MILENIO AZUL
Círculo Nuevo Criterio

 

T E M A S

                                                                                                                  

UNOS EUROPEOS ALGO RAROS
Acracio el Vil

                                                                                                                         
                                                                                                                         

En su preciosa obra “Guerra de la Independencia”, el ilustre historiador José Gómez de Arteche no matiza -porque no quiere- un suceso muy interesante de índole política -geopolítico- que tuvo lugar durante aquel extraordinario conflicto.
Es evidente en el “panorama general” de aquella guerra que, durante los años 1808/9/10, el mundo entero estaba convencido del indiscutible triunfo de los franceses en España. Lo creían incluso los ingleses. Solamente nos atrevemos a exceptuar a los españoles sin contaminar de liberté, igualité y fraternité.
Por supuesto, los españoles que se “contaminaron”, vulgo afrancesados, esperaban con ilusión el triunfo napoleónico pues creían de antiguo –es sabido- que, por culpa de los perversos jesuitas,  las maldades del tenebroso Felipe II y el lúgubre Escorial, los españoles “estábamos sumidos en la ignorancia más crasa y el abatimiento más vergonzoso”. Tal cual en nuestros pintorescos días, también en el siglo XIX charloteaban lo suyo infinidad de papanatas más o menos leídos y escribidos que confundían la gimnasia con la magnesia. Pensaban y decían que, copiando del extranjero, cambiaríamos de “modus vivendi” y el mes que viene seríamos ricos, bondadosos y felices. Una maravilla.
Sin embargo parece ser que pese a ellos, transcurridos más o menos un par de años, fue precisamente Su Majestad Imperial quien dudó de su “total victoria” en el rustico desafío que en 1808  le organizaron nuestros abuelos maldiciendo de franceses y sus admiradores. Se alarmó el Gran Hombre y, poco dado a vacilaciones, decidió “ipso facto” sustituir su inicial proyecto “administrativo” de una España intacta y napoleónica, parcelándolo en objetivo “conquistador”. Dicho y hecho, ordenó incorporar a Francia el territorio español sito al norte del Ebro convirtiendo aquellas provincias en nuevas “prefecturas” de su dulce reino pensando –suponemos- que la continuidad territorial y su colosal poderío garantizarían para siempre el éxito de su decisión. Era lógico. Al fin y al cabo, bien fuese mediante pacíficos trucos o a cañonazos, ya eran suyas Barcelona, Gerona, Lérida, Pamplona, Zaragoza y otras muchas preciosas ciudades de por allí. Eran  tierras contiguas a Francia y salvo nuevo Diluvio Universal serían francesas por los siglos de los siglos amén.
Pero aquel Hombre sin igual se equivocó de diluvio porque ya existía otro tan sagrado y embriagador como el bíblico, pero no menos célebre aunque fuese más tosco y chabacano. Como en toda España, también “por allí” los aragoneses, catalanes, navarros, etc., estaban “facturándole” muy caro al Emperador la inicialmente pacífica invasión que emprendió en 1808. Sus lucidos ejércitos también “por allí” tenían que aglomerarse para guerrear con eficacia y movilidad; sus convoyes eran constantemente asaltados o destruidos, sus patrullas aniquiladas, asesinaban sus correos y sus tropas sufrían al menor descuido mil agresiones no por pequeñas menos despiadadas. Era un interminable rosario de combates “caiga quien caiga”, a muerte, una incesante guerra “a degüello” que día y noche emprendían hombres no tan ansiosos de victoria como de matar franceses.
Aún resuenan por aquellas provincias –“nuevas prefecturas”- los muy bien afamados nombres de “El Pastor”, “Merino”, “Rovira”, “Mina”, “Juan Claros”, “Villacampa”, “Milán del Bosch”,  y el de tantos otros bravos cuyas guerrillas y batallones no permitían un minuto de reposo a los franceses, vengando con dureza –incluso crueldad- sus tropelías y saqueos. Era una guerra diferente a la “normal”, distinta a las europeas, imprevisible y demoníaca que se debatía en toda España, en un país cuyos campesinos incendiaban las cosechas y quemaban las reses para que no se alimentara el enemigo.
Como era de esperar, el sorprendente recorte de “sus” provincias disgustó al Rey José, hombre razonable a cuyo cargo Napoleón, también escribe irritado al embajador en Madrid:

Que sería muy poca cosa si no fuese hermano del Emperador y jefe de sus ejércitos; tan poca cosa que cualquier aldea (española) de 4.000 almas es más fuerte que cuantos partidarios pueda él tener en España. Su guardia misma es toda francesa. Ni un solo oficial español notable ha derramado su sangre por el Rey…”

Escribía la verdad el rey José y lógico su enfado porque, desde luego, el desaire del Emperador era rotundo al despojarle de parte de “su” reino sin pedirle permiso. Además porque, entre otras diligencias largas de exponer, en las provincias españolas “traspasadas” a Francia el juramento de fidelidad al rey José I, que sin éxito notorio se exigía a todos los españoles, en las “nuevas prefecturas” se exige ahora jurándola en favor de S.M. el Emperador Napoleón. Desde ese momento, y en lo sucesivo, España ya no limitaba  al norte con el Pirineo sino con el Ebro y, en cuanto al cercenado reino de José I, se le  completaría en breve  mediante  la “inminente” conquista y  ocupación de Cádiz, el último y minúsculo bastión “administrativo” leal a Fernando VII.
Tal fue el cambio de “panorama” napoleónico que vivió España hacia el año 1810 si bien –a nuestro modesto entender- aquel Gran Hombre, que de medio a medio se había equivocado en 1808, también se equivocaba ahora al continuar enjuiciando a los españoles “administrativamente”. Pensaba en nosotros como ”gobernador”; era básicamente hombre de espíritu “constructivo” y se confundió al equipararnos con otros pueblos europeos a los cuales, victoria va o viene, había dominado en política tal cual los yankies controlan a muchos en nuestros días.

A modo de paréntesis y título de personal “opinión” nos permitimos indicar que, examinando a grandes rasgos nuestro tempestuoso siglo XIX, todo él, si paramos mientes en el explosivo “devenir” post-napoleónico que padecimos, tan cerril, descompuesto y cañonero, es verdaderamente  complicado decidir quien acertaba, Napoleón o nosotros, en aquella polémica feroz que emprendieron nuestros abuelos, que fue cualquier cosa menos “administrativa”, como deseó el  Gran Hombre. Así lo reconoce al final de su vida, cuando dicta en Santa Elena estas honrosas y proféticas palabras sobre los españoles  y nuestro futuro laberinto. Nos dice:  

“… Yo esperaba sus bendiciones y fue muy de otro modo. Desdeñaron su interés y no pensaron sino en la injuria; se indignaron ante  la ofensa y, sublevándose contra la fuerza, todos corrieron a las armas. Los españoles en masa se condujeron como hombres de honor. Nada tengo que añadir… Acaso ellos mismos lo lamenten.”

Es confeso en tan humildes palabras su tremendo error o el de quien sea. ¡Vaya usted a saber”! Al caso, como puntual verdad resulta que en 1808 identificó a los españoles como sencillos europeos, gente con sentido común -que rara vez tuvimos- y tardó demasiado en averiguar que no éramos un pueblo sensato sino contradicción ambulante. Ignoraba que acostumbramos vomitar insultos sobre la autoridad, desconfiamos de los jueces, despreciamos las leyes, nos reímos del orden público, envidiamos al vecino, injuriamos al afortunado, etc.
Es evidente pues que aquel Coloso humano no sospechó el amargo fracaso que padeció en España. No encontró aquí ciudadanos juiciosos dispuestos a escuchar, sino un pueblo inmoderado, algo charlatán y  sobremanera rutinario que, “per se” o por pereza, no quería “cambios” de pensamiento, de leyes ni costumbres; que defendió con uñas y dientes a su Rey natural, un señor dedicado a sus asuntos y algo a los de todos sin molestar demasiado y, por supuesto, receptor de toda clase de bulos, cuchufletas y chistes callejeros. Además, las cosas españolas tenían que seguir siendo como eran y lo serían  por las buenas o por las malas. Los franceses y sus “filósofos” de compañía estaban de más aquí; excusaban meter las narices en nuestros líos.
Además, en cuanto a la plebe ruin y  súbditos “de a pie” más o menos honrados ¿Qué decir?... Pues lo mismo. Lo de siempre: cada mochuelo a su olivo; las mañanitas del sábado a la barbería por el aquel del chismorreo; por la tarde a discutir en las tabernas y los domingos a misa. Para vivir tranquilo no hacía falta nada más.
Quizás al observar aquella descuidada sociedad española de 1808, tan vulgar, bullanguera e intrascendente, el Emperador, su hermano, sus lucidos mariscales, sus brillantes  regimientos de franceses, italianos, holandeses, etc. y no pocos desdichados españoles, decidieron en aras del progresismo cambiarnos de vida, de Rey y de rutina, pero olvidaron un par de humildes detalles que mucho lamentarían después: Que cada  español era el “Rey en su casa” y hombre que  actuaba así o asá  “porque me da la gana” o, más groseramente, “porque me salió de los c…ataplines”.
Es posible que en la vivencia secular de esas reiteradísimas oraciones españolas radique el tremendo dislate –confeso- que cometió Napoleón al analizar “administrativamente” la España de 1808 porque, en principio, seamos sinceros, el objetivo de aquel Gran Hombre sobre nuestro futuro era íntegra y exclusivamente “español” aunque fuese europeizante y “gubernativo”, criterio que supuso accesible y fácil de establecer aquí como lo fue en su Europa. Todo se llevaría a buen fin mediando unas cuantas intrigas, el alarde de unos magníficos regimientos y la ilustrada colaboración de media docena de cortesanos “pro-Bayona”, volterianófilos más o menos pasmados ante las novedosas literaturas roussonianas. Sería fácil la cosa.
Pero no lo fue y parece imposible que Napoleón, aquel Hombre gigantesco, no calibrase hasta fechas de 1810 la inmensidad del “guisado” que hervía en la olla española. Parece que fue entonces cuando comprende que España era un infierno y, ya sin remedio, altera el criterio evidentemente desinformado que tenía en 1808. Hoy, si pensamos en la descomunal inteligencia de aquel Gran Hombre, es forzoso preguntar cómo no se dio cuenta de la realidad hasta fechas tan tardías ¿Descuido suyo? ¿De otros? Es posible. Desgraciadamente, los príncipes casi siempre reciben informes sesgados, automeritados, aduladores, complacientes y no muy completos. Lo que conviene al informador.
Sin embargo, el terrible “chasco” de su ejército en Bailen, el primero de su vida, ya debió alertarle del futuro porque “aquello” fue algo más que un descuido “geográfico” del muy competente general francés. También la rápida organización del improvisado ejército que le derrotó –ejército era-  debió iluminar la mirada de aquel Hombre que –como decía Heine- “sus ojos lo veían todo”, pues en España no fue así. No vieron nada y calibraron  un espantoso huracán como lluvia de verano ¿Le engañarían sus informadores? Puede ser, aunque parece imposible que ignorase la ferocidad salvaje, “in crescendo”, del enemigo que deseaba “amigar” y, asimismo, el monstruoso “Odio” que sus soberbios  mariscales  y soldados, tan engreídos, ávidos y petulantes, tan distintos a él, despertaron en  una raza infinitamente kabileña y rencorosa. Jamás la conquistaría porque, entre españoles, “a más muertos, más odio”. Al revés que en Europa.
Es evidente el terrible fracaso de aquel insigne emperador, capitán y gobernante. No pudo ser. Su objetivo “europeo” no era afín en España al criterio de millares de españoles –suicida en 1808- que ansiosos de su vida rutinaria, descuidada y negligente, con cultura o sin ella, ricos o pobres,  militares o paisanos, “se echaron al monte” a pelear como fieras esgrimiendo cualquier instrumento agresivo capaz de dar muerte. Día tras día, derrota tras derrota reconstruían sus batallones y guerrillas, rehabitaban sus caseríos saqueados por los ejércitos franceses que, ciertamente, durante aquellos primeros años circularon libremente por nuestros caminos… aunque siempre “de paso” y tiroteados.
Su Majestad Imperial, aquel Hombre, también debió ser informado de algo muy intenso, durísimo y extremadamente maligno: que los desarrapados iberos que no se incorporaban a los pequeños ejércitos de Castaños, Blake, Eguia, Castaños, La Romana, O’Donnell, etc., vivían enriscados en montañas y bosques trabuco en mano, al acecho como los tigres, cargados de un “Odio” implacable y feroz, jurando el “me las pagarás francés aunque me cueste la vida”.
Es un misterio a investigar quien o quienes provocaron en los españoles aquel Odio asesino, cruel y apasionado ¿Herencia de antaño? ¿Justificada venganza? ¿Cuestión de raza? Ya el ibérico Aníbal juró odio eterno a los romanos y, desde siglos, es frase española el “odio africano” como aviso de venganza. Quizá por eso el rey José I escribe al Emperador que:

Tengo como enemigos doce millones de almas. Todo lo que se hizo aquí el 2 de mayo fue odioso. No, Sire. Estáis en un error. Vuestra gloria de hundirá en España”     

Y así fue porque el bueno de José Iº denuncia la verdad en tan sinceras palabras, pues así es España desde que tenemos memoria, donde el Odio, el que sea, es más poderoso que la Muerte. Con razón o sin ella, como herencia intangible, el rencor pasa incólume de padres a hijos, a nietos, a biznietos…
Es absurdo porque cuanto sucede hoy en el mundo al instante inmediato ya es Historia, ya es Pasado agrade o desagrade, es una estampa. En Roma mantiene Italia las estatuas de los Césares; los rusos la momia de Lenin, y en París contemplan los franceses a Napoleón en su gloriosa columna, le admiran, respetan su memoria y cuidan el sepulcro “del dictador” exhibiéndolo en los Inválidos con justificado orgullo. Mucha sangre francesa vertieron sus ambiciones pero no hay odio. Es Historia. Napoleón ¿qué otra pudo escribir?
En el Odio estuvo el error infinito de aquel Coloso Humano al que nadie explicó que España era diferente, un nido de avispas, una fábrica de rencor. Lo sigue siendo por desgracia. Lo alimentamos en todo, por todo y para todo con acerado resentimiento, contra vivos y contra muertos, monumentos, cultura, templos, sepulcros, estatuas, libros, creencias, instituciones, costumbres, idioma... “Odiamos” nuestro presente, nuestro pasado, nuestros defectos, nuestras virtudes, nuestras hazañas y nuestras desgracias… ¿Por qué? ¿Para qué? ¿Acaso es progresismo?
¡Porque hay Odio hasta en el futbol! Y no lo despreciemos por inocuo y deportista porque no es una “válvula de escape” sino “recreo”, es el odio más facilón que hay a mano.


                                                                                                                        
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