo inaprehensible cuya función es más tóxica que edificante: es como esgrimir herramientas imaginarias.

                                                                                                                                

                                                                                                                                
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