MILENIO AZUL
Círculo Nuevo Criterio

 

T E M A S 

TIEMPO DE VOLUTAS (y III)
Santiago Alcalá

                                                                                                                           
                                                                                                                         

En anteriores artículos he tratado de mostrar la realidad sociológica de nuestro entorno, de la forma más cruda y realista, tratando de evitar cualquier triunfalismo, así como intentando huir de todo aquello que suponga edulcoración, atenuación o maquillaje de la dramática realidad circundante. Como quiera que la mayor parte de lo que deseo exponer en esta reflexión ya ha sido publicado en anteriores entregas, en esta ocasión concluiré con una reflexión autocrítica.

Constituye un serio error la creencia generalizada en determinados sectores, de que el problema se reduce a una escasa incidencia de los elementos afines –o supuestamente afines- en todo aquello que atañe a la gestión pública, la gobernación del Estado y la participación social. Mayor equivocación es pensar que existe una especie de inexplicable contubernio que impide que los afines -o supuestamente afines- marquen su impronta en la sociedad. En tal línea se manifiesta un peculiar personaje como es Francisco Vázquez Vázquez, ex-diputado del PSOE, ex-alcalde de La Coruña, ex-presidente de la Federación Española de Municipios y Provincias y exembajador de España ante la Santa Sede. En una entrevista concedida al suplemento Alfa y Omega del diario ´ABC´, sostiene que no existe un problema de injerencia eclesial en lo público, sino una escasa presencia de los católicos en la vida pública.

Me permitiré discrepar de lo afirmado por el señor Vázquez, porque creo que la cuestión es exactamente la contraria. La Iglesia Católica no sólo ha tenido un papel estelar en la Historia de nuestro país, sino que aún en medio de la terrible crisis presente, conserva una importantísima influencia. Quizá el problema no consista en la escasa presencia católica, sino en que ésta no suele servir absolutamente para nada, salvo para empeorar las cosas y generar antitestimonios.

Por ejemplo, ¿alguien se siente identificado con la monjita que en la manifestación del Foro Español de la Familia de junio de 2005 en Madrid, enarbolaba una banderola del Partido Popular? ¿Alguien puede sentirse satisfecho con las fotos de obispos y cardenales al lado de personajes marcados por la avaricia y la corrupción? ¿Algún lector se entusiasma al contemplar a una cadena de radio y una televisión episcopales acumulando pérdidas económicas y sirviendo de altavoz mediático a los intereses de un determinado partido político cuyo ideario no es que no sea católico, sino que hoy por hoy es manifiestamente anticatólico? ¿Todos estos años tocando la fanfarria del neoliberalismo, con absoluto escarnio de la Doctrina Social de la Iglesia, cómo se interpretan? Cuando la sociedad española experimentó de manera dramática las consecuencias de la crisis -hubo incluso una epidemia de suicidios- y los voluntarios de Cáritas y otras organizaciones católicas se dejaban la piel, ¿recuerdan a los obispos alineados con banqueros, políticos y empresarios sin escrúpulos jaleando el discurso liberal-capitalista? ¿Y la catastrófica gestión episcopal del nauseabundo tema de la pedofilia y los abusos sexuales -que aunque muy minoritarios son absolutamente inadmisibles- cuyas consecuencias pagamos todos los católicos? ¿Y los enredamientos eclesiales en operaciones económicas poco transparentes... como Gescartera por ejemplo? ¿Y una pléyade de curas, religiosos/as y obispos preconizando la independencia vasca y catalana?

Una de las páginas más turbias y ominosas de nuestra historia reciente es la del terrorismo... y la actuación de la Iglesia Católica fue tal, que causa sonrojo recordarla. La gran asignatura pendiente de una Iglesia empeñada en disculparse por cualquier cosa, es que aún no ha pedido perdón a las víctimas del terrorismo y a la sociedad española... y mientras no la hagan, la jerarquía estará manchada. A quienes dicen que habría que cerrar mezquitas radicales desde donde se predica la yihad islámica, no les diré que no tienen razón, pero les recordaré que en territorio vasco y navarro, muchas parroquias y conventos se apuntaron a la apología -e incluso a la complicidad  directa con la particular yihad abertzale.

No voy a extenderme ahora en casos sangrantes como el de las monjitas que necesitan recurrir a los bancos de alimentos para sobrevivir mientras la jerarquía se gasta los cuartos en sufragar las pérdidas de sus medios de comunicación puestos al servicio de un determinado partido político cuya sede está entre las plazas de Colón y Alonso Martínez... y últimamente tiene una gran presencia en un lugar llamado Soto del Real.

O cosas que producían comunidades religiosas ahora se las encargan a los chinos. O católicos estupendos y comprometidos sustituidos como profesores de Religión por un botarate herético o indiferente, porque es sobrino de alguien a quien se le debe algún favor, no necesariamente espiritual. Tampoco recordaré cómo liquidaron los obispos el diario ´Ya´ y la Editorial Católica, o el trato laboral que proporcionaron a sus empleados, más cercano al negrero decimonónico que a la Rerum Novarum, Quadragessimo Anno, Populorum Progressio o Sollicitudo Rei Socialis.

Cuando un católico llega a ocupar un cargo relevante en la Administración, ¿en qué se notan su fe religiosa y sus convicciones morales? Pues va a ser que en absolutamente nada... sobre todo en nada bueno. ¿Se imaginan a los obispos pidiéndole que dé testimonio y que aplique la Doctrina Social de la Iglesia? No sé ustedes, pero yo, desde luego, no. Y creo que algo conozco a la institución por dentro. Generalmente, se dirigen al católico para pedirle favores personales, subvenciones para tal o cual obra de conservación del patrimonio, presencia en ceremonias y fanfarrias y poco más.

Tampoco deja de sorprenderme esa reiterada invocación del voto católico, que como sabemos, es un concepto engañoso montado sobre un sofisma, pues el tal voto católico no existe en España, ni está por parte alguna, ni se le espera.

Cuando el Ejecutivo presidido por Rodríguez Zapatero se puso a agredir de manera compulsiva a la moral, la antropología y el sentido común con el BOE, mediante una legislación aberrante, toda la artillería mediática se dedicó a pintar al inquilino de La Moncloa como un chiflado que hacía tonterías... ignorando que lo único que hacía este personaje era aplicar una agenda internacional dictada por poderes muy elevados. La promulgación de leyes similares en países de nuestro entorno, nos pilló con el paso cambiado y envió el discurso antizapateril al contenedor. Se perdió una ocasión estupenda para hacer pedagogía en todos lo sentidos, pero por lo visto era más urgente sacar al contador de nubes de La Moncloa, para que su poltrona la calentase el barbudo de Pontevedra, con el resultado de todos conocido.

Decía en una conferencia José Francisco Serrano Oceja que en este tiempo, los católicos experimentamos dramáticamente lo que el pez al que de pronto le cambian el agua. Yo diría que no ha sido tan de pronto, sino el amargo fruto de un prolongado proceso en el que la propia jerarquía ha hecho todo lo posible para que ese cambio de agua se produzca. He traído a colación a la Iglesia Católica en este foro no confesional, por dos razones: la primera, porque la identidad y el fundamento de nuestro país y de nuestra sociedad, resultan incomprensibles sin la aportación católica, así que todo lo que tenga que ver con ella, nos afectará para bien o para mal.

La segunda, porque la Iglesia Católica es un ejemplo palmario de que no todo lo malo que nos pasa es culpa de contubernios exteriores, sino también de actos negativos propios. Es más, los Tiempos Líquidos de los cuales con tanto acierto nos hablaba Zygmunt Bauman nunca hubieran sido tan terriblemente líquidos sin el fallo en cadena de quienes más obligados estaban a hacer las cosas de otra manera.

De la misma forma, resultaría absurdo pensar que desde la trinchera enemiga no se ha hecho nada por meternos en el pozo y que en nuestro lado todo ha sido negativo. Pero como el objeto de esta reflexión no es cantar glorias, sino exponer problemas, me he centrado en los últimos.

Estamos viviendo una etapa terriblemente oscura, pero por eso mismo muy sugestiva y esperanzadora. Porque de la misma forma que muchos partidos empiezan a ganarse o perderse en el vestuario, lo que suceda en el futuro, se está cocinando ahora... y todos nosotros somos los cocineros. Unos serán chefs y otros seremos pinches, pero el guiso lo elaboraremos todos y a todos nos alcanzará responsabilidad por nuestros actos. La liquidez de los tiempos no sirve como excusa para tratar de justificar lo injustificable, pues si bien no somos responsables de los actos ajenos, sí lo somos de los propios y con especial gravedad, de nuestras omisiones. Porque si alguien nos está licuando los tiempos, la falta de respuesta o la inadecuación de ésta, convierte nuestra época en algo peor que líquida, la transforma directamente en gaseosa. Y todo porque en lugar de solvencia, seriedad y dignidad, nos dedicamos a ofrecer una amplia y lamentable gama de volutas.

                                                                                                                         

                                                                                                                         
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