MILENIO AZUL
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DUEÑOS  DE  LA  REALIDAD
Watchman

                                                                                                                          
                                                                                                                          

Quizá debería comenzar esta breve reflexión hablando de tontos útiles, compañeros de viaje, inútiles bien-pensantes, y poner la casa de vuelta y media. Quizá sería oportuno empezar a poner en la picota a quienes se lo han ganado a lo largo del año recién finalizado. Cabe suponer que resultaría liberador empezar el año diciendo lo que me pide el cuerpo. Pero si bien todo ello resultaría muy satisfactorio –al menos para mí- e indudablemente relajante, probablemente no sea lo más útil y conveniente; y si bien algunos personajillos no me inspiran el más mínimo respeto –y mira que lo intento…- , en cambio los lectores de este foro, sí. Y es por pura consideración a esos lectores el hecho de renunciar a no dejar títere con cabeza: porque yo creo que quienes nos siguen, merecen otra cosa.

Todos sabemos aquello  de que la fuerza de los malos se basa en la inacción de los buenos, etc. Yo añadiría también que es preferible un malvado a un estúpido, pues mientras aquel funciona a ratos, éste no descansa jamás: entre otras cosas, porque mientras es perfectamente posible modificar un mal comportamiento, dejar de ser tonto no lo es tanto.

Los graves problemas que nos amenazan en la actualidad, no han venido por generación espontánea, ni son fruto de la confusión de nadie, sino que asistimos a un empeño premeditado en dinamitar toda la escala de valores que hasta este momento, ha servido de referencia moral a la Humanidad.

Y ante esto, ¿cuál es la respuesta social, en qué términos se produce la contestación a esa agresión? Yo no sé si ustedes estarán o no de acuerdo conmigo, pero me irrita más escuchar la respuesta, que el propio discurso de los agresores. Cuestiones como la confusión deliberada entre laicidad y laicismo, el aborto, la elevación de la relación homosexual al rango de matrimonio, la eutanasia, la pretensión del aparato del Estado de suplantar a los padres en la educación moral de los hijos, la revisión de nuestro pasado reciente en clave estalinista… constituyen hechos de enorme gravedad y profundo calado, que nuestros bien-pensantes han encarado… despotricando contra Rodríguez Zapatero. Los pobrecillos deben creer que todo es idea y obra del inquilino de La Moncloa, y que si éste desapareciese de sopetón, todos los problemas antedichos, quedaría resueltos por arte de birlibirloque. Otros nos dicen que todo se arreglaría si desapareciese el Cardenal Rouco, el ex –presidente Aznar o determinado comunicador radiofónico conocido por su baja estatura física y moral… pero en el fondo, saben que eso no es así. Sin embargo, en el otro lado, parecen creer que echando a Zapatero de la presidencia del Gobierno, todo se solucionaría en un plisplás.

Cuesta trabajo creer que la contestación social a los desmanes del poder se fundamente en tantísima tontería y superficialidad: es la vieja tentación española de vivir ensimismados y mirándonos el ombligo. Hay cosas que se curan viajando, y otras en cambio, ni así. Ya lo dijo el temperamental Unamuno: Que inventen ellos. Y así nos va.

Pensar que una operación de enorme calado político y moral, como es la sustitución de una escala de valores a nivel mundial, se debe única y exclusivamente a Zapatero, Bibiana Aido o Pepiño Blanco, equivale a elevar a estos personajillos a un nivel del que están muy lejos de ser merecedores, a la vez que se frivoliza una cuestión sumamente grave.

En el fondo, se trata de un acto reflejo:  si la realidad es demasiado grave, puede que las cosas no tengan arreglo; por lo tanto, reduzcamos el problema a un nivel que nos resulte manejable. Pero por ese camino, lo único que se consigue es caer en la superficialidad, con el consiguiente error de diagnóstico y de pronóstico.

Buena parte de culpa en todo ello, tienen determinados medios de comunicación, de los que habría que esperar algo más presentable, bastante más que de una oposición enredada en la política menuda y cuyo único objetivo es llegar al poder y mantenerlo el mayor tiempo posible: a esa oposición les distingue de sus teóricos adversarios el que éstos sí saben muy bien a lo que juegan, y aparte de la variedad de corruptelas en que puedan incurrir, tienen muy claro qué modelo de sociedad quieren construir. Y la única respuesta que la presunta oposición es capaz de –por decir algo- argüir, es una interminable batería de ataques personales contra éste o aquél, sin entrar en el fondo de la cuestión. Por qué no entran en ese fondo, lo tengo muy claro: porque creen en lo mismo que sus teóricos adversarios, comparten antivalores, apetencias, y –por supuesto- el mismo electorado, como pudimos comprobar de manera clamorosa con ocasión de los sucesos del 11-M.

De una cosa sí que no me cabe duda alguna: ese deseo compulsivo de amoldarse a la realidad que supone el fundamento del llamado voto útil –y que no es otra cosa que el más inútil y dañino de los votos- constituye un auténtico despropósito, consistente en reconocer al adversario el poder de crear la realidad a su antojo, imponiendo las reglas de un juego trucado en el que no se puede ganar jamás: y el que tenga dudas, que presencie un debate entre Zapatero y Rajoy.

Lo que no hagamos nosotros, quedará sin hacer, y si no nos proponemos resueltamente hacer Historia, otros la harán por nosotros, y después nos la impondrán. No podemos permitirnos el lujo de jugar con las reglas del enemigo, porque entonces estaríamos incurriendo en un suicidio histórico, convirtiendo al oponente, en el dueño de la realidad.

                                                                                                                         
                                                                                                                         

                                                                                                                          
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