MILENIO AZUL
                                                                                          Publicación falangista independiente

 

  ¿QUIÉNES SOMOS? EDICIONES  eMa

LIBROS

ENLACES DOCUMENTOS  

T E M A S

SOLEDAD
Antonio  Acuña

                                                                                                                          
                                                                                                                            

Dice Max Weber en su estudio de la ciencia como profesión que la “americanización” de la Universidad Alemana, había llevado a que el azar, y no la valía ni los méritos personales, fueran los que propiciaran el ascenso de los que dedicaban su trabajo a la ciencia. Esto lo decía en los albores del siglo veinte, pero si levantara la cabeza se quedaría absorto en su sentido profético. Él, que se dedicó a la política además de ser un científico, también afirmaba que entre ambas profesiones, la diferencia fundamental estribaba en la falta de compromiso con ninguna teoría y por tanto la denuncia de los errores, aunque estos fueran “políticamente correctos”. Actualmente, más de un siglo después (las ciencias adelantan que es una barbaridad, como diría nuestro castizo boticario), el que no se sube al “carro del vencedor” está predestinado de antemano al fracaso.

Esto viene a cuento de la generalización de verdades inconcursas características de nuestro siglo XXI. Así, el etólogo -ya fallecido- K. Lorenz, discípulo predilecto del ínclito Darwin, afirmaba (1967) que: ‘las fuerzas opuestas a la agresividad, connatural con el ser humano, han sido la consecuencia del desarrollo de nuestro intelecto’.

Simonov, un científico que se conservó al margen de las corrientes “modernas”, demostró experimentalmente, sobre la base de una etología basada en la evolución y no en la comparación sin más, que existe un verdadero instinto social. El estudio lo basó en la conducta de los animales sociales. Pero también se ha obtenido la constatación en el ser humano (Eccles, 1980), observando el comportamiento de algunas tribus aisladas de esquimales, en donde se advirtió el testimonio de la falacia del mito de la agresividad congénita del ser humano.

Por el contrario, está perfectamente demostrado, en las experiencias antes aludidas, que la solidaridad en los animales sociales es lo que mantiene al grupo, para así asegurar la defensa, sobre todo de las crías, pero también de todos los miembros del grupo.

Así mismo, también se ha visto que los influjos emocionalmente negativos, tales como el hambre, dolor, miedo o soledad, intensifican la necesidad de contacto y aceleran el proceso de socialización.

Se puede concluir que la agresividad, incluso en los animales, no responde a un objetivo propio, sino que es consecuencia de un motivo específico y no relacionado primariamente con la agresividad, bien de autodefensa, de posesión de la hembra, del territorio, o con el fin de obtener la comida en los animales depredadores.

Es más, también se ha comprobado en los animales sociales, que los mejor dotados y por tanto los superiores en la escala jerárquica (también conocidos como dominantes), son los más generosos y los que asumen prioritariamente el afán de protección. De forma que, en experimentos efectuados en monos, a los que se les había enseñado a obtener la comida manejando unas palancas en las que en una de ellas se obtenía comida para un simio y en otra para dos, el macho dominante prefería invariablemente la palanca “para dos”, mientras que el subdominante sólo utilizaba la palanca “para él mismo” (P. Simonov).

Además, en los animales, cuando la confrontación intraespecie es inevitable, por los motivos antes indicados (posesión del territorio, la hembra, etc.), previamente a la lucha, se utiliza un ritual en el que se intenta evitarla.

A pesar de haber todas estas pruebas en contra, se insiste de forma machacona por los científicos al uso, a los que Weber llamaría “comprometidos” (en pos del éxito y no de la verdad) en que una especie de instinto asesino intraespecie sería lo característico del ser humano.

Las consecuencias son fáciles de imaginar. El miedo a la relación con el prójimo, o la desconfianza en el mejor de los casos, genera aislamiento. Este es el triste tributo que la sociedad moderna hade pagar como resultado.

Soledad generalizada, íntima, desesperante y anuladora de esperanzas; en los divorciados, en los ancianos, en los que tienen un animal como compañía (ahora les llaman mascotas porque así se disfraza de eufemismo), de todas las tristes soledades que sería larguísimo enumerar. Por eso es nuestra obligación decirle a las gentes que nos intentan engañar. La lucha es desigual porque se trata de un gigantesco fraude que, con los medios de comunicación como arma, pretende apoderarse de las conciencias, sin embargo nuestra ineludible obligación como personas nos fuerza a desenmascarar a los falsos científicos que, contaminados del mal de nuestra época, van sembrando la infelicidad y la soledad.

                                                                                                                         
                                                                                                                          

                                                                                                                         
A Página Principal

     

MILENIO AZUL
Apartado de Correos 47  -  15080 La Coruña, España
milenioazul2000@yahoo.es