MILENIO AZUL
Círculo Nuevo Criterio

 

T E M A S 

LOS PROBLEMAS Y LA SOLUCIÓN
Santiago Alcalá

                                                                                                                           
                                                                                                                         

Una de las polémicas políticas más repetidas en los medios de comunicación, las instituciones y la calle, es aquella que contrapone el aparentemente emergente populismo con la política tradicional, la que llevamos generaciones contemplando.

Por una parte, están aquellos que se han dejado fascinar por los canto de sirena de cierto populismo y creen a pies juntillas que representa la solución de los problemas generados por la política conocida. Por la otra, nos encontramos con aquellos que no se han dejado seducir por las prédicas de ese populismo y defienden la política tradicional al uso contra viento y marea. Ambos están convencidos de que su presunta verdad es La Verdad, con mayúscula y no admiten puntualización ni matiz alguno: si no están cien por cien con ellos, es que eres de los otros. Y punto. O del Madrid o del Barça, o carne o pescado, o mar o montaña, o perros o gatos... no hay término medio ni vueltas que darle.

Porque si algo define el tiempo actual es la terrible intransigencia de que hacen gala los mismos que no hace tanto formaban parte de mayorías abúlicas, despreocupadas e indiferentes... hasta que la crisis económica y social de la primera década del siglo, les tocó el bolsillo... o les envió a la cola de Cáritas.

Entonces sí, aquello que les había traído al fresco poco tiempo antes, se convirtió, por arte de birlibirloque, en una ineludible y suprema exigencia moral y la misma gente con ideales e inquietudes de la que se habían mofado hacía como un rato, pasaba a ser corrupta, inmoral y enemiga si no suscribía sus postulados tremendistas y demagógicos recientemente adquiridos. Los damnificados -lo sé, porque usted y yo formamos parte, con mucha probabilidad, de ese grupo- por semejante intransigencia, también lo éramos al toparnos con los repelentes defensores de la ortodoxia y del orden establecido, que nos enviaban sin dudarlo, al saco de quienes nos habían criminalizado por no seguir la moda acampando en las plazas y jardines o amoratándonos.

No sé si procede sacar a colación a las dos Españas, pues aunque relacionadas, las de Machado, la Guerra Civil o la dicotomía Populismo vs. Ortodoxia presentan importantes matices y diferencias. En el lado populista dominado en España por la extrema izquierda, acampa mucho ultraderechista desubicado, igual que en el ortodoxo encontramos también a la izquierda y la derecha clásicas, con sus derivaciones extremistas.

Los populistas mantienen que la política clásica ha fracasado y ante sus desmanes, resultado imprescindible una reformulación de la misma, de acuerdo con el nuevo tiempo que vivimos. La cuestión es que todo tiempo es nuevo por definición, porque el viejo ya no existe y el futuro aún no es real. Pero hay que acabar con la vieja política caciquil y corrupta, porque nos jugamos mucho en el envite.

Los ortodoxos aseguran que esos populismos ponen en grave peligro las libertades civiles y la democracia y que en el fondo, obedecen a ideas extremistas, así que hay que pararles los pies como sea, por la cuenta que nos trae a todos.

¿Y quién tiene razón? Pues ambos y ninguno. Porque el problema comienza por la semántica -disciplina generalmente despreciada como superflua, lo cual constituye un error gravísimo, pues la definición exacta de las cosas puede ayudar a entendernos y a calibrar los problemas, mientras que la confusión en el lenguaje hace imposible lo uno y lo otra- pues ni los populistas son tales, ni los ortodoxos son los adalides de la racionalidad y el sentido común.

La grave crisis que afectó -y aún afecta- a nuestras sociedades, no fue provocada por los llamados populistas, sino por unos aparentemente ortodoxos que han puesto en práctica unas recetas que provocan graves crisis cíclicas, que se llevan por delante las conquistas sociales y políticas de varias generaciones y cuyo resultado final consiste en una cada vez mayor concentración de capitales y de la propiedad. Porque las crisis no afectan por igual a unos que a otros, ni son inocuas, ni se producen porque sí: ni el crash de 1929 ni lo de ahora. Los ortodoxos que juran defender el sentido común y la racionalidad, han condenado a millones de personas a la precariedad, la desocupación y la miseria sin paliativos. Si eso es racionalidad y sentido común... que se lo metan por donde les quepa.

Dicen defender la democracia y mienten como auténticos bellacos -que es lo que son- porque hace mucho tiempo que han sustituido la democracia por la partitocracia, se han cargado sin miramientos la doctrina de Montesquieu y la separación de poderes, sin la cual la democracia y el mero Estado de Derecho, no pasan de ser una quimera. Tampoco es cierto que sean los adalides del libre comercio y de la propiedad privada, porque tales cosas ya existen desde la noche de los tiempos, no los han inventado nuestros ortodoxos. Lo que tales sujetos nos ofrecen nos es libre empresa y propiedad, sino capitalismo, es decir, concentración de capitales, competencia desleal, eliminación de la pequeña y mediana empresa, de la pequeña y mediana propiedad, porque la extensión de ambas fortalecería un tejido social que les molesta enormemente, porque su objetivo último no es ni la democracia, ni la propiedad, ni la libre empresa, sino la partitocracia, la concentración de capitales y la sustitución de las PYMEs y de la pequeña y mediana propiedad, por las multinacionales y transnacionales, la privatización de los beneficios a la par que la socialización de las pérdidas, la sustitución progresiva de la economía productiva por la economía especulativa.

Así que todo el discurso bien-pensante de los ortodoxos -bendecido incluso por jerarquías eclesiásticas instaladas en la torpeza, por no decir otra cosa- es una pura y simple mentira, una gran impostura formada por un montón de falacias envueltas en papel de regalo.

De los populistas diré que no son tales y que su apelación a la transversalidad política es otra patraña de tamaño formidable. Porque a poco que escarbemos en ese supuesto populismo -que no es más que la indeseable consecuencia de los desmanes ortodoxos- comprobaremos que su invento no es tal y que su mercancía está completamente averiada y en el fondo es más vieja y archiconocida que la jalea real. Su receta tuvo mucho éxito en la Europa de la primera mitad del siglo XX, con eso lo digo todo, porque a buen entendedor... y los lectores habituales de este foro, creo que lo son. La receta que elimina la democracia para sustituirla por un régimen de carácter innegablemente totalitario -con peculiaridades acoletadas, amoraladas o amaduradas- y se carga todo el entramado socioeconómico de la gente para convertirlo en un despojo estatal, termina produciendo por otras vías los mismo efectos que los que la política ortodoxa promueve, por mucho que unos y otros traten de disfrazarlo.

Unos -los ortodoxos- son los idólatras del Mercado, los mercadólatras y los otros -los populistas- son los idólatras del Estado, los estatólatras. Y ninguno de ellos pone al ser humano en el centro de su propuesta política y económica, porque a ninguno le importa un rábano la suerte de las personas. El Mercado y el Estado no son sino instrumentos complementarios al servicio de la realización y el bienestar de las personas... pero unos y otros se han apropiado de su parte para arrojársela a la cabeza con total desprecio del ciudadano común, que pasa a ser víctima de uno u otro sistema en lugar de beneficiario.

Por otra parte, ni los populistas son tales, ni los ortodoxos son otra cosa.

Porque la política ortodoxa y bien-pensante es, en el fondo, tremendamente populista, con su apelación a la opinión pública a la que previamente han modelado a su conveniencia: si algo distingue a la partitocracia, es su populismo -esta vez sin cursivas- puro y duro, resultado de una política de marketing y consumismo sin paliativos.

Y los otros, a los que se ha dado en llamar populistas, no son más que rancios y grotescos totalitarios, comunistas y fascistas trufados de un cierto anarquismo de salón y mal, muy mal digerido. Ni lo uno ni lo otro son lo que pretenden ser, sino copartícipes de un gigantesco fraude, en el cual los ortodoxos son aún más populistas que unos supuestos populistas que terminan formando parte por méritos propios de una casta muy, pero que muy ortodoxa. Ya nos lo contó hace mucho tiempo George Orwell en dos libros titulados “La rebelión en la granja” y “1984”, a los que habría que sumar el muy inquietante “Un mundo feliz”, de Aldous Huxley.

¿La solución? Yo no la tengo, no soy una eminencia, ni soy mago, ni taumaturgo. Pero sí creo que lo más esencial de la misma es darnos cuenta de que ni los ortodoxos populistas ni los populistas ortodoxos son parte de la solución, sino el problema mismo. Porque no hay curación posible cuando no se tiene conciencia de la enfermedad. Y tras quitar máscaras y airear terribles verdades, sólo la determinación colectiva de la sociedad civil, compuesta por la voluntad de cada ciudadano dispuesto a recuperar la democracia liberándola de la impostura partitocrática, a hacer valer el derecho a la propiedad y a la libre iniciativa más allá del interés capitalista, a poner en práctica la justicia social sin hipotecas socialistas, a convivir en un sano patriotismo sin veneno nacionalista ni supremacista, a rescatar el Estado de Derecho secuestrado por la oligarquía político-financiera y negado por el totalitarismo... sólo así podremos atisbar la solución al drama del tiempo presente, tragedia provocada por quienes muchos aún creen que son la solución cuando no son más que los problemas, o mejor dicho, los causantes del problema.

                                                                                                                         

                                                                                                                         
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