MILENIO AZUL
Círculo Nuevo Criterio

 

T E M A S

LA PIJO-IZQUIERDA
José Antonio Cavanillas

                                                                                                                          
                                                                                                                          

Los progresistas asimilan la política económica neoliberal y participan en la ceremonia del consumismo.

Como dijo Kierkegaard a propósito de Sócrates y de Jesús, “la verdad será mortalmente apaleada”.

No se refería el filósofo danés a ninguna época determinada. La arrogancia del poder frente a la debilidad de la sabiduría se extiende a lo largo de todo tiempo y en todo lugar. Pero hay momentos históricos en que esta realidad se hace más patente.

El problema no es entonces que se digan mentiras. Es que se vive en la mentira. Y es por eso que la mentira adquiere carta de naturaleza. Se instala en la cultura dominante y mueve todos los posibles resortes para ridiculizar posturas a cuyo favor está la evidencia.

Ya se sabe que uno de los niveles extremos de la ebriedad es justo, la negación de la evidencia, precedida por los insultos tópicos y típicos a todo aquel que se atreve a discrepar.

Esa minoría social formada por los lectores de periódicos, que normalmente han cumplido cierta edad, no sale de su estupor cuando se entera de que la izquierda ramplona y patética como siempre, no admite que en la ridícula ley de des-memoria histórica se haga mención a la represión contra todo aquel y aquello que le pudiera resulta antipático al hijo de la grandísima buscona de turno; a los católicos en general y contra los sacerdotes, obispos y religiosas en particular.

Fueron miles los liquidados de la noche a la mañana, todo el mundo lo sabe.

¿Por qué negarlo?

Tampoco habría que extrañarse. La novela de Vasili Grossman, VIDA Y DESTINO, vuelve a traer al recuerdo los millones de víctimas de la revolución bolchevique y del comunismo soviético. No se refiere sólo al estalinismo, sino que parte de Lenin, y continúa con los sucesores de Stalin. El final del terror no llega —como pronto— hasta la caída del muro en 1989, aunque realmente se prolonga muchos años más en el bloque oriental y sigue vigente en China y otros países asiáticos, sin olvidar del todo a Cuba. Ahora habría que añadir al paraíso bolivariano de Venezuela inventado por el Capitán América hispano, Hugo Chávez y continuada por el oligofrénico que tras esnifar la coca que le proporciona su compadre, el de los jerséis (léase Evo Morales), dice comprender el trino de los pajaritos… Pajaritos que semejante personaje, tiene en su cabeza, debe ser.

Hoy cuando la izquierda-caviar está intelectualmente liquidada en todos los países avanzados, sigue brillando por su ausencia la autocrítica de comunistas y marxistas en general. Recuerdo vagamente que la universidad española de los años sesenta, setenta y ochenta estaba poblada de pijo-revolucionarios progresistas…, de izquierdas, por supuesto. Pero no he visto ni oído que uno sólo de ellos haya pronunciado desde entonces las dos palabras mágicas: “Me equivoqué”.

Nadie ha cantado la palinodia prescrita por su manual de instrucciones. Al revés, se insulta con un furor sospechosamente renovado a los que alertaron (y no fueron escuchados) contra las barbaridades inhumanas de los fascistas y totalitarios de variado linaje. Y ahora se lee en algunos manuales de Educación para la Ciudadanía que los comunistas han sido minorías perseguidas. Por supuesto, no se menciona frase alguna, a los crímenes horrendos que ellos han venido cometiendo desde el siglo XIX hasta ayer mismo.

El punto fascinante y fuerte de la izquierda había sido siempre su griterío en defensa supuestamente y según dicen ellos, de los humillados de este mundo, de los pobres y marginados.

Pero de eso ya no se oye hablar. Los pijo-progresistas han asimilado la política económica neoliberal y participan con entusiasmo en la ceremonia del consumismo. Desprecian a los que pretenden ayudar a emigrantes, enfermos incurables y miserables de la tierra, hasta el punto de injuriar a la Madre Teresa y a Juan Pablo II en exposiciones blasfemas subvencionadas con el dinero de todos. Critican a Benedicto XVI por cualquier detalle indiferente y pasan por alto sus duros alegatos —en Jesús de Nazaret— contra el capitalismo, la globalización, el hambre de millones de niños y el abandono de los desheredados de la fortuna. Sólo él se atrevió a decir que una economía basada sólo en el principio de los beneficios es inhumana. Por cierto y sobre esta cuestión, debería tomar buena nota la derechona rancia, caduca, sectaria, clasista, gangsteril de los delincuentes habituales. Esa derechona que utiliza con artimañas y engaños a los votantes católicos para alzarse con el poder y una vez alcanzado éste, “darles por el culo”. Pero esto tampoco es justificante para sus votantes. Lo pudo ser la primera vez. Pero ya, no. Ahora esos votantes que se dicen católicos, son cómplices. Pero esto es tema a tratar en otro momento.

Pero es quizá eso lo que no se perdona a la Iglesia Católica. Y no se lo perdona ni la izquierda ni la derechona liberal: que siga en la brecha, en defensa de los no nacidos, a favor de la auténtica familia y no de sus sucedáneos, en contra de la manipulación ideológica en la enseñanza de los jóvenes.

Los cristianos sabemos que aquello que el permisivismo moral permite es el dominio de los débiles por parte de los fuertes. Y decir esto, aquí y ahora, resulta peligroso.

Pero no hay que callar, aunque le tilden a uno de pesimista, de romántico, de añorante de otros tiempos. No obstante, se nos vendió la idea de que con el advenimiento de la democracia, nos depararía un escenario más equilibrado, solidario y sobre todo, intelectualmente abierto.

Nunca ha sido así y ahora desde luego, las actitudes oficiales discurren en sentido contrario. Menos mal que el temple de un país no lo hacen ni el talante de su burocracia política ni la avidez de su tecnoestructura económica. Lo hacemos los ciudadanos con discursos valientes y actuaciones libres. Aunque eso nos suponga ser objeto del recuerdo poco amistoso en sus oraciones laicas, de esos gilipollas biempensantes que por lo que a mí respecta, se pueden meter sus imprecaciones por el trasero.

Seguro que les gusta.

                                                                                                                          
                                                                                                                         

                                                                                                                         
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