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Hace
unos quince días P. I. (me reservo el nombre completo) me escribió a
una de las direcciones de correo-e que se dan en la (semiabandonada)
página
web
de la Delegación de Buenos Aires.
Me decía en su correo: “Aunque
soy anarquista me atrae el pensamiento de José Antonio y Ramiro
Ledesma. Decirme algo más sobre sus propuestas económicas y
democracia orgánica. Decirme de libros que traten esos temas. Darme
alguna dirección para poder hablar de esos temas. Escribo desde
España”.
Yo le contesté en forma no demasiado extensa, sin olvidarme de
explicarle la controversia entre José Antonio y Ramiro Ledesma
Ramos, con las diferencias que terminaron en la separación de la
Falange del último nombrado. También le envié una copia en pdf de mi
libro Breve catecismo económico del nacionalsindicalismo (a
propósito del cual, ofrezco a los amables lectores de esta página
enviarles también una copia en pdf, por supuesto que sin cargo
alguno, a su pedido).
Pocos días más tarde P. me volvió a escribir, con este escueto
mensaje: “Gracias
por el pdf. Ahora decirme cómo funcionaría la democracia orgánica,
cómo se eligen los delegados. Los delegados de familia
¿de
dónde salen y se eligen?”.
Como responder a todo lo que la consulta de P. implica, significa
escribir largo y tendido –y yo estoy bastante acotado de tiempo– se
me ocurrió que podría aprovechar mi respuesta para incluir varios
temas de algún interés relativos a nuestra doctrina y utilizar lo
escrito para un artículo de difusión. En cuanto artículo, le puse el
título que sigue.
Carta a un anarquista
por
Héctor Osvaldo Pérez Vázquez
Buenos Aires, 5 de junio de 2011.
Estimado
P.:
Espero
con este correo y los archivos adjuntos poder ofrecerte el resto de
una semblanza de los aspectos del nacionalsindicalismo que te
preocupan o interesan. Bien advierto que me extiendo en esta
explicación quizás más allá de tu consulta, pero quiero aprovechar
estas reflexiones para armar un artículo y publicarlo, por lo que
contenga de utilidad para otros.
En
primer lugar, tengo que decirte que la Falange no acepta ningún tipo
de representación. Una buena definición de ese tipo de contrato lo
ofrece la Suprema Corte de Justicia de la Nación Argentina al
sentenciar que: “Representar
es poner en presencia al ausente”.
Porque en efecto, el representante actúa en ausencia del
representado, y cuando éste está presente en el acto jurídico, aquél
ya no es necesario. Nosotros no queremos que el pueblo esté ausente;
que un grupúsculo insignificante de sujetos se arrogue el derecho de
votar leyes y gerenciar la riqueza común en nombre de los millones
de hombres y mujeres que constituyen el pueblo activo y con
ejercicio de sus derechos (porque siempre habrá dentro de la
población de un país, personas incapaces de hecho o de derecho, como
ser extranjeros sin residencia ni voto, delincuentes en prisión,
enfermos mentales o de extrema gravedad, niños y jóvenes de corta
edad, ancianos valetudinarios, etcétera, que, en la práctica, son
una minoría numéricamente poco significativa). Nosotros queremos que
la gente con capacidad de hecho y de derecho se ocupe activamente de
crear las leyes que van a regir o encarrilar sus vidas y
actividades, sin la intermediación de políticos profesionales (y
copiosamente rentados) que los suplanten.
Respecto de la familia, aún recuerdo haber leído a un sedicente
falangista que decía que, considerando que esta institución está
semidestruida en la actualidad (al menos, en nuestro concepto),
habría que abandonar esa parte de nuestra doctrina. Pero los
falangistas verdaderos seguimos sosteniendo el núcleo familiar como
la institución básica de la sociedad. La destrucción de la familia
equivaldría a la dispersión social, a la atomización de la sociedad,
convertida en un inmenso
humanero.
Otra cosa sería debatir acerca del tipo de familia que proponemos y
de los tipos familiares que no aceptamos.
Acerca
de todo esto, del problema de la organización social y política y de
la organización familiar, si bien son extremos irrenunciables de
nuestra doctrina no hay, que yo sepa, por parte de la Falange,
estudios oficiales detallados de procedimientos de organización. Y
no los podría haber, me parece, porque constituiría una entelequia
(en el sentido peyorativo del término) todo intento de dibujar en el
papel la arquitectura social de una sociedad inexistente e
intemporal (como igualmente lo sería pretender crear en el papel los
rasgos del temperamento que tendrá y la conducta que observará en su
vida, un hijo nuestro al presente ni siquiera concebido). La forma
práctica de estructurar los cuerpos intermedios (que nosotros
denominamos sindicatos) de la sociedad debe ser diseñada cuando se
esté en condiciones de causar los cambios sociales, no antes. Es por
eso que resulta difícil hallar propuestas falangistas sobre el
particular; y las que se ofrecen, algunas muy buenas y bien
fundamentadas, son manifestadas sólo a título individual; y a más de
una las he visto como excesivamente ideológicas, esto es, en gran
medida desencarnadas de la realidad.
En el
terreno económico, en cambio, sí hay propuestas concretas de
organización, mayormente extraoficiales aunque correctamente
fundamentadas. Ello obedece a que la cuestión económica es principal
y básica. Me explico: hay al menos dos formas de acreditar valor a
algo: en función de la utilidad de ese algo, o en función de su
jerarquía. Así, entre los sacramentos de la Iglesia, el mayor es la
Eucaristía, pero para poder acceder a él es preciso previamente
estar bautizado. Jerárquicamente, la Eucaristía es superior, pero
funcionalmente, el Bautismo está antes. Lo mismo para con el caso de
una construcción, pongamos de una casa: como el cometido de una
vivienda es darnos cobijo y reparo, el techo y las paredes son,
jerárquicamente, las partes más importantes; pero no habría sido
posible levantar esas paredes y colocar ese techo si no hubiesen
sido antes puestos los cimientos. De modo que, en el tiempo al
menos, los cimientos son la parte más importante (o primordial si se
lo prefiere) de la casa.
Lo
mismo sucede con la economía, que definimos como la actividad humana
(y solamente humana) que se ocupa de producir, a partir de los
bienes naturales, los productos y servicios imprescindibles y
necesarios para la vida humana, distribuyéndolos mediante el
comercio a través del mercado. Sabemos que la actividad superior del
hombre es el pensamiento (según santo Tomás de Aquino, la
meditación), pero para desarrollar esa fase superior de su
capacidad, el hombre debe primero satisfacer las exigencias
apremiantes de su cuerpo (comida, bebida, vestido, techo, descanso).
Es por eso que la economía debe estar entre los primeros supuestos
de estudio y preocupación de los falangistas, y el propio José
Antonio –siempre presente– hizo hincapié en la organización de la
economía productiva mediante los sindicatos verticales –que no son
las corporaciones fascistas, porque cuando los sindicatos funcionen
habrán desaparecido los capitalistas, falsos “dadores de trabajo” (sic).
No es por la palabra de José Antonio que los falangistas hablamos de
sindicatos también para la función municipal y para la función
familiar; él sólo se refirió a los sindicatos de trabajadores (que
no son los actuales sindicatos del capitalismo). Lo que pasa es que
nosotros, luego, extendimos el criterio a aquellas otras dos
funciones, pero con la inteligencia de comprender que su
funcionamiento y organización públicos y privados serían diferentes.
Es que el principio es el mismo y lo distinto son las funciones o
propósitos, distinción que amerita una diferente organización y
funcionamiento.
Para
comprender el tema de las tres dimensiones de la concepción
joseantoniana, es bueno tener presente el concepto de “persona”.
Veré de mandarte un artículo mío que estudia los orígenes
históricos, la etimología y el desarrollo de ese término (Persona
y nacionalsindicalismo).
Basta por ahora comprender que la persona es el individuo dentro del
marco social, político y jurídico. El individuo es el portador de
los caracteres propios de la especie; el individuo humano, como por
naturaleza es gregario o social (lo sabemos bien desde el preclaro
Aristóteles), debe desenvolverse, mucho o poco, con el auxilio
directo o indirecto de sus semejantes. Se forma así la sociedad, de
donde todo hombre es inexcusablemente integrante en mayor o menor
grado de participación, y dentro de ella cada hombre cumple diversos
y paralelos roles funcionales: todos somos padres de nuestros hijos,
hijos de nuestros padres, esposos de nuestras esposas, trabajadores,
etcétera (en este etcétera se integran todas las demás funciones o
tareas o emprendimientos que desempeñamos en nuestra vida). Para el
derecho romano anterior a nuestra era, el término persona estaba
reservado a cada uno de esos emprendimientos, por lo que todo hombre
era múltiple persona (toda una colonia de personas); luego se
apropió del término el pensamiento cristiano, en principio con igual
significación pero cambiándolo más tarde a la significación unívoca
que tiene en el presente (persona como individuo en la sociedad). Es
por eso que el pensamiento cristiano de comienzos de esta era empezó
a hablar de Dios Uno y Trino (en épocas en que el concepto de
persona era no globalmente aplicable al individuo, sino a cada una
de sus funciones y ocupaciones): Dios es, en efecto, Uno Solo, y sus
llamadas Personas no son sino aspectos, facetas o funciones si se
quiere, del Dios Único. Es por eso que racionalmente se lo puede
concebir como Uno y Trino (“tres Personas en un solo Dios
Verdadero”).
Respecto de la familia (veré de mandarte también un artículo mío
titulado
Lo privado y lo público),
es, a mi entender, el único ámbito donde reina la privacidad (no
confundir con la intimidad, que es otra cosa). El ámbito de lo
privado es únicamente el de la familia; trascendiendo los límites
materiales, culturales y espirituales de su hogar, el hombre ya
incursiona en lo público, de modo que cuanto haga y diga fuera del
ámbito familiar, es de suyo público aunque lo manifieste en la
intimidad de unos pocos. El pensamiento, en cambio, es decir, el
conjunto de los saberes y creencias de cada uno, no es ni privado ni
público: es cosa íntima individual. Expresado en el ámbito familiar,
es privado y fuera de él, es cosa pública.
Una
digresión importante: La doctrina de la Falange ha sido acusada más
de una vez de “personalismo”, pero éste no es un concepto unívoco.
Si el término se refiere a otorgar preponderancia a las personas por
sobre las instituciones, está bien, y ése es un sentido que la
Falange comparte; porque, al fin y al cabo, las instituciones están
para servir a las personas y no al revés. Recuerdo haber escrito un
artículo, bastante controvertido por mis amigos, donde expreso que
“la patria está para servir al hombre, no (es) el hombre (quien
está) para servir a la patria” (La
patria como empresa al servicio del hombre).
Me parece puro sentido común, que ha sido velado por las ideologías
que, persiguiendo ostensiblemente el bien común, olvidan que éste
está al servicio de la gente (entre los olvidadizos contamos
principalmente a los nacionalsocialistas, los fascistas, los
comunistas). Otro sentido del “personalismo” es, por ejemplo, aquél
que da Karl Schmitt en su libro
La dictadura.
En esta concepción y similares, el personalismo se asimila a la
preponderancia de ciertos individuos que asumen la representación y
el mando de la colectividad. Entre éstos estarían los dictadores. Yo
me permito agregar que la dictadura es una institución benemérita,
que tiene por fin solucionar crisis cuyo debate prolongado las
convertirían en males ciertos. La dictadura tiene sus límites: la
establece la ley, es de duración cierta y preferentemente breve y
quienes la ejercen deben responder de sus hechos ante la comunidad.
Muy distinto serían el despotismo o la tiranía. Otros casos de
personalismo serían los caudillos, tanto los españoles cuanto los
hispanoamericanos, que son diferentes. Etcétera. Lo contrario u
opuesto al personalismo de este tipo sería la “institucionalidad”, o
preponderancia de las instituciones por sobre las personalidades
fuertes o influyentes. Pero para que las instituciones surjan y
permanezcan, se necesita de personalidades fuertes o influyentes que
las pergeñen, las promuevan y las hagan nacer. De modo que siempre
la persona es la que está detrás de toda realización, económica,
científica, social o política, pues, reitero, las instituciones son
creaciones humanas destinadas a servir a la gente, no a servirse de
la gente (como pasa con la democracia parlamentaria o congresil o
con los tribunales legales mal llamados “de justicia”). Y desde que
nosotros propugnamos un sistema donde la gente tenga el máximo
posible de actuación participativa, con miras a crear y fortalecer
el bien común (que es el tipo de bien que, al contrario de los
bienes particulares, participa a todos y es difusible, es decir que
cuantos más participan de él tanto más se agranda y fortalece),
nuestra concepción no es contraria a la política, sino que, por el
contrario, exige la política (que es, precisamente, la actividad
humana que procura el bien común) involucrando en ella a casi todas
las personas integrantes de la comunidad política (con las
excepciones ya enumeradas no taxativamente, de los incapaces de
hecho y/o de derecho).
También
la expresión “privado” sufre interpretaciones diversas, según el
contexto en que el término sea empleado. Pero aquí no es ya una
cuestión de recepción semántica, como en el caso del concepto de lo
público, sino más bien un efecto de la aplicación de una analogía
(es decir, de cierta semejanza entre cosas que son distintas pero
que tienen funciones parecidas). En mi concepto, el analogado
superior del concepto de lo privado es el ámbito familiar. Y por
traslación por vía de semejanza (analogía) se dice privado por mera
oposición a lo público (“derecho privado” frente a “derecho
público”), y propiedad privada (fuere individual o colectiva) en
oposición a propiedad pública (perteneciente a grupos sociales o a
la sociedad nacional), como “empresa privada” frente a “empresa
pública”, etcétera. Pero lo privado es, primero que todo, lo
familiar.
Finalmente, los nacionalsindicalistas tenemos nuestra concepción de
cómo deben de funcionar la educación, la instrucción y la justicia
legal. Aclaro que mientras que la educación procura el
perfeccionamiento moral de la gente, la instrucción le aporta
enseñanza técnica y científica acordes con el nivel de conocimientos
del tiempo presente. Porque un hombre no instruido puede quedar
automáticamente marginado del quehacer social más importante (no del
trabajo, pues en nuestra concepción, éste es una facultad
intrínsecamente humana y, por lo tanto, el trabajo es necesario al
hombre y no puede ser negado a nadie bajo ninguna excusa que no sea
la de la incapacidad absoluta para ejercerlo). Pero a su vez, el
hombre instruido pero no educado, puede parecerse al famoso “mono
con ametralladora”, porque carece de la comprensión,
disciplinadamente adquirida, de lo que se llaman los “valores”
individuales y sociales. Las organizaciones familiares tienen aquí
un papel importantísimo que desempeñar, aunque no son las únicas que
lo tienen.
Y
respecto de la justicia, hay que recordar que ésta es una de las
cuatro llamadas “virtudes cardinales”, de todas ellas, la “más
social”, porque busca la perfección de quien las ejerce mediante la
aplicación de su constante y perpetua voluntad de dar a los demás su
derecho. Pero es una virtud, no una práctica legal. Es inadmisible
que los actuales tribunales sean denominados “de justicia”, a pesar
de que esta denominación nos viene mismo de los antiguos romanos.
¿Es una confusión que ellos crearon inadvertidamente? Yo pienso que
el cristianismo cambió el significado de la justicia, de su sentido
romano de aplicación del
ius
(el derecho positivo) a la práctica de una virtud personal con
proyección
Pero
los tribunales no tienen por objeto aplicar la virtud de la
justicia, sino la llamada “justicia legal”, que consiste en el apego
de sus sentencias a la letra e interpretación de la ley. Es decir,
se “ajustan” sí, pero al texto y espíritu de una ley escrita,
ordenada e impuesta por una ínfima minoría ajena a la mayoría del
pueblo trabajador. Tal ley es injusta por su origen (carece de
licitud porque no ha sido consultada con aquéllos que deben
someterse a ella) y su aplicación es, ordinariamente y por causa de
esa ilicitud original, lesiva para con los más débiles y, por tanto,
inmoral. No es moral que quien posee una gran fortuna, desahucie
(eche a la calle sin contemplaciones, con el auxilio de los jueces)
a la viuda reciente que se encuentra sin dinero para pagar la renta.
Pero es legal. Y los jueces juran apegarse a la legalidad, no a la
moralidad ni, mucho menos, a la religión. Esto debe cambiar, y en
primer lugar deben cambiar los tribunales. La gente está en general
capacitada para hacer justicia legal, cada cual al nivel de su
posición social. La gente merece ser juzgada por sus pares, no por
funcionarios en quienes se deposita la interpretación de la ley.
Debe existir una organización tribunalicia que contemple, eso sí,
los casos donde estén implicados personas de distintas procedencias,
esto es, tribunales mixtos.
Mucho
más no quiero decirte, ya que no es mi intención escribir un ensayo
y porque es mejor que los detalles del pensamiento
nacionalsindicalista continúen por ahora simplemente insinuados o
esbozados, dejando para el momento histórico en que pueda ponérselo
en práctica, los detalles precisos de su implementación; basta al
presente con que estén correctamente fundamentados o explicados.
Caben entretanto, múltiples propuestas doctrinales a ser estudiadas
y debatidas y para eso, se ha creado un Foro de la FE-JONS,
exclusivo para militantes, donde se pueden dar todas las
controversias que quepan dentro de los principios inamovibles
impuestos por nuestro amado Fundador y principal creador de nuestra
doctrina; además de las múltiples formas en que los falangistas
expresan su pensamiento por los diversos medios de difusión.
Espero haber podido ofrecerte un poco de claridad respecto de nuestros
principios, tan mal comprendidos por muchos no falangistas (y
también por algunos pocos de los nuestros), al punto de que somos
por algunos considerados “de derecha” (siendo que, al menos en el
aspecto del trabajo, deberían colocarnos a la izquierda de los
comunistas, por ejemplo); o de considerarnos afectos, seguidores o
continuadores del franquismo (siendo que Franco primero nos
secuestró los principios y los símbolos, desnaturalizándolos, y
luego fusiló a varios de los nuestros por oponerse a su régimen); o
cercanos a los fascistas y los nazis, siendo que por nuestro
pensamiento católico no podemos aceptar el estatalismo italiano ni
el racismo alemán, así como por nuestra hispanidad no podemos
aceptar el nacionalismo); o partidarios de la dictadura perpetua,
siendo que mientras que en la dictadura el que crea exclusivamente
las normas o exclusivamente las promulga es el titular del gobierno
y en nuestro sistema, en cambio, es la gente la que crea e impone la
ley; o que seríamos, en fin, partícipes de una extrema derecha
violenta, actitud que está fuera totalmente de nuestra declaración
de principios (los “Puntos” de nuestro programa) y de nuestra
conducta cotidiana privada y pública. A veces, en España se pueden
observar a grupúsculos de revoltosos vestidos con la camisa y el
escudo de la Falange o enarbolando nuestra bandera, cometiendo
desórdenes públicos o propalando principios opuestos a nuestra
doctrina. Esos tales son ajenos a la Falange Española de las JONS
(única Falange ESPAÑOLA legalmente acreditada) aunque se hagan
llamar falangistas y se enmascaren de tales. El escándalo de sus
inconductas ciertamente nos perjudica, y el hecho de que se nieguen
a integrarse a nuestra Falange muestra inequívocamente su vocación
de permanecer ajenos para tener, en nombre de una doctrina que
distorsionan, la libertad de crear disturbios que, cualquiera fuere
su intención, en la práctica solamente favorecen al régimen de
ocupación capitalista que los españoles padecemos.
Hasta
aquí llegué. Ahora mucho me gustaría que tú me comuniques algunos
aspectos del pensamiento anarquista, o que a partir del mismo hagas
la crítica de lo que yo te he mandado. Porque no hay entendimiento
si se hablan idiomas distintos; por ejemplo, si cada uno da a las
mismas palabras, distinta significación o alcance. De modo que es
preciso trazar las equivalencias lingüísticas para homogeneizar las
ideas. Porque me parece, dime tú si me equivoco, que nuestros
propósitos son muy similares, y que en muchos aspectos, lo que nos
separa y enfrenta son solamente las palabras –mejor dicho, su
interpretación.
Un saludo cordial.
(Héctor
Osvaldo Pérez Vázquez, Delegación de Buenos Aires)
Adjuntos, los artículos:*
–La
patria como empresa al servicio del hombre.
–Lo
privado y lo público.
–Persona
y nacionalsindicalismo.
*Todos
publicados en
Milenio Azul.
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