|
Dicen los entendidos, ésos que saben de qué va y cómo funciona eso
de los juegos de azar, que no hay nada mejor para superar el vicio
que una buena partida a la “ruleta rusa”.
Y
no lo dicen sólo por aquello de que el que pierde ya no la cuenta,
sino porque su intensidad e incertidumbre la hacen acreedora de no
pocos seguidores.
Supongo que la mayoría de ustedes ya saben de qué va la fiesta: una
mesa, dos jugadores, uno enfrente del otro, un revolver y una bala.
Una vez decidido el turno, se coloca la bala en el tambor, se le
hace girar y se ofrece el artefacto al primer incauto, el cual, con
semblante serio, parco, y por qué no decirlo, un poco “acojonao”,
procede a colocarse delicadamente (por aquello de que si se dispara)
el cañón en la sien y, cerrando los ojos muy propiamente, procede a
apretar el gatillo con lentitud, pero sin pausa.
Si suena un “tuc”, no hay problema, el alivio, incluso bajo los
pantalones, está garantizado.....el problema es cuando suena una
melodía un poco menos armoniosa, pero no por ello menos elocuente: “pum”...
y adiós, muy buenas.
Claro que visto esto desde la óptica del humor, éste deja de serlo
cuando, en vez de ofrecerse voluntaria y sumisamente sus propias
sienes, los jugadores exponen al capricho del azar las de los demás.
Bien es cierto que eso es jugar con trampa, porque nada pierden y
todo lo ganan, pero, para bien o para mal, ése, señores, es el juego
cobarde al que juega nuestra clase política y/o nuestra afamada laya
jurídico-constitucional.
No ha muchos días el, dicen, más alto tribunal de la Patria, un tal
constitucional (perdonen que lo escriba con minúsculas, pero es que
las mayúsculas sólo son para los valientes), votó a favor de la
participación de una organización política filoterrorista en las
recientes elecciones locales.
Lo de menos es el número de “magistrados” que votaron a favor o en
contra (aunque, curiosamente, la mayoría de los pro-bildu no
pertenecen a la carrera judicial)... como tampoco es lo de más si el
tenor de la resolución tiene suficientes fundamentos jurídicos o no;
lo asombroso, estimados amigos, es que cuando a nuestras
instituciones les interesa, bien que aceleran sus decisiones,
mientras que los pleitos y recursos de los ciudadanos de a pie
duermen “el sueño de los justos” en las muy nobles sedes
jurídico-constitucionales.
Resulta, asimismo, cuanto menos asombroso que el constitucional (que
no Constitucional), lejos de respetar la precedente y no tan lejana
valoración jurídica del, ése sí, más Alto Tribunal del Ordenamiento
Jurisdiccional, tiene la osadía, cuando no cobardía, por escudarse
detrás de una supuesta insigne toga, de criticar la valoración y
fundamentos jurídicos de su predecesor.
Pero, al fin y al cabo, dicen que la temeridad suele ser
consecuencia ilógica de la ignorancia que, curiosamente, no debería
afectar a tan “insignes magistrados”.
Lo cierto es que, al final, todo casa: negociación, acuerdo, paripé,
sentencia y participación electoral.
Nada nuevo bajo el sol, pues lo previsible era ésto, aunque resulte
irritante que la clase política española, ante los resultados
alcanzados por E.T.A. ponga ahora cara de asombro, echándose unos a
otros la culpa de tal dislate.
Este es el precio de una llamada “democracia”, en la que dicen que
el pueblo es soberano, pero que su voluntad es irremisiblemente
secuestrada, bien por unos políticos aficionados, pero con bolsillo
de profesional para la ingratitud, bien por unos magistrados que,
sin serlo, al menos en puridad legal, presumen de ello a costa de
exudar resoluciones jurídicamente pobres y políticamente correctas.
Para aquellos que lo son, es decir, magistrados profesionales, y que
por una soldada coparticipan de la farsa, sólo significarles que la
dignidad, a veces, también se escribe con renuncia o dimisión, pero
no por actuar mal, sino por permitir que otros lo hagan.
La dignidad, ya lo sé, puede resultar cara, pero es mejor comulgar
con un mendrugo de pan, aunque sea rancio, que con una caterva de
traidores que, seguro, son escoria.
Allá, en todo caso, la conciencia de cada uno, que la mía, señores
ya ha tiempo que la tengo limpia. |