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Uno de los hechos más intrínsecamente perversos, dentro del desastre
económico, intelectual y social que Zapatero represente, es la
patraña sobre la fortaleza de su política social, desmentida día a
día por el incremento imparable de la desigualdad entre los
españoles.
El tema es ya tan extremo que la cruda realidad de cientos de miles
de familias nos devuelve a las páginas más oscuras de nuestra
historia, con 1,6 millones de parados tirados en la cuneta, sin
prestación ni subvención alguna; con los comedores de Cáritas
desbordados e incapaces de atender ya a todos los necesitados; con
miles de personas buscando cada noche comida en los cubos de la
basura de los supermercados, o con situaciones como la que acaba de
ocurrir en Alicante, donde se ha hecho un llamamiento para encontrar
familias de acogida para 150 niños, a los que sus padres n pueden
dar de comer.
Aparte de su sectarismo e incompetencia, este océano de injusticia
en el reparto de la renta y la riqueza creadas, es la gran seña de
identidad del socialismo español. Desde su distribución funcional
–donde la “política social” de Zapatero ha dado un vuelco a la
distribución primaria de la renta a favor del capital y en contra de
los salarios- a la distribución personal –donde la “política de
igualdad” de Zapatero ha conducido a que en la época de las vacas
gordas un 60% de las familias perdiera renta real-, o a la
distribución territorial –donde la “política de solidaridad” de
Zapatero ha conducido a que las diferencias de renta entra las
regiones se hayan incrementado en lugar de disminuir.
La distribución funcional: el desplome de las rentas del trabajo
La distribución funcional de la renta expresa la forma en que ésta
se reparte entre el trabajo y el capital. A principios de los años
70, como consecuencia del espectacular crecimiento de los años 60 y
la creación de una poderosa clase media por el régimen del general
Franco, la parte del trabajo en el PIB, según un estudio de la
Comisión Europea, ascendía al 64% del total o al 67,9% sin impuestos
indirectos, una situación que se hundiría rápidamente con el primer
gobierno socialista a partir de 1982, iniciándose un sesgo sin
precedentes a favor de los beneficios empresariales.
Este fenómeno no ha sido exclusivo de España, pero sí ha sido aquí,
bajo los gobiernos socialistas, donde la pérdida de riqueza relativa
al PIB de los asalariados ha sido más acusada. Durante su primer
gobierno, en la España del pelotazo según expresión de un ministro
de Economía de la época, ésta se desplomaría hasta el 48,7% en 1996,
cuando el ínclito Solbes dejó casi quebrado el país por primera vez.
Durante el gobierno de Aznar la cifra se recuperaría algo, hasta el
50,1% en 1999.
Finalmente, en la España de Zapatero, la parte de los salarios en
el PIB se hundiría de nuevo hasta el 46,6% en el primer trimestre
de2008. A día de hoy la cifra es ya inferior al 46% porque,
según el INE, las rentas salariales han crecido menos que las del
capital desde esa fecha hasta el tercer trimestre de 2009. ¿Y por
qué el INE no deja de ocultar la realidad y en vez de porcentajes
que no dicen nada, publica las cifras absolutas? En todo caso, se
trata de la cifra más baja de participación de los salarios en la
renta nacional desde que existen series estadísticas, y la más baja
de toda la UE, donde la media se sitúa en el 53%, mientras los
vendidos de UGT y CCOO no dicen ni pío.
La pérdida de participación de los salarios es más grave aún si
tenemos en cuenta que, además, Zapatero ha situado a España en el
primer puesto de la UE en cuanto a desigualdades salariales, con un
60% de la población activa mileurista, y donde la presión fiscal
sobre las rentas salariales es ya cuatro puntos superior a la media
de la UE, mientras las grandes fortunas siguen exentas.
La distribución personal: el crecimiento imparable de la desigualdad
La distribución personal es la forma en la que las rentas de mercado
y las transferencias se distribuyen entre la población. El primer
indicador del grado de desequilibrio lo constituye el índice de Gini,
que mide la concentración de riqueza, cuyo valor oscila entre cero y
uno. Cuanto más bajo es el valor, más equitativa es la distribución,
y viceversa. Cuando Zapatero llegó al poder el valor de éste índice
era de 0,37 y, en lugar de reducirse, ha crecido hasta 0,325 en
2008, lo que supone un empeoramiento del 5,86% en sus cinco primeros
años de gobierno, una cifra enorme, y un 9% peor que la media
europea, por no hablar de países como Dinamarca o Suecia cuyo índice
es de 0,225.
Otro de los indicadores es la curva de Lorenz, una forma
gráfica de mostrar la distribución, dividiendo la población y la
renta en décimas partes, decilas, en lenguaje estadístico, y
teniendo en cuenta el porcentaje de la renta total que recibe cada
una, desde el 10% más pobre al 10% más rico. Los resultados son
sobrecogedores. Entre 2003 y 2007, los años de las vacas gordas, las
seis primeras decilas, el 60% de la población, había perdido renta
real, y de las cuatro siguientes, la que más gana es la del 10% más
rico de la población, que se apropia ya de más del 31% de la
riqueza. Pero si la concentración la medimos sobre la riqueza
financiera, el resultado es espectacular: el 10% más rico de la
población se apropia del 70% de la riqueza. No en vano en estos
años, España encabezaba el ranking mundial en incremento del número
de millonarios.
Pero además si con las cifras 2007 calculamos lo que los economistas
denominan “ratio de desigualdad”, que mide la relación de la renta
que está en manos del 20% de las familias más ricas y lo que está en
manos del 20% más pobre, este ratio había pasado de 5,1 veces en
2004 a 5,4 veces en 2007, frente a una media de 4,8 para la UE-15, y
de 4,2 para los países centrales, es decir el “ratio de desigualdad”
en la España de Zapatero es un 12,5 más alto que la media de la
UE-15 y un 28,6% superior que la media de los países centrales hacia
los que supuestamente pretendemos converger, lo que representa una
diferencia de desigualdad tremenda. Y lo que es peor: mientras este
ratio se ha elevado en España, se ha reducido en Europa.
La distribución territorial: la vuelta de las dos Españas
Uno de los mitos más extendidos entre los políticos de uno y otro
signo es que el Estado de las Autonomías ha reducido las diferencias
de renta “per cápita” entre las regiones españolas. Así lo expondría
Zapatero hace unos meses en el debate del Estado de la Nación. Nada
más lejos de la realidad. La desigualdad territorial se mide con el
número de CCAA cuya renta “per cápita” supera la media nacional y
con las que tiene un renta un 90% inferior a la media. En 1975,
cuando aún no existían autonomías había 11 regiones o CCAA que
superaban la media nacional y hoy, 33 años después, éstas se ha
reducido a ocho; mientras que el número de CCAA con renta inferior
al 90% de la media ha pasado de solo seis en 1975 a ocho en 2008.
Y la desigualdad está empeorando con la crisis. Mientras Navarra y
País Vasco, gracias a un régimen fiscal demencial, que les permite
pagar ocho veces menos de lo que les corresponde han salido de la
crisis, Andalucía, Extremadura, Canarias –que votó a favor de
blindar el expolio vasco-, Aragón, y otras, siguen cayendo al -4%
oficial, y Cataluña, donde la incompetencia, el despilfarro y la
persecución lingüística, han batido todos los “records”, ostenta el
farolillo rojo con una caída del -4,7% oficial. Es decir, el modelo
autonómico no sólo es que sea económicamente inviable e
intrínsecamente corrupto, es que además ha empeorado
significativamente la distribución de la renta entre las regiones,
que no están convergiendo sino divergiendo: es la vuelta de las dos
Españas.
Todo lo expuesto no son juicios de valor, son hechos cuantificables,
que por cierto demuestran la falsedad de que el socialismo sea el
reparto igualitario de la miseria. En el socialismo español de
reparto igualitario nada, con Zapatero los ricos son cada vez más
ricos y los pobres cada vez más pobres, junto con una casta política
parasitaria, que sigue despilfarrando como si no hubiera crisis,
expoliándonos sin contemplaciones.
Fuente:
Roberto Centeno
Catedrático de Economía de la Escuela de Minas de la UPM
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