MILENIO AZUL
                                                                                      Publicación falangista independiente

 

  ¿QUIÉNES SOMOS? EDICIONES  eMa

LIBROS

ENLACES DOCUMENTOS  

T E M A S

LAS SUPUESTAS ALTERNATIVAS.
MARXISMO REVOLUCIONARIO Y SOCIALDEMOCRACIA

Martín Lozano

                                                                                                                          
                                                                                                                          

A medida que fue avanzando el siglo XIX, y con él todos los procesos socio-económicos propios de la economía capitalista, la tensión social se incrementó. La revolución industrial y el maquinismo operaron profundos cambios en todos los órdenes, entre los cuales los demográficos fueron decisivos. El trasvase constante de población rural a las áreas urbanas en busca de mejores condiciones de vida, frecuentemente ilusorias, produjo como consecuencia la conformación de una masa de asalariados de escasa o nula cualificación profesional que constituiría la mano de obra de las grandes industrias y complejos manufactureros.

Sometidos a unas condiciones de vida a menudo infrahumanas, e ignorados por un sistema político que cumplía a la perfección la finalidad para la que había sido creado, preservar los intereses de una minoría, su creciente descontento pronto encontró teóricos (procedentes en su mayor parte de la clase media) que trataron de sistematizar una supuesta alternativa doctrinal al entramado democrático-capitalista imperante.

No obstante, una mirada medianamente objetiva pone de manifiesto que los presupuestos en los que se basaron muchos de esos valedores del proletariado en casi nada o en nada diferían de los que sirvieron de apoyo a la intelectualidad burguesa para liquidar el antiguo Régimen. Sobre este particular será oportuno adelantar aquí un concepto que a buen seguro habrá de suscitarse en varias ocasiones a lo largo de estas páginas. Se trata de la falacia, ampliamente alimentada por uno y otro bando que da por sentada la existencia de un antagonismo ideológico de fondo entre el capitalismo y el marxismo, cosa que es absolutamente falsa, pues, en lo esencial, ambas corrientes comparten una misma concepción materialista de la vida. En modo alguno es casual la estrecha trabazón doctrinal que se observa entre los teóricos del positivismo y los filósofos de la izquierda hegeliana.

El positivismo, teoría elaborada por A. Comte y que influyó poderosamente en Stuart Mill y en los evolucionistas, afirma que la vida no está sometida a finalidad teológica alguna. La religión y la metafísica son para esta doctrina anacronismos propios de estadios atrasados de la evolución humana, y sólo a través de la ciencia, que permitirá conocer y concretar en leyes los fenómenos naturales y sociales, le será posible a la humanidad avanzar hacia un mundo feliz de bienestar y progreso. En esta misma línea, Lararck y, especialmente, Charles Darwin sostienen que no es la providencia divina, sino la lucha por la vida, lo que determina el curso de la existencia. Dicha pugna produce como resultado la selección natural de las especies y la supervivencia de los ejemplares más aptos. Dado que el cientficismo biológico no hacía distinciones entre los animales y el hombre, al que consideraba una especie zoológica más, las teorías evolucionistas pronto encontraron aplicación en el campo socio-político. El biólogo alemán E. Haeckel se apoyó en ellas para legitimar la supremacía de los individuos, castas y pueblos más fuertes sobre los más débiles. Así pues, los frutos del positivismo no se hicieron esperar, y el darwinismo social de Haeckel auguraba un futuro prometedor.

Celosos de las licencias ateístas de los avanzados intelectuales burgueses, y pertenecientes como ellos a esa misma mentalidad y clase social, los pensadores de la izquierda hegeliana no quisieron ser menos y aportaron su generoso esfuerzo a la causa científico-materialista. Así, D. F. Strauss consideró los evangelios como mitos, R. Bauer puso en duda la existencia histórica de Jesucristo, y Feuerbach afirmó que la religión no era más que una ilusión del hombre. El materialismo científico alcanzó su forma más extrema con A. Buchner, cuya teoría mantenía que todos los fenómenos pueden ser reducidos a fuerza y materia.

En este contexto surgió y se desarrolló el materialismo histórico de C. Marx y F. Engels, punto de arranque de una ideología política de notorias repercusiones en la historia reciente. El marxismo estableció que los individuos y las sociedades humanas se mueven por motivaciones fundamentalmente económicas, lo que conduce indefectiblemente a la lucha de clases; esa lucha actúa como motor de la Historia, al final de la cual, y como consecuencia de dicha dinámica, se llegará a un mundo ideal sin clases sociales.

Pese a su bagaje pseudoreligioso a modo de coartada, la burguesía impuso desde el primer momento una práctica en la que lo material era lo único que contaba. Nada nuevo supuso el marxismo a este respecto, pues, al igual que el capitalismo, no estimó otros horizontes en la existencia humana que los puramente económicos. Siendo la riqueza y la prosperidad material los objetivos que ambas corrientes consideraban prioritarios, si no exclusivos, sus únicas discrepancias se establecerían en lo tocante a su teórica distribución social.

Precedido o contemporáneo de una larga serie de movimientos y teóricos de izquierda, tales como Babeuf, Saint Simon, Blanqui, R. Owen, Fourier, Proudhom, Bakunin etc., el marxismo surgió de la corriente conocida como socialismo científico, absolutamente desprovisto de las connotaciones idealistas de algunas de las tendencias anteriormente citadas y dotado del frío análisis materialista tan acorde con la personalidad de su creador. No resulta, por ello, extraño el recelo con el que fue acogido por los activistas proletarios de su época, que sentían una desconfianza instintiva (y fundada) hacia los teóricos y políticos burgueses, por más de izquierdas que se declarasen. Se añadían a ese hecho las notables diferencias de criterio existentes sobre puntos importantes. Así, mientras que muchos socialistas coetáneos de Marx deploraban la industrialización exacerbada, a la que atribuían la causa de buena parte de los males de las sociedades modernas, éste la aceptaba sin reservas. Igualmente, mientras aquéllos creían en la capacidad del ser humano para autogobernarse, Marx era partidario de un rígido poder centralizado que, según su teoría, tendría que preceder a la consecución de los logros proletarios. Finalmente, la colectivización estatalista de los medios de producción que propugnaba el marxismo fue rechazada por no pocos, y especialmente por los proudhonianos, convencidos de que conduciría a un capitalismo de Estado. El tiempo demostraría que todas esas objeciones eran fundadas.

No obstante, pese a las discrepancias, antagonismos e incluso rupturas, las tesis marxistas acabaron por imponerse en las organizaciones obreras. Una de las causas fue el papel dominante que Marx desempeñó ya desde la 1ª Internacional en el órgano esencial de ésta, el Consejo General, establecido en su lugar de residencia, Londres, y la razón definitiva sería la adopción casi estricta de dichas tesis por la poderosa e influyente socialdemocracia alemana en 1891. A partir de aquel momento el prestigio del marxismo fue indudable, y la práctica totalidad de los partidos socialistas europeos siguieron los mismos pasos.

Si bien las bases doctrinales quedaron notablemente perfiladas una vez consumada su aceptación mayoritaria, no ocurrió lo mismo en lo concerniente a la táctica que habría de seguirse, revolucionaria o parlamentaria, para el acceso de los partidos obreros al poder político. Se adoptó a este respecto una postura posibilista, que permitiría actuar según aconsejaran las circunstancias de cada país y cada momento. Pero lo cierto es que, desde un principio, la inmensa mayoría de los partidos de inspiración marxista se orientaron claramente hacia un tipo de acción electoral y parlamentaria. Fuertemente penetrados por elementos pequeño burgueses, que por lo general copaban los órganos directivos, las únicas circunstancias que regularmente tuvieron en cuesta sus dirigentes a la hora de determinar el camino a seguir fueron de índole personal. Una vez integrados en el engranaje del sistema y en la oligarquía política de cada país, no querían ni oír hablar de rupturas radicales o vías revolucionarias.

Como indicativo de lo dicho, bien podría valer el ejemplo de las posiciones adoptadas en relación con un tema por aquel entonces crucial: la huelga general de la industria del armamento y de los transportes en caso de guerra entre potencias imperialistas. Considerada imprescindible por los sectores radicales del movimiento obrero, era vista con recelo y desconfianza por Marx. Por tal razón resultó descartada en la IIª Internacional a petición de los partidos socialdemócratas alemán y austriaco, que temían que la aprobación de tal medida desencadenara represalias de los gobiernos de sus respectivos países contra sus organizaciones política, lo cual les preocupaba más que las consecuencias de un conflicto bélico. Este hecho habla por sí solo, máxime si se considera que la peor parte de las guerras siempre ha recaído sobre los más humildes.

Por lo demás, nada tuvo de extraña aquella actitud, pues el mismo Engels insistió repetidamente en sus últimos escritos en que las instituciones de la democracia burguesa, lejos de ser una farsa, como los más críticos afirmaban, habían permitido a la clase obrera y a los movimientos socialistas unas mejoras indudables. Lo que pone de manifiesto que el objetivo no era revocar un sistema de valores determinado, sino integrarse en el mismo, a fin de participar y beneficiarse de sus frutos.

En definitiva, tanto en su versión totalitaria, como en la reformista-parlamentaria, el marxismo no supuso ruptura alguna con la mentalidad positivista y economicista implantada por las revueltas burguesas, mentalidad de la que, por el contrario, participaba plenamente. Los ingredientes sentimentales que permitieron a sus propagandistas dirigirse a los desheredados y atraer su atención, sus consignas justicieras e igualitaria, y sus llamadas a la fraternidad obrera eran algo ajeno al glacial dogmatismo de los doctrinarios de laboratorio que dirigían el timón, como los hechos se encargarían de demostrar después. Todo ello no quiere decir que entre los activistas de izquierdas no hubiera también personas animadas de las más nobles intenciones, individuos, en suma, cuyo altruismo era la mejor prueba de la falsedad de una ideología que creía únicamente en lo económico como factor determinante de la conducta humana. Error manifiesto, ya que ni siquiera para las masas proletarias las razones materiales fueron el motivo primordial de su movilización.

                                                                                                                         
                                                                                                                         

                                                                                                                          
A Página Principal

               

MILENIO AZUL
Apartado de Correos 47  -  15080 La Coruña, España
milenioazul2000@yahoo.es