MILENIO AZUL
Círculo Nuevo Criterio

 

T E M A S

SAN EULOGIO DE CÓRDOBA (y II)
Miguel Argaya

                                                                                                                         
                                                                                                                         

Las autoridades islámicas de Córdoba empiezan a temer una situación incontrolable y se ponen en contacto con Saúl y con San Eulogio, pero éstos respaldan y aprueban la actitud martirial de la feligresía cordobesa, de modo que también son encarcelados. Desde su prisión, Eulogio redacta su “Memorial de los mártires” defendiendo la confesión pública de la fe, y una cartade aliento ados vírgenes cristianas, Flora y María, que también han sido detenidas y que no tardarán en ser martirizadas.

La firme actitud del santo y de Saúl se alza como un faro ante los católicos cordobeses y hace temer a Abderramán II una revuelta martirial masiva. Por eso cambia de táctica: hace llamar al arzobispo sevillano Recafredo, partidario de una línea más tibia en las relaciones con el Islam, y lo convence para que intervenga y reduzca al orden al obispo de Córdoba y a Eulogio. Y Recafredo, sea por miedo o por convicción, cumple lo ordenado apelando a su autoridad como Metropolitano.

Obviamente, Saúl y Eulogio se someten, así que el Emir los excarcela. Pero el final aún no ha llegado, porque la intolerancia de los muslmanes hacia los cristianos no es en esos días una ficción, sino realidad muy verdadera. Y no sólo sigue sino que se acentúa, creciéndose en la tibieza del adversario. Se redoblan, por ejemplo, las agresiones verbales y las humillaciones físicas. Un día del año 852, uno de aquellos mozárabes de la línea timorata llamado Aurelio contempla una parodia procesional en la que, entre risotadas y blasfemias, un cristiano desnudo es paseado humillantemente sobre un asno por una turbamulta de musulmanes. A Aurelio se le revuelve el alma y decide revisar su propio compromiso religioso. Se reúne con su mujer y otros mozárabes y organiza un grupo decidido a testimoniar públicamente su fe. Lógicamente, los componentes del grupo no tardan en ser arrestados, condenados y decapitados. Y se reanuda la represión. Nada que ver, desde luego, con esa beatífica visión del Islam español como una balsa de tolerancia.

El gran temor de Abderramán II sigue siendo, en todo caso, una rebelión masiva de mozárabes a la que pudiera sumarse otra de muladíes (los conversos al Islam) o incluso algún rey cristiano del norte peninsular. Por eso llama de nuevo al Metropolitano de Sevilla, el dúctil Recafredo, y le conmina a convocar un concilio de obispos españoles que proscriba el martirio voluntario. Éste, presidido por el propio Recafredo y bajo la sombra amenazante de Abderramán, se celebra en Córdoba el verano del año 852 y concluye como se esperaba: prohibiendo a los mozárabes cordobeses exponerse al martirio. Inútil proclamación que choca con la decidida voluntad de la mozarabía cordobesa. A mediados de septiembre comienzan otra vez las profesiones públicas de fe y los martirios consiguientes. La represión se hace de tal calibre que obliga a muchos mozárabes a huir al norte y refugiarse en territorio cristiano.

La muerte de Abderramán II a finales de ese mismo mes de septiembre del 852 no supone ningún alivio. Antes al contrario, pues su heredero Mohamed I se lanza aún con mayor fiereza contra la comunidad mozárabe cordobesa. Una de sus primeras acciones como Emir consiste en destruir el Monasterio de Tabanos, al que siguen otros muchos templos y cenobios, alguno de más de trescientos años de antigüedad.

Y así, los temores del fallecido Abderramán se hacen realidad: pocos días después de su muerte, los mozárabes toledanos se rebelan contra la autoridad islámica, toman el poder en la ciudad, convencen a los muladíes de unirse a su causa, organizan un ejército con el que toman Calatrava y piden ayuda al rey de Asturias Ordoño I, quien les envía tropas dirigidas por su hermanastro Gatón de El Bierzo. El enfrentamiento militar con el Islam tiene lugar en la Batalla de Guadalcete el año 854, y resulta trágico para las huestes cristianas, que dejan en el campo veinte mil cadáveres.  Y es aquí donde recuperamos la figura de Eulogio, escondido hasta entonces en medio de la dura represión cordobesa. El año 858, el clero mozárabe toledano lo elige obispo de Toledo, pero el Emir se enterae impide al santo salir de Córdoba para la toma de posesión. Nadie -ni siquiera la autoridad musulmana- duda ya de que Eulogio está en disposición de convertirse en el gran pastor que los mozárabes españoles esperan y necesitan. Tardan ya, por tanto, su detención y su martirio, que ocurren muy poco después, en el año 859. Su biógrafo Paulo narra los hechos: cómo se le incita a la apostasía, cómo responde el propio Eulogio, cómo es abofeteado y cómo contesta el santo cordobés poniendo la otra mejilla y diciendo «pega también aquí».

Su desaparición es también la de la mozarabía cordobesa. Pero no tanto por culpa de la decisión martirial de San Eulogio y los suyos, sino más bien por lo contrario, por la actitud timorata y tibia de Recafredo y de sus partidarios. Conocemos, por ejemplo, las circunstancias del nombramiento del sucesor de Saúl, el obispo Esteban, consagrado por el propio Recafredo contra la opinión del clero cordobés. Es ahí, y no antes, cuando menudean las apostasías y empieza la decadencia de la comunidad mozárabe en Córdoba, pues de su vigor en tiempo de San Eulogio no cabe ninguna duda.

                                                                                                                           
                                                                                                                          

                                                                                                                          
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