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HABLANDO  EN  SERIO  DE  LA  BELLEZA (I)
Miguel Argaya Roca

                                                                                                                         
                                                                                                                         

Hoy me gustaría hablar de la Belleza. Observo que, en nuestros días, se habla poco de ella. Se la menciona mucho, eso sí, sobre todo como coletilla para cerrar en falso no pocos eslóganes publicitarios. Pero hablar, lo que se dice hablar de ella en serio, me temo que no se hace con demasiada frecuencia. Ya sabemos que a la posmodernidad no le gustan los conceptos universales. Para ella, no hay Verdad, ni hay Bien, ni por supuesto existe la Belleza, simples palabras vacías que cada cual interpreta como quiere o puede.

No insistiré en cosas que ya he dicho en otros artículos anteriores porque quiero creer que acerca de la existencia absoluta de la Verdad y del Bien no dudará nadie de quienes lean esto. El problema de la Belleza es que, en esa batalla, los que apostamos por la Verdad hace tiempo que nos rendimos. Probablemente fue la primera bandera que arriamos, creyendo sin duda que era un tema baladí. Y quede claro que no lo era. Aceptando que la Belleza es tan sólo una opinión, una emoción, abríamos la puerta a aceptar como mera opinión también la Verdad y el Bien. Los antiguos griegos, que fueron conscientes de su importancia, supieron enlazar los tres conceptos -Belleza, Verdad y Bien- para configurar con ellos una tríada indisoluble, de manera que lo bueno era al mismo tiempo bello y verdadero. Nosotros, en cambio, nos hemos dejado arrebatar sumisamente uno de esos tres pies. ¡Y ahora nos lamentamos de que el taburete cojea!

El punto de partida de la perversión que desprecia la Belleza está en la segunda mitad del siglo XIX, cuando un grupo importante de artistas y literatos fumadores de opio se dieron a reivindicar “la belleza del Mal”. Proliferaron por entonces los “Himnos a Satán”, como el de Baudelaire de 1857, o el de Carducci de 1863. Pero era un ataque demasiado evidente que repugnaba a la gran mayoría de los creadores, así que sus partidarios acabaron optando por otras fórmulas más azucaradas que pudieran atrapar a los tibios y bienpensantes. El resultado fue la “belleza profana” del Modernismo, que no era más que belleza formal, vacía de Verdad: el “arte por el arte”. Y aquí sí que el éxito fue rotundo, y con él la derrota de quienes aún pensaban en la indisociable compenetración entre Belleza, Bien y Verdad. Porque el “Himno a Venus” de Rimbaud (1870) no es menos blasfemo respecto de la Verdad y el Bien que sus precedentes satánicos.

A partir de ese momento, todo había de ser más fácil. Las defensas estéticas se relajaron ante lo que se suponía que era un simple juego de espejos sin trascendencia. Nada más lejos, sin embargo, de la realidad. En la idea del arte profano, del “arte por el arte”, había más veneno del que se apreciaba. Nietzsche, que fue el primer filósofo en adoptarla, lo tenía claro: era el tipo de arte que mejor iba con su anhelado universo del “superhombre”; un arte “petulante, flotante, bailarín, burlón, infantil y sereno”, vacío de sentido, puro juego, un arte para amos en un mundo de amos y de siervos.

El problema es que defendiendo un arte del superhombre, los defensores del “arte por el arte” no hacían sino despreciar y dejar de lado algo mucho más concreto y verdadero: el arte del hombre, el arte que atañe al hombre en plenitud, con sus sufrimientos, sus alegrías y sus anhelos. Es significativo que en las primeras décadas del siglo XX algunos apostasen ya sin ambages por un “arte deshumanizado”. Ortega mismo escribió un penoso alegato en este sentido, defendiendo que “el poeta empieza donde el hombre acaba”. Pero si el hombre acaba, ¿a quién le interesa la poesía?

Rubén Darío, que recorrió ese infierno de la forma vacía para después arrepentirse amargamente, nos dejó un hermoso canto de vida y esperanza al respecto: “Yo soy aquél que ayer no más decía / el verso azul y la canción profana / (…) / La torre de marfil tentó mi anhelo; / quise encerrarme dentro de mí mismo, / y tuve hambre de espacio y sed de cielo / desde las sombras de mi propio abismo. / Mas, por la gracia de Dios, en mi conciencia / el Bien supo elegir la mejor parte”. Supo elegir el Bien, que, como muchos sabemos, es la auténtica Belleza.

                                                                                                                         
                                                                                                                          

                                                                                                                        
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