MILENIO AZUL
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ELECCIONES MUNICIPALES:
UNA REFLEXIÓN POCO ORTODOXA (PERO CIERTA)

M. Paz

                                                                                                                         
                                                                                                                         

Terminado ya el proceso electoral, con los resultados publicados y con todos los analistas en plena vorágine de especulaciones combinatorias y futuribles múltiples en orden a adivinar por dónde podrán ir los tiros de las nuevas corporaciones locales y entes autonómicos que todavía están en dudas, me voy a permitir hacer una pequeña reflexión personal, y muy poco políticamente correcta, al filo de unas declaraciones leídas al nuevo alcalde ‘popular’ de una gran ciudad gallega, que sustituye a uno socialista.

Decía este ínclito personaje que sus prioridades al frente del ayuntamiento serían la creación de empleo y el mantenimiento de las políticas sociales, y yo, no he podido por menos de quedarme perplejo ante tales afirmaciones que me han parecido, cuando menos, psicodélicas.

Acostumbrados como estamos al no pensamiento, a la consigna, al trazo grueso, a la confusión o más directamente a la estupidez revestida de hallazgo intelectual (véase el “programa” del 15-M), este tipo de declaraciones por parte de un responsable político al que se le supone un cierto nivel, no dejan de sorprender por su enorme carga demagógica –en el mejor de los casos- cuando no, directamente, por su afán de mentir a los ciudadanos que le han elegido.

Estando como está nuestro país, metido en una crisis económica –de la que, no olvidemos, Europa ya empieza a salir, en no muy buenas condiciones, pero a salir-, debida en buena parte a las políticas seguidas desde las administraciones públicas que la han agravado hasta límites inconcebibles, se supondría que los nuevos regidores surgidos de las urnas harían público acto de contrición y muy sincero propósito de la enmienda; pero por lo anteriormente leído, parece que esto no va a ser así.

Según la ideología de lo políticamente correcto –sí, esa que se empeña en dirigir la vida de cada ciudadano desde la cuna (si le deja nacer) hasta su final (matándole cuando al Estado le convenga) y diciéndole siempre desde lo que debe de pensar hasta cómo debe vivir, esas declaraciones no dejan de ser coherentes; pero desde el punto de vista tanto de la razón como de los frutos prácticos obtenidos por esas teorías, no son más que una burda estupidez, un grosero insulto a la inteligencia.

Sin duda, hoy por hoy, uno de los más graves problemas con que se enfrenta España, es la hipertrofia del Estado; con unas administraciones que lo invaden todo, arrinconando cada vez más a las personas, exprimiéndolas y explotándolas, cual si de un nuevo régimen esclavista se tratara, hasta la saciedad. La partitocracia instaurada en nuestro país se ha convertido en un cáncer que está matando a la sociedad y, en esto, los ayuntamientos también han colaborado poniendo no su granito de arena, sino una montaña de basalto.

Y como muestra, unos pocos ejemplos nos aclararán sobradamente la gravedad del problema.

Creación de empleo

El Estado, o cualquier otra de sus administraciones, no tiene como misión la creación de empleo. Su función es permitir las condiciones necesarias para que sean las personas quienes lo hagan. Debe remover obstáculos, adecuar la fiscalidad, vigilar el cumplimiento de normas que aseguren la igualdad de oportunidades para todos, vigilar la no explotación laboral, la no discriminación, castigar la competencia injusta o desleal, vigilar la salud laboral y de los productos fabricados… Y, fundamentalmente, desde nuestra óptica falangista, promover la desaparición del sistema capitalista –tanto de Estado como privado- para que la sociedad autoorganizada pueda construir una economía justa, al servicio y a la medida del hombre, es decir, una economía sindicalista, que es precisamente la antítesis de esa otra más o menos intervenida (cada vez más… más sovietizada) que tan querida le es a nuestros políticos de uno u otro signo, y que en este momento bajo la disculpa de la crisis avanza galopante en toda Europa.

Políticas sociales, de género, culturales… etc.

Bajo este epígrafe se engloban toda una serie de acciones tendentes a modelar la sociedad según un esquema totalitario; imponiendo nuevos modos de pensar y de vivir que fomentan, básicamente, la sumisión del ciudadano al poder establecido, mediante la fórmula perversa de la subvención.

La mejor política social es el pleno empleo, con salarios dignos, con las personas trabajando en empresas sindicalistas –es decir, de su propiedad, no del Estado o del capital-, dirigiéndose a sí mismos, sin intermediarios ni patronos. Todo lo demás no son mas que malos parches, compra de votos y conciencias o, directamente, corrupción inherente a la distribución arbitraria de los fondos públicos.

La única política de género posible es la que considera a hombres y mujeres como pertenecientes al mismo género: el Género Humano. Hombres y mujeres son valiosos no en función de su sexo, no tienen más o menos derechos por pertenecer a uno de ambos. Sus derechos vienen dados por su condición de personas; por eso la ingerencia de los poderes públicos en este tema no obedece más que a un afán demagógico de crear causas artificiales a las que luego acogerse para, después de creado un problema donde no existía, presentarse a ellos mismos como la solución al mismo. Pura ingeniería social.

Las “políticas culturales” obedecen igualmente a ese afán totalitario. Se trata de imponer gustos, modas, hábitos… etc., de la mano de “intelectuales” al servicio del poder que les compra. Con un sistema educativo pésimo, esta “cultura” no es más que diversión, ocio subvencionado –circo que dirían los romanos- para atontar, para distraer al pueblo. No es misión del político meterse en estas cosas. El acto cultural es básicamente un acto de libertad individual –colectiva pocas veces- que pierde tal condición cuando está pagado –es decir dirigido, subvencionado- por los poderes públicos.

Estos dos ejemplos nos sirven sobradamente para ilustrar ese afán absurdo –totalitario- de los organismo públicos por meterse en donde no les corresponde, arrogándose el derecho a intervenir sin motivo alguno, creando problemas donde no deberían de existir o invadiendo los espacios de libertad de los ciudadanos.

Abundando sobre el tema, se podría poner un clarísimo ejemplo en el que, teniendo competencias que sí le son propias, salvo rimbombantes y demagógicas declaraciones, esos poderes públicos no hacen absolutamente nada.

Medio ambiente y urbanismo

Desde que la moda del ecologismo logró imponerse en nuestras sociedades, cualquier político de cualquier organismo, se lanza periódicamente a convencernos de lo mucho que su administración respeta y ama la naturaleza, y trabaja por un mundo “sostenible”.

Todo muy bonito claro, pero si esto fuera así ¿por qué, en una país que sufre de sequía casi crónica, entre el 30 y el 40% del agua de las traídas se pierde en las conducciones hacia las viviendas y nadie las repara? ¿Por qué no se depura la totalidad de las aguas residuales que se vierten a ríos y mares? ¿Por qué no se reciclan las basuras y se convierten en abonos (compost) para ayudar a regenerar forestalmente una naturaleza que se desertiza? ¿Por qué no se declara como prioritario objetivo nacional la reforestación de nuestro páis, que se está desertizando a notable velocidad? ¿Por qué no se hacen más parques y jardines en las ciudades, para uso y disfrute de sus habitantes, y sobre todo de los niños? ¿Por qué no se hace un urbanismo racional, devolviendo las ciudades a las personas, peatonalizando, ajardinando, enterrando el tráfico y los aparcamientos en el subsuelo? ¿Por qué no se castiga la especulación del suelo que, promovida por ayuntamientos y promotores inmobiliarios, ha sido una de las causas importantes de esta crisis?...

Como vemos, ni siquiera en los ámbitos competenciales que les son propios (aquí hemos puesto el ejemplo de los ayuntamientos, pero se puede hacer extensible a cualquier otra administración), son capaces estos representantes de la casta parasitaria, de mostrar un mínimo de coherencia y de eficacia.

Esa mentalidad de la que todos, sean de izquierdas o de derechas, hacen gala, es la culpable tanto de su incompetencia como de su estupidez. Es el pensamiento burdo, es ese afán totalitario –no nos cansamos de repetirlo- el que está colocando a España al borde del colapso, ya no sólo económico, sino como nación.

Por eso frente a lo políticamente correcto, pero socialmente suicida, hemos de levantar la bandera de la Libertad, la bandera que reniega de este Régimen, pero sobre todo del Sistema, encarnado ora en la izquierda ora en la derecha y sus respectivos acompañantes. La bandera roja y negra de una sociedad autoorganizada, de una sociedad de Hombres Libres.

                                                                                                                         
                                                                                                                          

                                                                                                                        
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