MILENIO AZUL
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LA  VUELTA  AL  MUNDO
Acracio el Vil

                                                                                                                         
                                                                                                                         

Yo tengo un amigo que, huyendo de la policía, en estos últimos doce o catorce años democráticos ya le ha dado tres o cuatro vueltas al globo. De cuando en cuando aparece por la taberna y,  como no se fía de nadie, solamente habla conmigo por razones buenas de entender y que les contaré luego. No me parecen de mucho interés para mis lectores/lectoras, sean solteros/as o casados/as  porque me consta que Vds son gente honrada, pero nunca está de más la experiencia ajena y,  si no es así, que se lo pregunten a cualquier atormentado jerifalte del PP o a los antiguos mandamases del Partido Socialista Aristocrático Español, que me ha dicho uno de la CNT que ahora se llama así en  homenaje a las casas reales europeas. Sospecho que no es  verdad.     

Entre vasete y vasete de buen tintorro, mi amigo y yo nos relatamos nuestras desdichas y algo de nuestros pasatiempos y sudores, que son escasos por común desafección al laboreo. A  decir verdad, únicamente sudamos de miedo cuando leemos los periódicos o videoescuchamos en la tele las alegres desdichas del suculento gobierno  liberal.

Debo anticiparles que mi amigo no anda escapado por esos trigos a causa de algún delito de poco más o menos. En absoluto. No es culpable de estafa, de asesinar guardias civiles, malversar caudales públicos o  chiquilladas de esa naturaleza. Nada de eso. La autoridad competente le persigue a causa de algo verdaderamente grave que me resulta penoso relatar y les explicaré como buenamente pueda, pues yo no soy periodista y no me se da bien el pendonismo, digo el pendolismo,  desde que ha aparecido la electrónica en estas aventuras.

Él –eso dice- se hubiera entregado inmediatamente en el Juzgado de Guardia para disfrutar una temporada de descanso en un establecimiento regenerador, pero se trataba de indemnizar a unas señoras exigentes  y, tal cual el Gobierno –decía mi amigo-,  tampoco andaba bien de fondos; que si no fuera por el dinero no le hubiese importado mucho visitar al Sr. Juez una vez cada quince días durante los próximos veinte años, más o menos el tiempo que calculaba duraría su asunto. Tenía razón mi amigo. Al fin y al cabo, el día del juicio –se entiende el judicial- siempre podría alegar que le absolvieran alegando prescripción como alegaron tantos otros insignes financieros y políticos que andan por ahí viviendo sus vidas porque, desde luego, no hay derecho a semejantes entretenidas. Además, la culpa del retraso prescriptivo siempre la tiene el pobre Señor Juez que recibió la denuncia si por un casual aún vivía. Si no vivía o se jubiló, entonces la culpa sería del Señor Secretario, del Señor Fiscal o, lo más probable,  del auxiliar de la última promoción recién ingresado en las oficinas del Juzgado, que está soltero y despedirlo es cosa de poco.

En esos arduos poblemas –explicaba mi amigo- ya se sabe que los del Gobierno siempre encuentran alguien a quien echarle la culpa,  para lavarse las manos como cualquier ministro de Hacienda que se estime cuando se despide y nos abandona  a nuestra buena suerte.

Debo aclarar que el delito que cometió mi amigo, el presunto,  es verdaderamente  muy gravísimo y muy modernísimo, y he de contárselo a los lectores para que no se inquieten ni le compadezcan porque no se lo merece. El hombre, que indudablemente  lo es, detalle que conviene aclarar en estos tiempos,  sorprendió a su esposa  en el lecho conyugal-civil acostada y retozando con una maricona, y escribo maricona porque ignoro cómo se dice en inglés, que si lo supiera lo escribiría para hacerme el finolis y devoto de los fenómenos de rectificación pudorosa que ha tenido lugar en la ya civilizada España de  nuestro tiempo. Lo cierto es que, inquieto ante el intrascendente pornoespectáculo que contempló en su lecho conyugal, mi amigo, que visiblemente es hombre anticuado, ególatra y muy poco democrático, sufrió una repentina afección anímico-voluntaria de carácter reaccionario y en un alarde tipo neonazifascista las llamó  “tías guarras”.

Deben los lectores comprender que la cosa, lo de “tías guarras”,  no estuvo nada bien porque las víctimas del presunto no se merecían semejante putación o calumnia y, como es de todo punto lógico, denunciaron a mi amigo porque es de justicia de la buena, de la que se lleva. Está claro que se lo merecía.

En la denuncia, la emputada legítima  le acuso de maltrato psicológico con graves secuelas para la movilidad funcional de su bisexo y, además, solicitaba el divorcio pensionado y quedarse con el piso de mi amigo. Por supuesto la otra emputada, la  maricona –repito que ignoro el ingles- le acusó de agresión a su pública intimidad sexicolectiva, amén de graves daños morales y materiales, exigiendo tropecientosmil euros a titulo de indemnizar el perjuicio  que sufrió su buena fama en el cálido ambiente social de nuestros días.          

Debo indicar a los lectores que mi amigo el fugitivo es algo mentiroso, no tanto desde luego como los noticiarios de la Tele en vísperas de elecciones o cuando hablan del lío supermacroeconómico ese, el  que no padecen los políticos ni los banqueros; ahora bien, algo mentiroso es. A mi me ha dicho el tío que él se marchó de España para no pagar a las presuntas tías guarras porque anda mal de fondos, pero no es cierto. Está forrado y yo lo sé porque le he visto cheques de Suiza, Luxemburgo, Gibraltar, Mónaco, isla Margarita, Las Bahamas y no sé cuantos lugares más, la tira de cheques y tarjetas de esos célebres escondites que usan las personas decentes. Yo me di cuenta  de que mentía como un bellaco pero medité que él pagaba los tintorros,  achanté la muy y le seguí escuchando por puro interés. Al fin y al cabo también  los ministros y muchos afiliados al PSoE votan por interés y no son mejores personas que yo; también ellos   fingieron creer y le votaron a Nuestro Sr. Presidente aunque negó la crisis más veces que San Pedro negó a Jesucristo.     

 Además, le voten o  no a quien les parezca bien  yo a nadie culpo de nada de lo que sucede y sucederá a los españoles. Parece que estamos contemplando un partido de tenis como  bobalicones, quietos en el mismo sitio y con la boca abierta, mirando sin cesar de  izquierda a derecha y de derecha izquierda,  del PP al PSOE,  del PSoE al PP, como si fuéramos idiotas. Es que somos muy alternativos. También yo lo soy pues, por ejemplo, me he vuelto piadoso y creo en los milagros al observar que España aun sobrevive  en este siglo, pasando de monedero a monedero como cualquier billete falso. También creía yo que todos los españoles teníamos obligación de saber el castellano, pero  ya no lo creo y, como eso se hincha, debo pedir perdón a  los miembros/as  de las razas prehispánicas que anidan en las periferias y están  pendientes de su independencia. Claro que, como todos, periféricos o no, también están pendientes de las  bromas que puedan gastarse los cinco o seis millones de parados inscritos en el registro y otros no se cuantos cientos de miles que andan descontrolados por ahí o en la cola de Cáritas.     

A más de estas inútiles divagaciones, mi amigo y yo estuvimos charlando en la taberna sobre porción  de cosas. Entre vaso y vaso de buen vino,  me se ocurrió preguntarle qué se decía de nosotros por esos mundos mundiales que  recorrió en plan fugitivo. Me  respondió  que él era buen  patriota y que, a menudo, se vio obligado a liarse  a tortazos porque no tuvo paciencia para sufrir lo que  decían los extranjeros. Me contó que un día, un turco, el más benévolo que encontró,  le dijo  que España había caído en manos de una panda de rufianes y él no pudo aguantarse. Le aticé un par de bofetones y una patada en los cataplines –me dijo- y se armó un zafarrancho de padre y muy señor mío. El turco y yo –añadió- acabamos en una comisaría donde poco más o menos tuve  que explicarme por señas casi hablando en arameo. Que le soltaron porque el turco le perdonó diciendo que, por fin, había conocido un español que no era un borrego. No sé –explicó mi amigo- si el turco habrá conocido algún otro. Puede que no.  

También decía mi amigo que se ponía enfermo del berrinche cada vez que en Alemania, en Francia, en Italia y por esas tierras, en cuanto averiguaban que él era español  siempre le sacaban la conversación de los asesinatos del Gal, el “timo” de la Expo de Sevilla,  los asuntos de Filesa, de Ibercorp, el famoso Roldán, las historias de Marbella, Kio, el señor Conde, los bondadosos diálogos con  etarras, la apertura de la reja de Gibraltar,  aquel  cachondeo de “Otan de entrada no”, el atraco a Rumasa, el “trilema” de la oficina de Juan Guerra,  el arresto del jefe del Banco de España, el misterio del 23F, la glorificación del estalinista Sr. Carrillo, etc …… Que, para colmo,  allá en Kyoto un japonés muy extrañado le preguntó por qué en España no se suicidaba ningún político. Dijo mi  amigo que al japonés le parecía incomprensible.

Pues a mí también

                                                                                                                             
                                                                                                                          

                                                                                                                          
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