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El estado liberal en el que nos encontramos en la actualidad en
España arrastra una serie de contradicciones internas que permite
comprobar las limitaciones de un modelo de Estado, el liberal, que
se deja continuamente en entredicho a sí mismo.
El Estado Liberal como Estado de Derecho
El Estado de Derecho se
encuadra en el marco del Estado liberal, caracterizándose por dos
planteamientos fundamentales: el Mandato de la ley o primacía del
principio de legalidad, entendido como expresión de la soberanía
popular recogida en el Parlamento, y por los planteamientos del
iusnaturalismo racionalista de origen protestante que proponen
el alejamiento del Derecho de las cuestiones éticas y morales; al
mismo tiempo que establecen la vinculación entre el Estado y el
Derecho.
En la España actual el
mandato de la ley. La prevalencia del mandato de la ley supone una
injusticia, pues la ley no siempre es justa. En el caso de leyes
injustas se producen situaciones de desequilibrio, de las que
tenemos claros ejemplos en las condenas a terroristas: cumple más
prisión aquel que asesina a un conciudadano que un terrorista que ha
matado a veinte personas: dos décadas de condena. Los etarras Josu
Ternera y Troitiño nos han demostrado en los últimos años, lo barato
que sale asesinar en España: un año por asesinato, menos que una
condena por alcoholemia al volante.
Por otro lado, el
iusnaturalismo propone el alejamiento de la ley de cuestiones
éticas y morales, pero en la España de nuestros días ello no es
óbice para que se legisle contra la libertad religiosa de los
católicos o prevalezcan falsas formas de organización social por
encima del modelo tradicional de familia.
La falsa separación de poderes
Uno de los axiomas del
liberalismo es la separación de poderes como garantía de la equidad
y de la imparcialidad. El poder ejecutivo (el Gobierno), el poder
legislativo (el Parlamento) y el poder judicial. Según este
planteamiento cada uno de los poderes sería estanco, actuando con
independencia de todos los demás. Pero la realidad que existe en
España es diferente, y muestra de qué manera el sistema incumple
este planteamiento, que de origen es falso y perverso.
En este país, los partidos
políticos forman el parlamento, del cual es parte principal el
Gobierno, para cuya estabilidad se somete a diferentes alianzas en
el hemiciclo. Además, nombran a los jueces de los más altos
tribunales, así como del Consejo General del Poder Judicial. El
paroxismo llega cuando además, los partidos políticos controlan el
cuarto poder, el de la prensa, con medios afines y el quinto, el
dinero, nombrando consejeros y responsables de cajas de ahorros que
permiten la supervivencia financiera de los partidos mayoritarios
con el dinero de todos los ciudadanos.
La imposición de nuevas reglas de juego
Con la consolidación del
Estado liberal se cambian las reglas de juego. Las armas son
empleadas para su instauración revolucionaria, y para defender su
modelo económico. El siglo XX no se caracteriza ya por definir la
influencia sobre unos territorios concretos, pues el mundo ya está
repartido. De lo que se trata ahora es de extender los tentáculos
del poder. Pronto entendieron los países capitalistas que el proceso
descolonizador era paso necesario para poder dominar mejor el mundo.
En la mayor parte de los casos se pasa de una relación jerárquica de
la metrópoli sobre la colonia a un diálogo entre iguales tan sólo en
apariencia, pues el nuevo estado independizado depende de la antigua
metrópoli en asesoramiento y tecnología, en tanto que para las
democracias liberales europeas el beneficio es el mismo, pero sin
los riesgos que supone mantener ciudadanos desplazados, ni tampoco
la obligación de guardar una igualdad entre súbditos de la metrópoli
con la colonia.
Dominio del entorno
En el hombre moderno nace
una idolatría nueva, que sustituye a Dios por la noción de progreso.
Surge entonces la absolutización de la técnica, y una falsa
sensación de que el hombre puede dominar tanto su entono como así
mismo. Estos efectos aún hoy en día están en su punto más alto, y se
evidencia en el sufrimiento humano sus excesos (accidentes
nucleares, hambrunas, aborto…).
Fetichización de la Democracia
Esta creencia de dominio
sobre las cosas, los espacios y los seres se convierte en un erróneo
modelo llevado al plano político al fetichizar la democracia. No se
trata de una simple idealización de un método que pudiera ser en
mayor o menor medida acertado. Está claro que las grandes
estructuras estatales deben organizarse democráticamente en
cualquiera de sus formas, lo que no implica necesariamente una
partitocracia. El problema de las democracias occidentales de este
tipo es que desde su concepción se convierten en métodos de
legitimación de verdaderas entidades aristocráticas. La estructura
de los partidos políticos se encarga de facilitar el ascenso social
de aquellos que aceptan la norma interna y las condiciones de juego.
Quien denuncia esta situación injusta queda marginado y es sometido
públicamente al ostracismo social, a la mofa y al escarnio. Queda
inculpado del gran mal, de no ser demócrata a su uso, cuando en la
realidad seguramente esté dando una gran lección de democracia a
todos aquellos imbéciles embebidos de poder que le acusan sin
sentido.
Se convierte así la
democracia en una sensual etiqueta que seduce y fanatiza a todos
aquellos a los que agasaja y colma de placeres, que guardan
celosamente la llave de su estatus a través de leyes que tan sólo
buscan su blindaje.
La Dictadura de las minorías y la coacción como
defensa
El sistema liberal, al
dotar al hombre de prevalencia sobre la razón, permite la dictadura
de las minorías. Cualquier opinión está por encima de la razón, de
manera que el propio Estado garantiza su predicamento. Es más, en un
sentido autodestructivo, la dictadura de las minorías puede cuajar
(de hecho así ocurre en España), bajo la forma de entidades
políticas que buscan la destrucción del Estado (separatistas), pero
no permite en cambio aquellas que cuestionan al sistema (tercera
vía, anarquistas, nacionalsindicalistas…etc.), contra los que
lanzará todo el peso coercitivo del Estado.
La avidez del Estado
El Estado liberal es ávido
y egoísta. Y para botón un ejemplo. El país del libre mercado, del
capitalismo agresivo, del sueño americano… además fue en 2009 el
primero en ser intervenido por el Estado para proteger sus
intereses. La cuna del no intervencionismo, los que sostenían que el
mercado se regulaba a sí mismo, son ahora los adalides del
proteccionismo.
Un modelo transitorio
El Estado liberal es un
modelo transitorio vinculado irremediablmente al sistema económico
capitalista. La diferencia es que el sistema capitalista tiene un
gran poder de adaptación, y las democracias occidentales son una
expresión caduca cuya aparición responde normalmente a grandes
periodos catastróficos en los que se hayan inmersos otras potencias:
la Segunda Guerra Mundial, la guerra de Corea, las guerras africanas
tras la descolonización, la guerra de Vietnam, Irak, Afganistán… En
la Historia universal es un modo de organización estatal propio de
los siglos XIX y XX, dejando en el aire la incógnita de hasta cuando
padeceremos las personas un sistema en el cual no nos sentimos,
porque no lo somos, libres. |