MILENIO AZUL
Círculo Nuevo Criterio

 

T E M A S

JOSÉ ANTONIO, PADRE DEL NACIONALSINDICALISMO (II)
Miguel Argaya

                                                                                                                          
                                                                                                                            

No conviene exagerar, sin embargo, la originalidad del jonsista. Las primeras referencias políticas a un concepto de este tipo son claramente anteriores a esta fecha, y ni siquiera son españolas: recordemos la trayectoria y las ideas del italiano Sergio Pannunzio, que, junto a Olivetti y Rossoni, constituyeron, desde un explícito “sindicalismo nacional” que bien podemos calificar de izquierda fascista. Tampoco debemos soslayar cómo acabaron sus pretensiones, neutralizadas, en 1928, por el sbloccamento de Mussolini.

Ello no obsta -insisto- para que reconozcamos que, en España, es Ledesma quien acuña y apadrina el término, cosa que ocurre oficialmente en el n° 20 del semanario La conquista del Estado, de fecha 3 de octubre de 1931 al anunciar la próxima constitución de unas “Juntas de Ofensiva Nacional-sindicalista” (sic: Ledesma siempre utilizó el guion separador entre ambos elementos del término, frente a José Antonio, que los une a la usanza del anarcosindicalismo), que tendrán como fin, entre otras cosas, “imponer un sindicalismo económico que refrene el extravío burgués, someta a líneas de eficacia la producción nacional y asegure la justicia distributiva”.

Posteriormente, en el número 21 de fecha 10 de octubre de ese año, en un artículo titulado “las Juntas de Ofensiva Nacional-sindicalista”, se incide en la definición del brillante hallazgo retórico (hallazgo que enseguida adoptarían otras variantes del fascismo continental, como el portugués): “El Estado nacional-sindicalista se propone resolver el problema social a base de intervenciones reguladoras de Estado en las economías privadas. Su radicalismo en este aspecto depende de la meta que señalen la eficacia económica y las necesidades del pueblo”. Y en otro artículo, titulado “Las Juntas de Ofensiva Nacional-sindicalista, nuestras consignas”, ínsito en el número 23 de dicho semanario, de fecha 24 de octubre de 1931, afirma Ledesma que “sólo polarizando la producción en torno a grandes entidades protegidas, esto es, sólo en un Estado sindicalista, que afirme como fines suyos las rutas económicas de las corporaciones, puede conseguirse una política económica fecunda (...) El nacional-sindicalismo postula el exterminio de los errores marxistas, suprimiendo esa mística proletaria que los informa, afirmando en cambio la sindicación oficial de productores y acogiendo a los portadores de trabajo bajo la especial protección del Estado”. “Las Corporaciones, los Sindicatos, -dice en otro texto- son las entidades inferiores y más simples que pueden intentar influir en la economía del Estado” (“En esta hora, decimos”, en La conquista del Estado, n° 7, de 25 de abril de 1931).

Visto de este modo (“un Estado que afirme como fines suyos los de las corporaciones”, que se definen, a su vez, como “entidades con capacidad para influir en la economía del Estado”) podría suponerse que Ledesma atisba un punto de autonomía orgánica en la vida de sus sindicatos oficiales, en la línea que había intentado años antes infructuosamente el italiano Rossoni. Y sin embargo, no es así. Toda la intuición política de Ramiro viene definitivamente marcada por su durísimo concepto absolutizador del Estado, como un ente que “suplantará a los individuos y a los grupos” (“Nuestro manifiesto político”, en La conquista del Estado, n° 1, de 14 de marzo de 1931). Nótese que no dice que los organizará ni que los dirigirá, sino que suplantará. “Por eso –reconoce en otro artículo titulado “Los Consejos obreros”, aparecido también en La conquista del Estado, n° 9, de 9 de mayo de 1931- los únicos países donde actualmente alcanzan eficacia unos organismos así son Italia y Rusia”.

El primer problema de Ramiro Ledesma, a la hora de definir su Nacional-Sindicalismo, es su concepción absolutizadora del Estado. He aquí una diferencia fundamental a la hora de analizar comparativamente el pensamiento de Ledesma y de Primo de Rivera. El de Ledesma, como el fascista, es una visión del Estado –y, por ende, de la nación- abiertamente hegeliana (vid. “Sobre un libro político de Ortega”, en La conquista del Estado, n° 8, 2 de mayo de 1931). En este caso la mímesis con el totalitarismo romántico es absoluta. Si Mussolini podía decir “Nuestra fórmula es ésta: todo en el Estado, nada fuera del Estado, nada contra el Estado” (discurso en el tercer aniversario de la marcha sobre Roma, 28 de octubre de 1925), Ledesma afirma en parecidos términos “Nuestra fórmula es y será siempre: ¡Nada sobre el Estado!” (“La expulsión del cardenal Segura”, en La conquista del Estado, n° 15, de 20 de junio de 1931). Para José Antonio Primo de Rivera, en cambio, el Estado no pasa en ningún caso de ser “un instrumento al servicio de la Patria”. Su concepción del Estado asume básicamente el sentido tomista: no está por encima de todo, no es lo que da categoría o existencia a todo, sino que “sirve” a la armonía total desde la sujeción a una Norma eterna. Por eso, “la divinización del Estado –dice el fundador de la Falange- es cabalmente lo contrario de lo que nosotros pretendemos. Nosotros consideramos que el Estado no justifica en cada momento su conducta, como no la justifica el individuo, ni la justifica una clase, sino en tanto se amolda en cada instante a una Norma permanente” (discurso en el Parlamento, 19 de diciembre de 1933); Norma que, por definición, estará “sobre el Estado” y “fuera del Estado”. No es éste, pues, para el fundador de F.E., el que elabora esa Norma, el que maquiavélicamente se autodelimita, sino que, siguiendo a los clásicos contrarreformistas, es él mismo delimitado por un valor supremo. El Estado joseantoniano, al contrario que el ledesmista, no se justifica éticamente por ser la conciencia, la encarnación inmanente de la Nación, sino por servir al destino universal de la Patria. Incluso términos como “totalitario” adquieren diferente consistencia en el discurso joseantoniano y en el ramirista: “Nuestro Estado –dice el fundador de F.E.- será un instrumento totalitario al servicio de la integridad patria” (Norma programática de F.E. de las J.O.N.S., noviembre de 1934). Sólo cabe pensar que, si es un instrumento y está al servicio, difícilmente puede el Estado “totalitario” joseantoniano –equivocadamente o no- tener el mismo sentido que para Ledesma, o que para el fascismo. En el pensamiento de Primo de Rivera, el Estado queda constreñido por limitaciones sustanciales a las que no sería asequible el Estado hegeliano de Ledesma.

Lo cierto es que se hace difícil distinguir el “Estado sindicalista” del Ramiro Ledesma que dio vida a La conquista del Estado de las estructuras estato-totalitarias en cualquiera de sus versiones. La dependencia espiritual del fundador de las J.O.N.S. hacia la idea romántica y hegeliana del Estado contamina y esteriliza sus intentos por desarrollar una teoría del sindicalismo nacional que resulte coherente. Pues, ¿qué razón de originalidad o qué capacidad de acción -si no es como mero engranaje de la máquina estatal- puede alegar una estructura sindical oficial y sometida en todo a los designios del Estado, que sea incluso en todo momento suplantada por el Estado? Para un viaje así, no hacía falta alforjas, ni se hacía preciso rebautizar rimbombantemente como Nacional-Sindicalismo lo que ya disponía de otros nombres, y también de quién lo defendiera.

                                                                                                                          

                                                                                                                         
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