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Los días de las elecciones
zoológicas los hemos pasado bastante bien en la taberna porque
estaba apagada la televisión. Es que unos tíos de la Sociedad
General de Autores vinieron a cobrarle al tabernero no se cuantos
euros por cuenta del aparato y les replicó que él es un catalán
honrado y que no pensaba pagar un duro. Que únicamente la encendía
cuando salían políticos, políticas, películas verdes y todas esas
guarrerías culturales de costumbre hoy día. Y ahí fue donde pillaron
al hombre, porque los recaudadores no eran del Gobierno sino de los
artistas modernos, y resulta que las películas verdes las hacen
ellos y quieren cobrar un impuesto especial que, por lo visto, hay
que pagarles porque lo manda el Gobierno. Me han dicho que le llaman
“el canon”.
Lo raro es que, si se
tercia, también lo cobran cuando un chaval copia una película del
oeste grabándola en un aparato que ha comprado con recargo especial
para esos tíos, para los artistas que hacen las películas porno de
por aquí, que las otras que hacen no las ve nadie y nadie las
piratea. Además, es de suponer que si los chavales copian alguna
película americana de Garicuper, de Charlon Geston o del que sea en
un diskete de esos, también cobrarán su parte los americanos, que
tienen derecho a su porción de impuesto como cada artista hijo de
vecino.
De todas maneras, yo creo
que eso de meterle a uno un impuesto “por si acaso” no está mal del
todo, y me parece muy logrado y muy puesto en doctrina social
democráta. Creo que ya que estamos en plan liberal-socialismo,
también debe ampliarse estableciendo otro impuesto para cualquier
tío que tenga cargo político por si acaso después salía corruto,
que es frecuente; y, ya metidos en harina, también se puede poner
un impuesto especial a los ciudadanos apuntados en el censo de
votantes a recuperar después de muerto, por si acaso un buen día
trafican con droga o, en un dos por tres, se les ocurre asaltar un
Banco para hacerse ricos y poder pagar el impuesto sobre la renta
sin angustias y sin caer en manos de usureros. A mí no me va porque
no tengo renta visible pero, como bien saben ustedes, el impuesto
de la renta es un tormento muy propio de estos gobiernos de la culturería
liberal que tanto nos distraen hablando pestes de la Inquisición
que, cuando la nombran, nunca aclaran si se refieren a la ideología
del Rey Chindasvinto o a la del Señor Carrillo pero es que por
culpa de las drogas que me pincho y del lenguaje sicalístico que se
gastan los periódicos, uno tiene las meninges tan espiraleadas que
no hay manera de poner cronológicamente a cada inquisidor donde se
debe.
Por si quieren ustedes
saberlo, la verdad es que para nada en la taberna hemos echado de
menos la Tele y todas esas guarrerías que dije antes. Para nada. Nos
las hemos arreglado a base de un cofrade bebedor que casi todos
llamamos el Zumbao porque no está bien del meollo aunque algunos,
para meterse con él, le llaman el Tumbao porque siempre se sienta
en el taburete y se recuesta de espaldas sobre los barriles con los
brazos abiertos, medio echado, que parece que está diciendo de este
barril no bebe nadie como si fuera la señora ministra del tabaco, la
que no quiere que fumen los pobres obreros porque el gobierno
liberal los necesita vivos para trabajar, aunque para eso que no
cuente conmigo. Y con el Zumbao tampoco, que me consta porque
siempre tiene pasta y bebe de lo mejor como si fuera un diputado a
dietas.
Ustedes deben comprender
que los cofrades de mi taberna son personas que hablan poco y sus
razones tendrán porque en la vida de cada uno hay mucho que callar,
y no lo digo por un servidor aunque debiera para no dar malos
ejemplos, pero ya saben ustedes que en este mundo democrático la
gente anda muy espabilada y, en cuanto te descuidas, te copian el
modus vivendi para holgazanear y vivir del cuento, que qué remedio
les queda a los dos millones y pico de parados si quieren ir
tirando con algún desayuno que otro, que por ahí anda la cosa de
escatimada, que me ha dicho un amiguete que ya no es un parado
porque le han sacado de las listas cuando firmó un papel para
trabajar dos horas por la mañana, cada lunes y durante un mes, en
faenas de limpieza. Yo le he dicho que la culpa es suya y que le
está bien empleado por ser tan activo; que se fijara en mí y en
otros gandules de la taberna, que se ríen mas que el Sr. Presidente
cuando se asoma en la tele.
Lo digo porque no hace
mucho me llamaron para que fuera a trabajar en una fábrica de
chorizos y, cuando llegué, me dijeron que me hiciera cargo de una
máquina la mar de moderna, tanto que para sí la quisiera el
ministerio del fomento. El trabajo que daba era de poco pensar,
desde luego, como si fuera para un alumno de la Logse. Con una mano
en una palanca y mirando un reloj, tenía que abrir y cerrar cada
cinco segundos la válvula del suministro de la pitanza choricera que
llegaba a través de un tubo; con la otra mano en otra palanca, al
segundo siguiente tenía que cerrar la espita de los chorizos
enfundados para que quedaran natural, ya saben ustedes. Casi al
momento sonaba un pito y, entonces, sin dejar de hacer lo otro,
tenía que pisar un pedal con el pie derecho para que los chorizos
marcharan de tres en tres a una cosa que daba vueltas sin parar y
se los llevaba no sé adonde. Me acordé de una historia y, como sólo
me quedaba un pié para no caerme, le dije al tipo que me enseñaba
aquel meneo que por qué no me ponía una escoba en el culo y de paso
le barría la habitación; que para chorizos ya hemos visto bastantes
en la democracia. Y me fui. Resulta además que no sólo trabajaría
los días laborables y que me descontarían los chorizos que salieran
mal. Pues que se metan la máquina donde les quepa
El Zumbao, que está
siempre con la oreja puesta, escuchó lo que hablábamos y nos
preguntó riéndose por qué no íbamos a reclamar al sindicato, que él
se había hecho rico reclamando. Fue entonces cuando por fin me
enteré de su vida y milagros, que creíamos que era comunista, pero
ni casi. De derechas tampoco es el tío, en absoluto, y miren
ustedes por donde averiguamos una cosa que parece tan rara y cómo y
por qué se hizo rico el Zumbao. No se lo van ustedes a creer.
Resulta que allá, por
los tiempos de Don Francisco, estuvo trabajando varios años en una
empresa importante con un sueldo muy decentito aunque tampoco como
para hacerse un potentado. Decentito y punto. Unos meses antes de la
primera “guillotina” que el recién nombrado presidente Sr. Suarez
aplicó al Estatuto de los Trabajadores, la empresa decidió cargarse
al Zumbao con el encubierto propósito de colocar en su puesto una
amiguita del empresario y, tal cual es costumbre ahora, le
echaron a la calle al estilo liberal sin más causa que una carta
llena de mentiras.
Pero el Zumbao era un tío
de suerte. Resulta que en aquel entonces existía “aun incólume” el
odioso Sindicato Vertical, tan denigrado hoy, y los empresarios
carecían de la libertad que han conseguido al llegar la Democracia
Liberal. Entonces no la tenían. Todavía estaba íntegro el Estatuto
de los Trabajadores de Don Francisco, aun a salvo de los sucesivos
mordiscos que le han dado y le dan los sindicatos de clase y los
gobiernos liberales que, desde entonces, han ido rebajando golpe a
golpe los estupendos derechos que tenían los trabajadores.
Ya casi nada queda por
roer de aquel pobre Estatuto, que ni siquiera es el esqueleto de lo
que fue.... Ahora es una raspa de sardina maloliente –decía riéndose
el Zumbao-; es el cachondeo de los empresarios y del Gobierno que
hasta se lo ha regateado a sus mismos funcionarios, que ya tienen
que resolver los atropellos y sus problemas laborales en los
tribunales contenciosos.
Decía el Zumbao muerto de
risa que los que ahora llaman “Juzgados de lo Social” entonces se
llamaban “Magistraturas de Trabajo” porque hasta en el nombre les
han rebajado de categoría. Y no es eso lo más triste. Desafiaba mi
amigo a cualquier mentecato que alabase lo de ahora ignorando lo de
entonces y nos contaba su caso, uno de tantos: “Por meses” –decía-
se salvó él porque por meses no entró su “despido” en la “reforma
rebajadora” del Sr. Suarez, que fue la primera del también primer
gobierno liberal que castigó a los obreros. Después vinieron muchas
otras “rebajas” en procesión, una detrás de otra hasta la mierda de
Estatuto limosnero que hay ahora, si es que los trabajadores pueden
arañar algo sufriendo esos contratos temporales o los que
irónicamente el Gobierno llama “definitivos”, que hacen reír a
cualquiera menos al pobre “definitivo” que trabaja doce o trece
horas diarias temblando dejar de serlo a cambio de cuatro perras mal
contadas porque no tiene antigüedad.
Ese fue el desafío que a
carcajadas lanzaba el Zumbao al auditorio de la taberna y -como
estaba algo bebido- nos dijo a todos que, entonces, cuando el
Estatuto de los Trabajadores era eso: Un Estatuto como Dios manda y
cuando el Sindicato Vertical era un sindicato como debe ser, si el
despido era improcedente era el obrero el que elegía entre
cobrar la indemnización o recuperar el puesto de trabajo. Si decidía
quedarse en el puesto y el empresario se negaba a admitirlo, el
Magistrado de Trabajo multiplicaba la indemnización a su criterio,
sin límite ni regla. Que eso le pasó a él y, gracias al Estatuto de
Don Francisco, se embolsó nueve millones y pico de pesetas (de 1977)
limpias de polvo y paja, sin contar mas de año y medio de salario
“bruto” que pasó de bobilis-bobilis sin trabajar porque la empresa
se negó a cumplir la sentencia y devolverle a su puesto de trabajo.
Además –dijo el Zumbao- no
acabó ahí la “tiranía” del sindicalismo falangista. La Inspección de
Trabajo, que entonces era “otra cosa”, metió las narices en el
asunto y comprobó que mi puesto lo habían cubierto con una empleada
sin cualificar. Le metieron al tío una multa que te cagas y le
obligaron a contratar uno que lo fuese, porque todavía estaba
vigente una ley de Franco muy antigua que obligaba a mantener fijas
la plantillas de las empresas.
Pero todo eso -dijo el
Zumbao- se lo ha llevado el viento de la libertad,
Del empresario, claro. |