MILENIO AZUL
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¿ESTÁN VIVAS LAS FUENTES GENUINAS DE ESPAÑA?
Deolavide

                                                                                                                                
                                                                                                                               

“Tenemos una fe resuelta en que están vivas todas las fuentes genuinas de España”.

Estas palabras, pronunciadas hace más de setenta años por José Antonio Primo de Rivera (puede verse y oírse el documento en: <a href="http://www.youtube.com/watch?v=f4CSz8DVg_Y&amp;NR=1">http://www.youtube.com/watch?v=f4CSz8DVg_Y&amp;NR=1</a>  ), ¿están vigentes?.

¿Podemos hoy afirmar con la misma convicción que están vivas todas las fuentes genuinas de España?.

La respuesta a esta pregunta requiere un estudio y una exposición que excede en mucho la extensión de un breve comentario y, posiblemente, la capacidad de quien lo escribe.

No obstante, no me resisto a esbozar la respuesta.

Para hacerlo habremos de responder previamente a otra: ¿Qué y cuales son “las fuentes genuinas” de España?

No resulta fácil saber con certeza que idea rondaba la cabeza de José Antonio en el momento de pronunciar aquella frase, pero sí podemos deducirlo del contexto de su obra y su palabra.

“Fuentes genuinas” son dos palabras que, sin duda, no fueron elegidas al azar.

Fuente, hace referencia al concepto de principio, de fundamento u origen.

Genuino (genuina), hace referencia a lo que es propio o característico de aquello a lo que se refiere. Hace referencia a lo que es singular de algo y, por tanto, lo diferencia del resto, de los “otros”.

Las “fuentes genuinas” de España serían así los elementos originarios, fundacionales, primigenios y a la vez singulares, propios y característicos de la realidad histórica conocida con el nombre de España.

Sabemos que para José Antonio los elementos constitutivos de Nación no eran ni el territorio, ni la lengua, ni la raza. Para José Antonio, un pueblo no es nación por ninguna suerte de justificaciones físicas, sino por ser “otro” en lo universal. Es decir (para quién no lo entienda) por realizar colectivamente una tarea singular, propia, distinta a la de las otras naciones y pueblos.

No todos los pueblos son naciones. Sólo alcanzan la categoría de nación aquellos pueblos que logran llevar a cabo en la historia una tarea singular, genuina.

Para José Antonio es superfluo poner en claro si se dan los requisitos de territorio, lengua, raza, costumbres comunes o cualquier otro elemento físico o cultural. Lo significativo, lo verdaderamente relevante para afirmar la existencia de una nación es esclarecer si existe, en lo universal, una unidad de destino; una tarea colectiva genuina. Es el concepto de Nación como misión que se manifiesta no sólo hacia dentro sino, fundamentalmente, hacia fuera, es decir, respecto a las “otras” naciones.

José Antonio, no me cabe duda, cuando hablaba de las “fuentes genuinas de España” no pensaba sólo en pretérito sino en presente y, sobre todo, en futuro.

Porque las fuentes genuinas de España no son otras que las constitutivas de la tarea colectiva propia, singular, que los españoles realicemos (si lo hacemos) en cada momento histórico.

La nación se construye no sobre meros sentimientos afectivos más o menos arbitrarios, coyunturales o folclóricos sino sobre inconmovibles pilares de orden intelectual.

No por ello, tal como nos advertía el propio José Antonio, “se quedará el patriotismo en árido producto intelectual”. El esfuerzo personal y colectivo que reclama la tarea realizada desde lo intelectual frente a la comodidad de dejarse llevar de lo espontáneo, el ayuntamiento de voluntades y sacrificios necesarios para llevar a cabo día a día la tarea colectivamente asumida, generan una sinergia espiritual infinitamente más honda, auténtica y perenne que la generada por el mero sentimentalismo físico y local propio de los nacionalismo románticos.

Sin duda España ha realizado en la historia unas tareas genuinas, propias, diferentes a las llevadas a cabo por el resto de las naciones del mundo.

Ciertamente son los Reyes Católicos los hacedores de la unidad política de España y del primer Estado moderno de la historia universal. No en vano adoptan como símbolo de ambos, junto al yugo y las flechas, la planta del hinojo, que en Aragón se escribía finojo, con F de Fernando, y en Castilla Ynojo, con Y de Ysabel; y no en vano como lema adoptaron el famoso Tanto Monta.

Pero España (no es este lugar para extenderse en detalles) nace como nación cuando consciente y racionalmente su pueblo asume como tarea colectiva y singular la Reconquista.

Una tarea que, quizás, surge de modo espontáneo como simple acto instintivo de supervivencia pero que con el tiempo se racionaliza, se intelectualiza y, lo que es determinante, se incorpora por el pueblo como una tarea propia.

Una tarea que no es sólo la de expulsar al musulmán invasor sino de reconstrucción, de recuperación de la unidad y de la identidad pérdidas tras la batalla de Wadilakka o del Guadalete.

Una tarea que originariamente tiene como objetivo recuperar la España gótica pero que en su devenir, en su realización diaria y secular, tiene como resultado una España nueva, distinta a aquella.

Una tarea que no es sólo de reconquista territorial sino de construcción de un orden político, jurídico y social que se funda en una panoplia de valores que se afirman irrevocables e identitarios de la entidad histórica que se construye día a día, año a año, siglo a siglo. Una tarea, una misión de unidad afirmada en la fe de los valores de la Cristiandad.

Una España que ya no se agotará con la toma de Granada sino que, incluso antes de este acontecimiento, se proyecta continuar más allá (Plus Ultra) de los límites peninsulares (Cerdeña, Sicilia, Nápoles…) y, singularmente, al otro lado del estrecho de Gibraltar y que por mor del descubrimiento del Nuevo Mundo se trasladará al Continente americano.

No se trata, por más que se diga, de una mera misión de conquista para el enriquecimiento fácil por el expolio de los nativos. Se trataba de extender al otro lado del Atlántico (no sin dilucidar previamente la legitimidad moral del propósito) el proyecto de vida en común que era España.

A la España medieval que tiene como fuente genuina la aspiración a la unidad afirmada en la catolicidad y que se concretan en la tarea histórica de la Reconquista, le sigue sin solución de continuidad la España de los Reyes Católicos que a los fundamentos de unidad y catolicidad le incorporan la universalidad. Unidad, universalidad y trascendencia son los valores genuinos de la España que se concretan en la tarea histórica que es el Imperio.

Porque, cabalmente, España era ya exactamente eso. Un Imperio. Un proyecto colectivo de vida en común con vocación universal asentado en la afirmación de los valores propios de la Cristiandad católica.

Unos valores que se defenderán a toda costa, incluso a costa de los intereses egoístas locales.

Una defensa que llevará a España a mantener durante dos siglos una guerra sin cuartel frente al nuevo proyecto histórico que surge de la reforma protestante. Una guerra que no sólo se da a lo largo y ancho de todos los campos de batalla de Europa, sino que es también una guerra ideológica, intelectual, cultural y moral.

Una guerra que finalmente España pierde en los campos de batalla (que arrastrará, como veremos, la derrota en los campos de la cultura y de las ideas) y que se sella en los tratados (son varios) de Utrecht. Tratados en los que en sentido estricto España no es parte.

Unos tratados en los que todos ganan, franceses y austriacos, ingleses y holandeses. Todos, menos España. España que no está representada por sí misma y que paga inevitablemente las ganancias de unos y otros.

Las principales consecuencias de aquellos tratados no fueron ni las humillación de ceder a Inglaterra Menorca y Gibraltar (este último aún hoy bajo el dominio ominoso de los británicos), ni la liquidación de las posesiones españolas en Italia, ni la liquidación del Imperio de los Habsburgo borgoñeses que España había sostenido en el marco de su vocación imperial.

La principal y trágica consecuencia de aquellos tratados fue, sin duda, la pérdida de la identidad española. O mejor dicho, la renuncia de la clase dirigente al proyecto colectivo que hasta aquel momento había sido España.

La España que surge de aquella guerra de sucesión no es, no puede serlo, profundamente diferente a la precedente. No lo era, efectivamente, en cuanto a los valores encarnados profundamente en el pueblo.

Sin embargo, si cambia radicalmente la orientación política de la Monarquía, arrastrando inevitable y previsiblemente la de las clases dirigentes que, por convicción o por interés, se pliegan a aquella.

El argumento de los tres últimos siglos de España no es otro que el arduo y sostenido empeño de las clases dirigentes, bajo la dirección de la dinastía borbónica, de extirpar del pueblo español los valores genuinos de España y sustituirlos por los propios de la Europa transpirenaica: Racionalismo, relativismo, empirismo, nacionalismo. En definitiva, liquidar definitivamente los valores de trascendencia y universalidad.

Tras estos tres siglos de porfiado empeño, ¿siguen vivas las fuentes genuinas de España?.

 
 

No se trata, obviamente, de establecer si tales “fuentes genuinas” perviven o subsisten como valores compartidos o queridos por una parte mayor o menor del pueblo o de la clase dirigente.

Diría, incluso, que no importa tanto si la acción política o de gobierno responde o no a los valores propios de España. Al fin de cuentas el gobierno de España en los tres últimos siglos ha servido, fundamentalmente, a su destrucción sin que por ello lo lograra. ¿Hasta hoy?.

Se trata de determinar si aquellas “fuentes genuinas” son hoy eficaces. Es decir, si informan o no el modo de ser, el modo de vivir y pensar del conjunto del pueblo.

Se trata de establecer si los valores propios de España (los que hacen que España sea España y no otra cosa) informan la norma de comportamiento social y personal. Si el comportamiento personal y colectivo de los españoles toma referencia justificante de aquellos valores y no de otros.

Dicho de otro modo, si tales valores son los socialmente “correctos” o no.

Creo que no es necesario hacer estudio sociológico alguno para concluir que los valores que hicieron España no informan hoy el modo de ser personal y colectivo de los españoles.

Que exista (como existe) un mayor o menor número de españoles que se identifiquen con ellos no determina su eficacia, su pervivencia.

La realidad (que todos conocemos) es que el modo de ser personal y social de los españoles de hoy responde a valores bien distintos.

Ni la trascendencia ni la universalidad ni la unidad tienen acomodo en un modo de ser y pensar materialista, relativista, agnóstico cuando no ateo, nacionalista (de un nacionalismo localista y alicorto que podemos calificar de puro aldeanismo palurdo), egoísta y sectario; incompatible con tarea colectiva alguna.

Hay que concluir, por tanto, que hoy no están vivas las fuentes genuinas de España.

En consecuencia, es necesario afirmar (con la amargura que se quiera) que España se ha perdido. Que España, hoy, no es Nación porque no es “otra” en lo Universal.

No faltará (no falta) quien lo niegue.

No falta quien afirma que España existe. Que existe sobre otros valores, distintos a aquellos. Aquellos valores traídos allende los Pirineos. Los valores propios de la Europa del racionalismo, del relativismo, del materialismo; que hunden sus raíces en la Reforma protestante, en la “modernidad”.

Y ciertamente es así.

Y porque es así, España se ha perdido.

La realidad política, física y social que se nombra aún como España, no es ya en lo universal una tarea colectiva genuina. Es la simple continuación a este lado de los Pirineos del proyecto histórico de la Europa de la Reforma, la traslación a la península Ibérica de los valores propios de la “modernidad”.

Resulta hoy legítimo afirmar, con mayor razón que hace tres siglos, que no existen Pirineos. Y son muchos los que se congratulan de ello.

Sin embargo, no faltan quienes creen (yo entre ellos) en la necesidad de “recuperar” España.

No por una cuestión sentimental, afectiva o nostálgica. No.

Hemos de “recuperar” España porque España es necesaria.

Necesaria porque sólo participando en una tarea genuina seremos nosotros mismos.

Necesaria porque sólo participando de una tarea trascendente seremos libres y dignificados.

Necesaria porque sólo España puede hacer en lo Universal la tarea que le es propia. Al igual que lo somos cada ser humano en lo personal, España es irrevocable y única en lo Universal.

La “recuperación” de España ha de comenzar necesariamente de la constatación de su pérdida.

No basta hoy convocar, al modo del alcalde de Móstoles en 1808, a la defensa de una Patria en peligro. Es necesario, como lo hiciera D. Pelayo en Covadonga, proclamar la pérdida de la Patria como requisito previo para convocar a la tarea de su “recuperación”.

Esta tarea ha de iniciarse con la justificación de la necesidad de España hoy. Una tarea intelectual (como dijera José Antonio) que alcanzará su éxito cuando sea incorporada efectivamente por el pueblo español como modo propio y efectivo de pensar y vivir. Como modo propio de actuar en lo personal y en lo colectivo. 

Así será si nos lo proponemos y es voluntad de Dios.

                                                                                                                                
                                                                                                                                

                                                                                                                                
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