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medida que fue avanzando el siglo XIX, y con él todos los procesos
socio-económicos propios de la economía capitalista, la tensión
social se incrementó. La revolución industrial y el maquinismo
operaron profundos cambios en todos los órdenes, entre los cuales
los demográficos fueron decisivos. El trasvase constante de
población rural a las áreas urbanas en busca de mejores condiciones
de vida, frecuentemente ilusorias, produjo como consecuencia la
conformación de una masa de asalariados de escasa o nula
cualificación profesional que constituiría la mano de obra de las
grandes industrias y complejos manufactureros.
Sometidos a unas condiciones de vida a menudo infrahumanas, e
ignorados por un sistema político que cumplía a la perfección la
finalidad para la que había sido creado, preservar los intereses de
una minoría, su creciente descontento pronto encontró teóricos
(procedentes en su mayor parte de la clase media) que trataron de
sistematizar una supuesta alternativa doctrinal al entramado
democrático-capitalista imperante.
No obstante, una mirada medianamente objetiva pone de manifiesto que
los presupuestos en los que se basaron muchos de esos valedores del
proletariado en casi nada o en nada diferían de los que sirvieron de
apoyo a la intelectualidad burguesa para liquidar el antiguo
Régimen. Sobre este particular será oportuno adelantar aquí un
concepto que a buen seguro habrá de suscitarse en varias ocasiones a
lo largo de estas páginas. Se trata de la falacia, ampliamente
alimentada por uno y otro bando que da por sentada la existencia de
un antagonismo ideológico de fondo entre el capitalismo y el
marxismo, cosa que es absolutamente falsa, pues, en lo esencial,
ambas corrientes comparten una misma concepción materialista de la
vida. En modo alguno es casual la estrecha trabazón doctrinal que se
observa entre los teóricos del positivismo y los filósofos de la
izquierda hegeliana.
El positivismo, teoría elaborada por A. Comte y que influyó
poderosamente en Stuart Mill y en los evolucionistas, afirma que la
vida no está sometida a finalidad teológica alguna. La religión y la
metafísica son para esta doctrina anacronismos propios de estadios
atrasados de la evolución humana, y sólo a través de la ciencia, que
permitirá conocer y concretar en leyes los fenómenos naturales y
sociales, le será posible a la humanidad avanzar hacia un mundo
feliz de bienestar y progreso. En esta misma línea, Lararck y,
especialmente, Charles Darwin sostienen que no es la providencia
divina, sino la lucha por la vida, lo que determina el curso de la
existencia. Dicha pugna produce como resultado la selección natural
de las especies y la supervivencia de los ejemplares más aptos. Dado
que el cientficismo biológico no hacía distinciones entre los
animales y el hombre, al que consideraba una especie zoológica más,
las teorías evolucionistas pronto encontraron aplicación en el campo
socio-político. El biólogo alemán E. Haeckel se apoyó en ellas para
legitimar la supremacía de los individuos, castas y pueblos más
fuertes sobre los más débiles. Así pues, los frutos del positivismo
no se hicieron esperar, y el darwinismo social de Haeckel auguraba
un futuro prometedor.
Celosos de las licencias ateístas de los avanzados intelectuales
burgueses, y pertenecientes como ellos a esa misma mentalidad y
clase social, los pensadores de la izquierda hegeliana no quisieron
ser menos y aportaron su generoso esfuerzo a la causa
científico-materialista. Así, D. F. Strauss consideró los evangelios
como mitos, R. Bauer puso en duda la existencia histórica de
Jesucristo, y Feuerbach afirmó que la religión no era más que una
ilusión del hombre. El materialismo científico alcanzó su forma más
extrema con A. Buchner, cuya teoría mantenía que todos los fenómenos
pueden ser reducidos a fuerza y materia.
En este contexto surgió y se desarrolló el materialismo histórico de
C. Marx y F. Engels, punto de arranque de una ideología política de
notorias repercusiones en la historia reciente. El marxismo
estableció que los individuos y las sociedades humanas se mueven por
motivaciones fundamentalmente económicas, lo que conduce
indefectiblemente a la lucha de clases; esa lucha actúa como motor
de la Historia, al final de la cual, y como consecuencia de dicha
dinámica, se llegará a un mundo ideal sin clases sociales.
Pese a su bagaje pseudoreligioso a modo de coartada, la burguesía
impuso desde el primer momento una práctica en la que lo material
era lo único que contaba. Nada nuevo supuso el marxismo a este
respecto, pues, al igual que el capitalismo, no estimó otros
horizontes en la existencia humana que los puramente económicos.
Siendo la riqueza y la prosperidad material los objetivos que ambas
corrientes consideraban prioritarios, si no exclusivos, sus únicas
discrepancias se establecerían en lo tocante a su teórica
distribución social.
Precedido o contemporáneo de una larga serie de movimientos y
teóricos de izquierda, tales como Babeuf, Saint Simon, Blanqui, R.
Owen, Fourier, Proudhom, Bakunin etc., el marxismo surgió de la
corriente conocida como socialismo científico, absolutamente
desprovisto de las connotaciones idealistas de algunas de las
tendencias anteriormente citadas y dotado del frío análisis
materialista tan acorde con la personalidad de su creador. No
resulta, por ello, extraño el recelo con el que fue acogido por los
activistas proletarios de su época, que sentían una desconfianza
instintiva (y fundada) hacia los teóricos y políticos burgueses, por
más de izquierdas que se declarasen. Se añadían a ese hecho las
notables diferencias de criterio existentes sobre puntos
importantes. Así, mientras que muchos socialistas coetáneos de Marx
deploraban la industrialización exacerbada, a la que atribuían la
causa de buena parte de los males de las sociedades modernas, éste
la aceptaba sin reservas. Igualmente, mientras aquéllos creían en la
capacidad del ser humano para autogobernarse, Marx era partidario de
un rígido poder centralizado que, según su teoría, tendría que
preceder a la consecución de los logros proletarios. Finalmente, la
colectivización estatalista de los medios de producción que
propugnaba el marxismo fue rechazada por no pocos, y especialmente
por los proudhonianos, convencidos de que conduciría a un
capitalismo de Estado. El tiempo demostraría que todas esas
objeciones eran fundadas.
No obstante, pese a las discrepancias, antagonismos e incluso
rupturas, las tesis marxistas acabaron por imponerse en las
organizaciones obreras. Una de las causas fue el papel dominante que
Marx desempeñó ya desde la 1ª Internacional en el órgano esencial de
ésta, el Consejo General, establecido en su lugar de residencia,
Londres, y la razón definitiva sería la adopción casi estricta de
dichas tesis por la poderosa e influyente socialdemocracia alemana
en 1891. A partir de aquel momento el prestigio del marxismo fue
indudable, y la práctica totalidad de los partidos socialistas
europeos siguieron los mismos pasos.
Si bien las bases doctrinales quedaron notablemente perfiladas una
vez consumada su aceptación mayoritaria, no ocurrió lo mismo en lo
concerniente a la táctica que habría de seguirse, revolucionaria o
parlamentaria, para el acceso de los partidos obreros al poder
político. Se adoptó a este respecto una postura posibilista, que
permitiría actuar según aconsejaran las circunstancias de cada país
y cada momento. Pero lo cierto es que, desde un principio, la
inmensa mayoría de los partidos de inspiración marxista se
orientaron claramente hacia un tipo de acción electoral y
parlamentaria. Fuertemente penetrados por elementos pequeño
burgueses, que por lo general copaban los órganos directivos, las
únicas circunstancias que regularmente tuvieron en cuesta sus
dirigentes a la hora de determinar el camino a seguir fueron de
índole personal. Una vez integrados en el engranaje del sistema y en
la oligarquía política de cada país, no querían ni oír hablar de
rupturas radicales o vías revolucionarias.
Como indicativo de lo dicho, bien podría valer el ejemplo de las
posiciones adoptadas en relación con un tema por aquel entonces
crucial: la huelga general de la industria del armamento y de los
transportes en caso de guerra entre potencias imperialistas.
Considerada imprescindible por los sectores radicales del movimiento
obrero, era vista con recelo y desconfianza por Marx. Por tal razón
resultó descartada en la IIª Internacional a petición de los
partidos socialdemócratas alemán y austriaco, que temían que la
aprobación de tal medida desencadenara represalias de los gobiernos
de sus respectivos países contra sus organizaciones política, lo
cual les preocupaba más que las consecuencias de un conflicto
bélico. Este hecho habla por sí solo, máxime si se considera que la
peor parte de las guerras siempre ha recaído sobre los más humildes.
Por lo demás, nada tuvo de extraña aquella actitud, pues el mismo
Engels insistió repetidamente en sus últimos escritos en que las
instituciones de la democracia burguesa, lejos de ser una farsa,
como los más críticos afirmaban, habían permitido a la clase obrera
y a los movimientos socialistas unas mejoras indudables. Lo que pone
de manifiesto que el objetivo no era revocar un sistema de valores
determinado, sino integrarse en el mismo, a fin de participar y
beneficiarse de sus frutos.
En definitiva, tanto en su versión totalitaria, como en la
reformista-parlamentaria, el marxismo no supuso ruptura alguna con
la mentalidad positivista y economicista implantada por las
revueltas burguesas, mentalidad de la que, por el contrario,
participaba plenamente. Los ingredientes sentimentales que
permitieron a sus propagandistas dirigirse a los desheredados y
atraer su atención, sus consignas justicieras e igualitaria, y sus
llamadas a la fraternidad obrera eran algo ajeno al glacial
dogmatismo de los doctrinarios de laboratorio que dirigían el timón,
como los hechos se encargarían de demostrar después. Todo ello no
quiere decir que entre los activistas de izquierdas no hubiera
también personas animadas de las más nobles intenciones, individuos,
en suma, cuyo altruismo era la mejor prueba de la falsedad de una
ideología que creía únicamente en lo económico como factor
determinante de la conducta humana. Error manifiesto, ya que ni
siquiera para las masas proletarias las razones materiales fueron el
motivo primordial de su movilización. |