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Dice
Max Weber en su estudio de la ciencia como profesión que la
“americanización” de la Universidad Alemana, había llevado a que el
azar, y no la valía ni los méritos personales, fueran los que
propiciaran el ascenso de los que dedicaban su trabajo a la ciencia.
Esto lo decía en los albores del siglo veinte, pero si levantara la
cabeza se quedaría absorto en su sentido profético. Él, que se
dedicó a la política además de ser un científico, también afirmaba
que entre ambas profesiones, la diferencia fundamental estribaba en
la falta de compromiso con ninguna teoría y por tanto la denuncia de
los errores, aunque estos fueran “políticamente correctos”.
Actualmente, más de un siglo después (las ciencias adelantan que es
una barbaridad, como diría nuestro castizo boticario), el que no se
sube al “carro del vencedor” está predestinado de antemano al
fracaso.
Esto
viene a cuento de la generalización de verdades inconcursas
características de nuestro siglo XXI. Así, el etólogo -ya fallecido-
K. Lorenz, discípulo predilecto del ínclito Darwin, afirmaba (1967)
que: ‘las fuerzas opuestas a la agresividad, connatural con el ser
humano, han sido la consecuencia del desarrollo de nuestro
intelecto’.
Simonov, un científico que se conservó al margen de las corrientes
“modernas”, demostró experimentalmente, sobre la base de una
etología basada en la evolución y no en la comparación sin más, que
existe un verdadero instinto social. El estudio lo basó en la
conducta de los animales sociales. Pero también se ha obtenido la
constatación en el ser humano (Eccles, 1980), observando el
comportamiento de algunas tribus aisladas de esquimales, en donde se
advirtió el testimonio de la falacia del mito de la agresividad
congénita del ser humano.
Por
el contrario, está perfectamente demostrado, en las experiencias
antes aludidas, que la solidaridad en los animales sociales es lo
que mantiene al grupo, para así asegurar la defensa, sobre todo de
las crías, pero también de todos los miembros del grupo.
Así
mismo, también se ha visto que los influjos emocionalmente
negativos, tales como el hambre, dolor, miedo o soledad,
intensifican la necesidad de contacto y aceleran el proceso de
socialización.
Se
puede concluir que la agresividad, incluso en los animales, no
responde a un objetivo propio, sino que es consecuencia de un motivo
específico y no relacionado primariamente con la agresividad, bien
de autodefensa, de posesión de la hembra, del territorio, o con el
fin de obtener la comida en los animales depredadores.
Es
más, también se ha comprobado en los animales sociales, que los
mejor dotados y por tanto los superiores en la escala jerárquica
(también conocidos como dominantes), son los más generosos y los que
asumen prioritariamente el afán de protección. De forma que, en
experimentos efectuados en monos, a los que se les había enseñado a
obtener la comida manejando unas palancas en las que en una de ellas
se obtenía comida para un simio y en otra para dos, el macho
dominante prefería invariablemente la palanca “para dos”, mientras
que el subdominante sólo utilizaba la palanca “para él mismo” (P.
Simonov).
Además, en los animales, cuando la confrontación intraespecie es
inevitable, por los motivos antes indicados (posesión del
territorio, la hembra, etc.), previamente a la lucha, se utiliza un
ritual en el que se intenta evitarla.
A
pesar de haber todas estas pruebas en contra, se insiste de forma
machacona por los científicos al uso, a los que Weber llamaría
“comprometidos” (en pos del éxito y no de la verdad) en que una
especie de instinto asesino intraespecie sería lo característico del
ser humano.
Las
consecuencias son fáciles de imaginar. El miedo a la relación con el
prójimo, o la desconfianza en el mejor de los casos, genera
aislamiento. Este es el triste tributo que la sociedad moderna hade
pagar como resultado.
Soledad generalizada, íntima, desesperante y anuladora de
esperanzas; en los divorciados, en los ancianos, en los que tienen
un animal como compañía (ahora les llaman mascotas porque así se
disfraza de eufemismo), de todas las tristes soledades que sería
larguísimo enumerar. Por eso es nuestra obligación decirle a las
gentes que nos intentan engañar. La lucha es desigual porque se
trata de un gigantesco fraude que, con los medios de comunicación
como arma, pretende apoderarse de las conciencias, sin embargo
nuestra ineludible obligación como personas nos fuerza a
desenmascarar a los falsos científicos que, contaminados del mal de
nuestra época, van sembrando la infelicidad y la soledad. |