MILENIO AZUL
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T E M A S

AMAR  EL  DINERO
Héctor Osvaldo Pérez Vázquez

                                                                                                                           
                                                                                                                         

Cuando hay dinero de por medio, es muy difícil la libertad
(Gonzalo Torrente Ballester, escritor español)

 

 

1. La moneda como metáfora del valor económico.
2. La división del trabajo impuso el trueque o canje o intercambio material de los bienes.
3. La aparición de la moneda como instrumento intermediario del mercado.
4. Las “taras” de la moneda.
5. La “edad de oro” del mercado o el mercado sin necesidad de la moneda.
6. El dinero como “talismán” o “comodín”. Auriti y el valore indotto.
7. La ignorancia: el undécimo Mandamiento.

  

 

1. La moneda como metáfora del valor económico

La metáfora, del griego metaforá [= traslación] es un tropo de dicción, esto es, un empleo de las palabras en sentido diferente a su significado original. La metáfora consiste en una comparación, generalmente tácita, entre ese significado original (llamado en lógica: analogado superior) y uno adoptado por semejanza (llamado en lógica, analogado inferior). Así, el pie de página es una metáfora o analogía del pie humano, porque se refiere a la parte de abajo de una hoja de papel, de modo semejante a que el pie está en la parte inferior del cuerpo humano.

De modo similar al ejemplo dado, el empleo del término “dinero” para denominar a la moneda es una metáfora, traslación o analogía, bien que en este caso tiene por origen la sinonimia perfecta que existe entre ambos términos ateniéndonos a sus respectivos orígenes. En efecto, “dinero” viene de denarius, un tipo de moneda romana que se producía en piezas de oro o de plata; mientras que “moneda” viene del nombre del templo romano de Juno Moneta (Juno la que advierte o “amonesta”), que era, se dice, el lugar donde se fabricaba la moneda romana por disposición del Senado. Como se ve, ambas palabras se refieren a la moneda, aunque una a la moneda en sí (un tipo de ella) y otra al lugar donde se fabricaba. Puestos a denominar esos dos objetos que son bien diferentes, esto es, el valor de los bienes económicos y la representación de ese valor por un objeto simbólico y sacramental, nosotros preferimos (en una discriminación de índole académica, no práctica o de uso diario) llamar dinero al valor económico y moneda a la representación más inmediata de ese valor.

Representar no equivale a estar presente y el representante no es el representado, sino alguien o algo que ocupa su lugar por causa de alguna formalidad. Mi fotografía me representa en cuanto a que reproduce mi imagen (esto es, la forma en que los demás me ven materialmente) de modo suficiente como para que, quien me conoce en persona, me evoque; pero yo no consisto en mi fotografía: yo soy yo y mi foto es sólo mi representación visual. De modo semejante, el valor de un bien económico reside en el bien mismo, no en el objeto material por el cual se lo compra y vende en el mercado. Este objeto, que puede ser una pieza metálica o un papel impreso (o cualquier otra cosa, puesto que en la historia de la moneda consta que ésta tomó las más impensables materias y formas) no tiene valor sino por traslación (metáfora). Se le atribuye a la moneda el valor del bien económico en cuanto actúa en su representación; pero lo que a mí me satisface en definitiva, es el bien económico y no la moneda.

Ahora, allanándonos a utilizar la expresión “dinero” en el sentido de la moneda, como es usual en todo el mundo y desde hace muchísimo tiempo (pues la dicotomía dinero-moneda es utilísima para comprender el fenómeno del “dinero” pero no conviene insistir en ella aquí), es pertinente preguntarnos por qué el dinero es algo tan amado por todos y desde el fondo de la historia. ¿Por qué, como dijo el infame Voltaire, “en materia de dinero todos somos de la misma religión?

La causa está en la utilidad misma del objeto estudiado. Una brevísima relación de la evolución del intercambio viene a cuento aquí mismo.

 

2. La división del trabajo impuso el trueque o canje o intercambio material de los bienes

“La economía es la actividad por la cual nos procuramos en conjunto la totalidad de los bienes necesarios para nuestra vida y propósitos y los intercambiamos de modo que se distribuyan entre todos los interesados o necesitados”, (cfr. nuestro Breve catecismo económico del nacionalsindicalismo).

En la más elemental forma de la economía, cada individuo producía solamente por sí y para sí (excepción hecha, quizás, de su mujer e hijos). Pero a medida en que la sociedad humana se fue agrandando por el número de integrantes y por la cantidad y calidad de objetos requeridos para su existencia, esto es, se fue acomplejando, empezó a resultar insuficiente el trabajo individual así aplicado. Se entendió entonces el valor de la cooperación o de la coordinación, según se vea, de modo que inevitablemente se llegó a un tipo de producción caracterizada por la división del trabajo productivo, esto es, la especialización. Si a mí me gusta pescar, me conviene adquirir los implementos de pesca ya fabricados en lugar de perder tiempo, un largo tiempo, en procurármelos fabricándolos; luego, le daré una parte de mi pesca al fabricante de aparejos para pagarle los que me dio. Y otra parte de mi pesca se la podré cambiar al cazador por un trozo de carne fresca para comer, y otra parte al que me provee de un vestido y así en más. Vale decir que, mientras que unos ocupaban su tiempo en cazar o pescar, otros lo aplicaban a fabricar los instrumentos de labor de los primeros.

El sistema de la división o especialización del trabajo, que es un “descubrimiento” de todos los pueblos (o, como solemos decir metafóricamente, de la especie humana en su conjunto) se constituyó en la única forma de producir socialmente y así seguirá por siempre, según hoy nos parece.

Ese nuevo sistema trajo acarreado el trueque, o intercambio de los productos y servicios materia de la actividad económica. Durante mucho tiempo, el trueque o canje de mercancías fue la única forma conocida del mercado.

Mercado es, en principio, la actividad económica que consiste en la venta (oferta) y la compra (demanda) de las mercancías (del latín, merx, merces = producto que se fabrica para uso de otros); luego, se trasladó su significado, extendiéndolo, al lugar mismo donde se efectuaba esa actividad (por ejemplo, el “Mercado de Abasto de Buenos Aires”). Pero el término siguió manteniendo de preferencia su significación más importante, aquélla de “sistema de compra y venta de bienes económicos” o sea, el conjunto de las operaciones mercantiles referidas a un determinado rubro o tipo de productos, aunque esas operaciones se efectúen en diversos puntos geográficos. En este sentido, no se localiza el mercado necesariamente, pues al mentarlo puede uno referirse, por ejemplo, a la actividad de compra y venta de automotores en todo el mundo, en cuyo caso se hablará del “mercado automotor mundial”, aunque también a su existencia dentro de los límites jurisdiccionales de un Estado, como cuando decimos “el mercado automotor español”. Y de otro modo, por abundar, se toma normalmente un período de tiempo para considerar las operaciones: mercado diario, semanal, quincenal, mensual, anual, bienal, etcétera.

 

3. La aparición de la moneda como instrumento intermediario del mercado

En el mercado primitivo, o muy antiguo, regía el trueque o canje. Pero este sistema es decididamente engorroso, porque –refiriéndonos exclusivamente a los productos– una unidad del producto X puesta en el mercado, es valuada por éste (es decir, por la discusión entre la oferta y la demanda) a un precio propio y determinado, que será diferente del precio que reciban otros productos de otra índole. ¿Cómo hacer para cambiar una casa por un rebaño de ovejas, y peor aún, cuando el que ofrece en venta la casa no quiere las ovejas sino que desea otros bienes? Era necesario derivar, pues, el valor (la unidad de valor) a un bien referencial o referente. En la antigua Roma, en sus mismos orígenes, ese bien parece que era la cabeza de un buey asado. Entonces se diría, por ejemplo: “Este magnífico juego de arco y flechas, esmeradamente fabricado y primorosamente pintado con colores al gusto del comprador, vale dos cabezas; esta esbelta y aguzada lanza, vale dos cabezas y media; y aquel ariete capaz de derribar una puerta muy fuerte, vale cinco cabezas”. Naturalmente, a poco de emplear este sistema de referencia dineraria se vio que no era necesario andar con las cabezas de buey al hombro para operar en el mercado: bastaba con mencionar aquella unidad de valor para referirla, por comparación, al valor atribuido del producto deseado. A lo sumo, se usarían para liquidar las diferencias de valor producidas en el trueque entre una mercancía más cara y otra menos cara.

Pero como “las palabras las lleva el viento” se empezó a emplear, como prueba de poseer un valor abstracto pero útil para comprar, un objeto material que lo representase. Algo así como: “—Tú dices que, de resultas de nuestro intercambio, quedaste con un crédito contra mí de dos cabezas; pero ¿dónde están esas dos cabezas?”. “—Pues aquí las tengo, éste es el certificado”. Ese certificado es la moneda. Véase que el sistema de valor monetario de las cabezas de buey (o de la unidad que se hubiera establecido convencionalmente, como la semilla de cacao entre los incaicos) tiene la inmensa, insustituible utilidad de valer para la compra-venta de cualquier producto. Esa cualidad, que no es material sino intelectual, le otorga una versatilidad casi absoluta, al menos en lo que respecta a los bienes “que están en el comercio” (porque hay bienes que no son susceptibles de ser utilizados como mercancías). Con el sistema monetario, los operadores del mercado (que somos todos nosotros, en cuanto productores y consumidores) tenemos, en primer término, la posibilidad de vender y de comprar los más variados productos y servicios que necesitemos o que se nos antojen; pero además, esa posibilidad se extiende al tiempo; porque ya no dependemos de la caducidad natural de algunos bienes, sino que podemos reservar nuestro dinero para comprarlos cuando los necesitemos o cuando nos convengan por cualquier otra razón. Esto quiere decir que la moneda no es solamente un medio de facilitación del intercambio, sino también un medio de ahorro y de reserva del valor en nuestras manos. Como ella representa el valor de los bienes, ese valor está, hipotéticamente, en nuestras manos tanto como en las del oferente vendedor.

Y éste es, en definitiva, el amor que suscita el dinero (moneda): como sirve para adquirir la más amplia variedad de los bienes que están a la venta y de los servicios que se ofrecen, resulta que por su intermedio podemos satisfacer todos nuestros deseos o necesidades. En cambio, los bienes concretos ordinariamente satisfacen uno solo o unos pocos deseos, no más: un automóvil sirve para desplazarnos, pero no para comerlo; un plato de comida nos quita el hambre pero no sirve para transportarnos, y así en todos los casos. Si queremos bienes y servicios, la forma más sencilla y rápida para obtenerlos es mediante el empleo del dinero.

 

4. Las “taras” de la moneda

Pero ¡cuidado! Así como resulta la moneda un elemento financiero de la máxima utilidad (abstracción hecha de su manejo inmoral), porque durante más de tres milenios ha venido siendo instrumento insustituible de la economía, así también es preciso ver que como construcción intelectual tiene desde su mismo nacimiento, taras perjudiciales que nunca fueron medicadas. Una de ellas, para explicitar un solo ejemplo, la descubrió y expuso magistralmente el extraordinario economista germano-argentino Silvio Gesell: por ejemplo, está bien que un producto perecedero (comida, entre tantos otros) sea susceptible de comercio mediante la moneda; esto es, que pueda ser cambiado por dinero. Pero lo que no está bien es que esa moneda no acompañe la devaluación o amortización de la mercancía representada, de modo que mientras que el vendedor corre con los riesgos de su posible daño, merma y degradación, el comprador prospectivo no vea su moneda devaluada o amortizada en igual proporción, porque puede esperar a comprar cuando más le convenga, con la seguridad de que su moneda mantendrá el valor. Mientras tanto, el oferente se puede ver constreñido a vender a menor precio porque los gastos de almacenamiento o el transcurso del tiempo amenazan igualar el valor del producto y reducirlo a cero en su patrimonio. Y para mayor ventaja del ahorrista, el sistema usurario que se abrió camino contra las prohibiciones de la Iglesia le permite al tenedor del dinero “ponerlo a trabajar”, esto es, captar intereses mientras lo guarda y, por tanto, lo resta al flujo circulatorio perjudicando a la economía. Es por eso que Gessell proponía el diseño de una moneda “oxidable”, esto es, una moneda que fuera perdiendo un porcentaje constante de su valor conforme no fuere utilizada en ninguna transacción (aunque, sin otras medidas monetarias concomitantes, bien es verdad que por esta vía se puede desembocar en el más desenfrenado de los consumismos).

Otra “tara” es la de la inflación, que produce la devaluación paulatina y constante de la moneda. La inflación no es un fenómeno, no se produce, como cree la mayoría de la gente, en forma espontánea o por obra no premeditada de los avatares del mercado y de la economía; sino que es el producto de una maniobra expresamente pergeñada y practicada por quienes manejan el flujo monetario (los bancos y el gobierno) para despojar a la gente de su dinero.

Y hay más “taras”, aunque no interesa aquí detallarlas.

 

5. La “edad de oro” del mercado o el mercado sin necesidad de la moneda

Es cierto que existió en la primera antigüedad, probadamente, un sistema de mercado sin empleo de dinero (moneda) y que es, sin embargo, muy superior al trueque. Un sistema que está llamado a actualizarse y a ser aplicado en un futuro indiscernible, cuando el mundo madure algo más, pues ahora es más posible de aplicarse que entonces.

Este sistema, que no tiene nombre oficial y que ni siquiera es conocido (o mencionado) por los especialistas porque no se estudia en las universidades, surgió espontáneamente en diversos pueblos de Europa y de Asia, particularmente en las comarcas cerealeras, hace quizá cinco mil años, y por la mecánica de su funcionamiento dio origen quizá, o al menos su mayor impulso, a la escritura. Sabido es que el límite entre la prehistoria y la historia se lo ubica en la creación de la escritura.

La economía de cada uno de esos pequeños reinos (Súmer, Ugarit, Biblos, Hatti, por ejemplo) estaba administrada por el monarca asistido por funcionarios especializados. Los productores agrarios, pecuarios e industriales (artesanías, arte, instrumentos de trabajo o militares) así como los poseedores de algún botín de guerra o cualesquiera otros bienes transables, guardaban su producción en dependencias del palacio real, que a ese efecto contenía dentro de sus muros defensivos centenares de salones o cámaras en función de depósitos.

A cada depositario se le daba un certificado escrito donde constaba el detalle de los bienes entregados (una o varias tablillas, o ladrillos chatos de barro sobre los que se cincelaban los caracteres –ideográficos en algunos casos, cuneiformes en otros– y luego se los ponía a cocer para solidificarlos). Se llevaba de tal modo una verdadera contabilidad, porque a medida en que cada productor vendía una parte de su mercancía, recibía un certificado de crédito por el valor de la venta, e inversamente, se acreditaba a otro el precio de sus compras. Era un sistema de cuenta corriente donde al finalizar el ciclo del mercado (no sabemos si ese ciclo era mensual, trimestral o anual, por ejemplo) quedaban los saldos por arreglar, fuesen acreedores o deudores. No sabemos tampoco cómo se cancelaban esos saldos, aunque podemos imaginar varias formas. Lo importante es que el sistema no necesitaba el empleo de la moneda (ésta ni siquiera era conocida), aunque necesariamente tenía que haber un especie de “valor referente”, semejante a la esencia monetaria, que sirviera de rasero o denominador común para valorizar los bienes. Y en eso es, precisamente, en lo que consiste el dinero: es una medida de valor, en el caso, de valor económico.

Es interesante, asimismo, estudiar la forma en que se efectuaban las exportaciones (esto es, la venta de productos a otros reinos), tema que excede del presente.

En ese sistema, el Estado (encarnado en el monarca) era el garante y el controlador de las operaciones del mercado. Desde luego, no es que nosotros propongamos aquí y ahora ese sistema, en todas sus características, sino que lo que queremos es resaltar que se puede comerciar sin que necesariamente intermedie la moneda (y por lo tanto, sin que medren los usureros, los sisadores y otros amigos de lo ajeno).

A su vez, el monarca percibía una comisión por sus servicios (desde la guarda y protección de las mercancías, pasando por la garantía de su calidad, hasta la conciliación de los saldos), modesta en relación a cada operación, pero grande en su conjunto o suma.

Existen literalmente cientos de miles de tablillas y de otros elementos usuales en aquellas operaciones, residuos arqueológicos que prueban su extensa vigencia, tanto en el tiempo como en la geografía; pero como no conviene a los predadores financieros de hoy que se difunda que la moneda es actualmente una estafa por el modo en que se crea, se emplea y se destruye y que mucho mejor sería cambiar el sistema monetario por uno de canje altamente tecnificado (siempre que no lo manejen los mismos estafadores), entonces no hay interés en comunicarlo a los estudiantes y correr el riesgo de que éstos arriben a la conclusión de que el mundo monetarizado de hoy no es ni el único ni el mejor de los mundos posibles –al menos como funciona hoy.

El magnífico Platón supo en su época de aquel sistema de comercio, que él llamó “la edad de oro” y por eso, pretendió implantarlo en una polis griega cuyo tirano (gobernante), que era pariente suyo, lo invitó a probarlo; pero fracasó en el intento porque para entonces (siglo V a. C.) ya las relaciones comerciales eran tan complejas, a causa no sólo de la enorme variedad de productos y de sus diversas modalidades de fabricación sino también a causa de la notable multiplicidad de modos de contratación, que su control (o seguimiento) hubiera requerido de una enorme organización burocrática, de una dimensión gigantesca proporcionalmente al mercado. Es por esa misma causa que aquel sistema antiguo había terminado y había sido sustituido por el de la moneda (que dura hasta hoy), causante del individualismo, la codicia y el despojo reinantes en la historia desde casi sus orígenes.

Pero en la actualidad, con el inmenso poder de cálculo y control que proporciona la informática, combinado con el desarrollo extraordinario de los medios de comunicación, sin necesidad de que el viejo maestro de griego lo inspire se está imponiendo un sistema que es esencialmente semejante al de aquella propuesta “edad de oro” de los orígenes de la historia; porque las transacciones se efectúan, cruzan y compensan o saldan con meras anotaciones de ordenador, al punto de que en los países más desarrollados de Europa, los Estados Unidos, el Japón y otros, más del 90% de los valores dinerarios que día tras día cambian de manos por compra-venta y otros negocios, es “dinero electrónico”, esto es, valor que se mueve sin que medie la moneda material (billetes, cospeles).

Si hubiera existido el ordenador en la “edad de oro” del mercado, otra hubiera sido nuestra historia y (nos atrevemos a creerlo) mucho más alto el grado de desarrollo de nuestra civilización. Ahora que lo tenemos, ¿sabremos utilizarlo sabiamente?

 

6. El dinero como “talismán” o “comodín”. Auriti y el valore indotto

Siendo, pues, el dinero en punto a su utilidad, como una especie de “talismán”, “comodín” o “varita mágica” (de esas tres maneras fue caracterizado por diversos pensadores) que hipotéticamente tiene la facultad de satisfacer todos nuestros sueños y caprichos además de nuestras necesidades perentorias, es el “bien (material) universal” por antonomasia. Y el bien, dijo Aristóteles, es lo que todos apetecemos. ¿Cómo no apetecer, entonces, el dinero?

La cuestión no está, sin embargo, en discutir la bondad o la maldad del dinero (puesto que, como sucede con cualquier otro instrumento, pese a su finalidad benéfica también puede ser empleado por malas personas para malos propósitos), sino en comprender su naturaleza o esencia: no es valor en sí mismo, pero vale económicamente hablando, en la medida en que se le reconoce como representante auténtico de una medida de valor.

Posee o sustenta, en la interpretación del inolvidable maestro Giacinto Auriti (q. e. p. d.), un valor inducido (concepto que el profesor italiano adapta a partir del símil que hace con la dínamo, “máquina que tiene por objeto transformar la energía mecánica en energía eléctrica por inducción electromagnética”): el valor del dinero no nace con el dinero, sino que éste lo recibe de los bienes económicos reales puestos en el mercado, actuando la ley o la confianza (fiducia) del portador de ese dinero amonedado como una dínamo que produce la transferencia.

Siendo así, Auriti consideraba que la moneda se convierte en un bien económico por antonomasia, un bien real semejante a cualquier otro producto venable (al margen de su valor intrínseco y atendiendo a su valor nominal, que es el que viene impreso en los billetes de banco). Y por tal causa es necesariamente propiedad de quien lo posea –puesto que siendo un bien mueble, la posesión presume, iuris tántum, [= “en tanto que otro no pueda probar un mejor derecho” sobre la misma cosa], la propiedad.

De esta manera, él pretendía sustraer al sistema bancario internacionalmente digitado (a través del Banco de Pagos Internacionales con sede en Suiza) la propiedad del dinero, que éste atribuye al Banco emisor por lo cual se arroga su dominio sobre la moneda del pueblo, por imperio de la ley. Es que el sistema bancario (se trata de los bancos de emisión, como ser, los Bancos Centrales) crea la moneda de un país como una deuda, de modo que aunque nosotros tengamos en nuestro poder un billete de banco de moneda legal, el valor de éste no nos pertenece realmente porque está gravado por una deuda creada paralelamente a su emisión, esto es, ab initio; deuda que nos obligarán luego a cancelar tomando de a porciones pequeñas e indiscernibles nuestro dinero mediante el mecanismo chupóptero de los impuestos (ver más sobre esto en nuestro Breve catecismo económico del nacionalsindicalismo, edición de la Delegación de Buenos Aires de FE de las JONS, 2008). Por esta causa –además de otras, principalmente referidas al crédito– es que tanto las poblaciones de los países, cuanto los mismos Estados, vivimos inmersos en una deuda generalizada, continua y sin solución (esto es, impagable, porque solución viene del latín soluere = disolver el vínculo o desatar la atadura de la deuda, o sea, pagar). Una deuda externa más que enorme, mosntruosa, que afecta en mayor medida a las más grandes economías (Estados Unidos, Gran Bretaña, Alemania, Japón, China, etc.) y que, inexplicablemente, tiene por acreedores a personas o instituciones desconocidas.

Es por eso que el recordado doctor Auriti esgrimía mediáticamente el lema: “Moneta al pópolo”, es decir: “La moneda es del pueblo” y no de los bancos que la emiten ni de los gobiernos que las piden a esos bancos.

 

7. La ignorancia: el undécimo Mandamiento

“Perdónalos, Padre, porque ellos no saben lo que hacen”
(N. S. Jesucristo)

Como comprender todo eso implica el ejercicio de una cierta capacidad ardua de abstracción, no resulta extraño que haya por lo menos dos tipos de personas que no sean capaces de definir el dinero o que no les interese hacerlo.

Por un lado, los que ignoran olímpicamente las cuestiones financieras, para quienes dinero son los billetes y cospeles que llevan en su billetera o, a lo sumo, los valores canjeables por esos billetes como, por ejemplo, los cheques. A éstos, no les abre los ojos ni siquiera una brutal devaluación monetaria, como la del ¡70 por ciento! que le aplicaron a los argentinos en 2001 el cabezón Duhalde, presidente espurio, y la banda de cómplices de dentro y fuera del gobierno que lo secundaron para licuar sus deudas y forrarse los bolsillos con el dinero de los trabajadores.

Y por el otro, los sofisticados timadores bancarios que manejan la emisión, circulación y destrucción de esos valores sustitutos de índole financiera, esto es, los servidores de la alta banca internacional, que es la responsable del estado calamitoso del mundo a causa de su manejo criminal de las monedas de los pueblos.

                                                                                                                         
                                                                                                                         

                                                                                                                         
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