MILENIO AZUL
Círculo Nuevo Criterio

 

T E M A S 

CANTANDO BAJO LA DUCHA
Francisco Pena

                                                                                                                           
                                                                                                                         

Hace unos días retomé la vieja costumbre de cantar mientras me ducho.
Hace años lo hacía con asiduidad y perseverancia, aunque fui perdiendo poco a poco la costumbre, tal vez porque mi voz portentosa no es lo que, en su día, fue.
Y no lo digo con falsa humildad, sino porque así me lo han recordado el otro día unos vecinos anónimos que, ante mi heroica versión de “nessun dorma” (aria de Turandot, de Puccini), intentando imitar el Si bemol final de Pavarotti, no parecían muy conformes con mi voluntariosa interpretación.
Es normal, ya no soy el que era, pero tal incidente me viene al pelo para significar que en España hay mucho anónimo disconforme, pero que, generalmente, no suele dar la cara o su nombre cuando tiende criticar a los que, para bien o para mal, ponemos los cojones encima de la mesa cuando es menester, aunque no siempre acertemos en el contenido de nuestro mensaje, si bien no exento de buena intención.Es muy propio del carácter español, que a pesar de sus innumerables virtudes tiene también muy graves defectos, criticar por sistema y arrogarse el protagonismo cuando al que dio el paso al frente ya le han partido la cara.
El “pasa tú primero que luego voy yo después”, si bien es cierto que es fruto de un déficit de testosterona, no es menos cierto que es muy propio de los que, a la postre, quieren atribuirse el protagonismo de lo que otros hicieron por ellos y por lo que se sacrificaron en mayor o menor medida.
Ciertamente, las palabras que acabo de pronunciar tienen una doble intención, la primera me la callo, aunque algunos ya la saben y otros deberían sospecharla, la segunda va por la actitud de la casta política española que es muy certera a la hora de sumarse al triunfo cuando no han dado un palo al agua en toda su puñetera vida y mucho menos se han preocupado por lo que realmente preocupa al ciudadano de a pie.
Les voy a poner un ejemplo para que vayan entendiendo de qué va todo esto.
Desde hace varios años (unos siete u ocho, aproximadamente), algunos de los que nos dedicamos al mundo del derecho, y concretamente al ámbito civil y/o mercantil, llevamos sosteniendo una dura contienda con las entidades crediticias (bancos, cajas de ahorro y demás inventos mercantiles) por los instrumentos jurídicos que sacan al mercado (léase contratos) y las cláusulas potencialmente abusivas que insertan en aquéllos, que nunca o casi nunca son en beneficio ajeno, sino propio.
Después de acudir a varias instancias judiciales, a la postre el Tribunal Supremo dictó una Sentencia, ciertamente polémica, que declaraba abusivas, en ciertas circunstancias, las llamadas “cláusulas suelo” de los contratos de préstamo con garantía hipotecaria (léase, escrituras públicas de hipoteca) y su consecuente nulidad absoluta, aunque, sorpresivamente, limitando la devolución de los intereses cobrados de más a los prestatarios a la fecha de la Sentencia; esto es: nueve de mayo de dos mil trece.
Ni que decir tiene que tal decisión fue extraña, no sólo porque no tenía fundamento jurídico, sino, y sobre todo, porque justificaba su retroactividad limitada a motivos económicos, entendiendo que retrotraer los efectos (a pesar de la declaración de nulidad) al momento en el que se cobraron intereses de más, podría suponer una quiebra del sistema financiero.
Tan polémica decisión fue recurrida ante el Tribunal de Justicia de la Unión Europea (TJUE), el cual en el pasado mes de diciembre de dos mil dieciséis, dicta una Sentencia en la que revoca parcialmente la resolución del Tribunal Supremo, no en cuanto a la nulidad de las cláusulas (que habrán de seguir siendo determinadas o valoradas por los tribunales nacionales), sino en relación a la limitación de la retroactividad.
Tal decisión ponía a los bancos y entidades de crédito en general en la tesitura de tener que devolver (en el supuesto de ser declaradas nulas  las mentadas cláusulas) gran cantidad de dinero, porque, no podemos olvidar, que al dinero cobrado de más, habría que sumarle los intereses devengados, así como, en su caso, las costas judiciales.
Y aquí viene el meollo de la cuestión.
Con la disculpa de “agilizar” los trámites para que el consumidor recibiese cuanto antes el dinero que debería devolverle el banco, el pasado 20 de enero, el Consejo de Ministros aprueba un Real Decreto-Ley de “medidas urgentes de protección de consumidores en materia de cláusula suelo”, norma jurídica que nace como consecuencia del acuerdo entre el Partido Popular, Ciudadanos y el Partido Socialista Obrero Español.
Lo curioso de la norma es que, si bien deja la última palabra al consumidor, no obstante es la entidad de crédito, de manera unilateral, la que estimará si la reclamación extrajudicial del cliente es viable y, en su caso, tiene un plazo de tres meses para hacer el cálculo de lo que ha de devolverle a aquél.
No deja de llamar la atención el plazo y las facultades leoninas otorgadas a la entidad crediticia, pues ésta puede tomar cualquier decisión, contando o no con la intervención del cliente, que tan sólo se limitará a asentir o mostrar su disconformidad.
Lo llamativo de la cuestión es que lo que se pretende es “agilizar” los trámites, hecho que es radicalmente falso, dado que se le otorga al banco un plazo de tres meses, cuando bastaría un mes o menos para conocer la disponibilidad del banco a negociar.
Lo digo, porque hasta ahora, antes de interponer la demanda contra el banco, siempre se intentaba, bien vía burofax o requerimiento notarial, vía conciliación, el acuerdo o, al menos, conocer la voluntad de acuerdo del banco, resultando, en la inmensa mayoría de los casos, que ni siquiera se dignaban a contestar a los primeros o a presentarse en el acto de conciliación correspondiente y, en el supuesto de hacerlo, en un 99,99 % lo hacían negativamente.
Y ahora la pregunta es: ¿por qué ahora el banco o la entidad de crédito, que hasta hace escasos días ni contestaba a los requerimiento o, en el mejor de los casos, negaba la mayor, es decir, que la cláusula era nula, va a reconocer lo que ayer rechazaba?
¿Cómo podemos, entonces, interpretar esta burla, este parche jurídico, que se han inventado nuestros muy queridos padres de la Patria, que le otorga a los bancos “patente de corso” para hacer y deshacer lo que les venga en gana y, encima, ganando tiempo?
¿Dónde está el, dicen, interés superior del ciudadano, del consumidor?
Estamos inmersos en un engaño continuo que, no se equivoquen, ya nació hace unos cinco siglos, cuando alguien avispado convenció al que tenía unos ahorros que se los dejase en depósito a cambio de unos intereses al cabo de cierto tiempo.
El negocio de la banca es, ciertamente, sorprendente.
No ponen un céntimo, porque juegan con nuestros depósitos, ergo negocian con nuestro dinero que, a la postre, devenga, en el mejor de los casos, unos exiguos réditos para su titular, pero grandes beneficios para el depositario.
Y, a mayor abundamiento, cuando prestan un dinero, con la garantía de un inmueble o, en el peor caso, de varios inmuebles, cuando no nóminas y avales, lo hacen con unas condiciones leoninas que, por encima, más que abusivas, se las puede calificar de pura estafa.
Y a ese juego, señores, se han prestado los politicastros de turno que dicen defender nuestros intereses, cuando en realidad están asegurando su financiación o, en su caso, su futuro.
Porque, además, quienes más han abusado o estafado al consumidor fueron, precisamente, las mal llamadas Cajas de Ahorro, entidades que, en su día, tenían un noble fin social, pero que, amén de ir perdiendo su función pública, además se convirtieron en un nido de bastardos consejeros políticos, sindicalistas y rastreros de todo tipo y calaña que acabaron hundiendo el poco capital que ya quedaba, el cual había sido depositado con el esfuerzo de cada uno de los ciudadanos que, con sangre, sudor y lágrimas, fueron ahorrando para el futuro como podían.
Acuérdense de las preferentes o de otro tipo de contratos bancarios en los que se atraía la atención del cliente sin informarle debidamente a dónde iba a parar su dinero o, en el peor de los casos, engañándole vilmente sobre el fin del depósito, asegurándoles que era a plazo, cuando en realidad pasaba, de iure, a ser titularidad del banco.
En fin, esto es lo que hay.
O lo toman o lo dejan, porque si hasta el Tribunal Supremo se ha dejado caer en la dinámica de la defensa del sistema corrupto, qué se puede esperar ya de esta fenecida “democracia” que sólo sirve para los que viven a costa del erario público sin que hayan acreditado la más mínima aptitud para sentarse en un escaño del parlamento.
Porque ahora ya vale cualquiera, sea chorizo, puta o bailarín… con perdón para las meretrices y bailones, en general.
Lo importante es agarrarse al primer tren que pase y que nos lleve a la estación de la seguridad crematística, que luego ya hablaremos, si es que lo estimamos menester, de lo que realmente le importa al sufrido ciudadano de a pie.
Y aunque todo esto ya se desmorona, y se sigue negociando lo innegociable con los ladrones, los estafadores, los traidores y los asesinos, no se engañen, el tinglado sólo caerá el día en el que el ciudadano medio, ese que se mantiene callado, sin soltar una palabra, no pueda dar de comer a su prole… ese día arderá España.
Amén… de los amenes.
Nota: y ahora ya pueden criticar a su gusto… eso sí, sin seguir dando la cara.

                                                                                                                         

                                                                                                                         
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