|
Uno
de los logros fundamentales del pensamiento falangista cristalizó en
una frase que no por hecha tópico, que no por repetida deja de ser
una de las más importantes aportaciones de La Falange a la teoría
política. En efecto, cuando José Antonio afirmó en aquellos ya
lejanos años treinta que nuestro Movimiento político no era, ni
puede ser nunca, de izquierdas ni de derechas, no estaba mas que
constatando una verdad que se reveló a algunos en aquella época,
fruto de un estudio serio y desapasionado de las doctrinas que desde
hacía dos siglos dominaban el panorama de las ideas.
José
Antonio, y con él La Falange, vieron que el problema que dividía a
las sociedades no era su adscripción a la izquierda o a la derecha.
Se dieron cuenta de que el problema fundamental era que la izquierda
y la derecha –con todos sus acompañamientos de extremistas de uno y
otro lado- no eran mas que una y la misma cosa; y que lo que de
verdad les diferenciaba era un problema de modos y de tiempos para
conseguir los mismos fines.
Esta
sencilla verdad, fue una auténtica revolución –y lo sigue siendo en
nuestros días- en vísperas de las luchas que desgarraron primero
nuestra Patria y luego el mundo occidental; y que no eran más que la
confirmación de las tesis por La Falange expuestas: el agotamiento,
el callejón sin salida de un sistema caduco y trasnochado,
absolutamente falso y radicalmente injusto.
¿Y
cómo era esto así? Cuando triunfa la Revolución Francesa, lo hace
con ella una concepción del mundo –la burguesa- que rompiendo
radicalmente con el pasado hace del hombre el origen y el fin de
todas las cosas, y de lo material el único horizonte de la vida de
las personas. Jacobinos y Girondinos, es decir, los agrupamientos
que posteriormente darían lugar a las actuales izquierdas y
derechas, compartían los mismos postulados, que se diferenciaban tan
solo en los modos de conseguir su realización y en el radicalismo a
la hora de llevarlos a la práctica.
Esta
concepción burguesa despoja al hombre de todo sentido de
trascendencia, hace de él un ser que da rienda suelta a sus
instintos y convierte a la sociedad en lugar de lucha y no de
convivencia. El burgués piensa sólo en sí mismo y lo que a él pueda
beneficiarle (el ‘benéfico egoísmo’ de Adam Smith, padre del
capitalismo); hace del materialismo, del hedonismo, de la búsqueda
del beneficio a cualquier precio, de la acumulación de riquezas, lo
único que da sentido a su vida. La sociedad se convierte así en
lugar de batalla; los fuertes machacan a los débiles, los ricos
explotan sin misericordia a los otros –que ya no son ni compatriotas
ni semejantes-; se destrozan los recursos naturales del planeta en
busca de riquezas fáciles; se provocan guerras y hambres para
obtener unos miserables beneficios; la justicia se coloca al
servicio de los intereses de los poderosos que pueden pagársela; y
se embrutece al hombre común con todo tipo de alienaciones
–consumismo, drogas, sexo, música, deporte...-; se exacerban
comportamientos aberrantes dándoles carta de naturalidad; fomentando
todo ello desde el propio sistema como cortina de humo que impida
ver al común de los ciudadanos cuál es su verdadera situación.
Esta
visión burguesa del mundo es compartida por igual por izquierdas y
derechas –y la extrema izquierda, o la extrema derecha, que tanto
da-; aunque unos y otros llenan sus bocas de retóricas
humanitaristas; porque esa hipócrita distinción entre lo que se dice
y lo que se hace, esta esquizofrenia, es una de las características
que define el actual sistema.
Por
eso La Falange se alzó –y se alza- contra este estado de cosas.
Nosotros no somos una organización política más. No venimos aquí a
poner parches a una situación de tiranía e injusticia. Nosotros no
queremos mantener esta farsa sangrienta. Nosotros venimos con una
tarea: derribar este sistema inicuo, decadente, trasnochado y
estéril.
Por eso La Falange no es de izquierdas ni de derechas. No somos una
mezcla más o menos afortunada de recetas derechistas e
izquierdistas. Rechazamos tanto a unos como a otros porque tenemos
una nueva vía que rompiendo definitivamente con la estrecha y
miserable visión de ambos -y con sus ocasionales acompañantes de uno
y otro extremo- venimos a traer una formulación nueva de la
sociedad, de la política, de las relaciones económicas. Nosotros
queremos una Nueva Sociedad asentada sobre principios y valores
indiscutibles y no pactables en función del momento; porque la
Verdad, el Bien, Dignidad, la Libertad, o la Justicia, no son
concesiones, no son fruto de acuerdos, son inherentes a la nuestra
condición humana y por tanto inalienables, no negociables. Nuestra
sociedad será una sociedad autoorganizada, creada de abajo arriba,
basada en las unidades fundamentales de convivencia, y orientada
según el principio de subsidiariedad; de personas responsables y
libres que no necesitarán de intermediarios ni políticos ni
económicos –que hoy nos arrebatan nuestra soberanía- para
representarse en los órganos de poder.
Y
esta sociedad, cuyo horizonte se adivina en la decadencia de hoy,
será creada por mujeres y hombres valientes, arriesgados, sin
complejos, que miran hacia el futuro con decisión y esperanza;
personas con ideales, que no se dejan engañar por los cantos de
sirena del sistema, que tienen ideas propias y voluntad decidida a
despecho de la estupidez y el conformismo ramplón y chabacano
reinante. La gente que ya milita y los que pronto militarán en
nuestras filas. |