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RANCIO

                                                                                      

Con los resultados de las elecciones para las europeas ya publicados y seguro que ampliamente debatidos, nosotros nos comprometemos a no caer tan bajo como para insultar la inteligencia de nuestros lectores dejándonos arrastrar en el manido juego del análisis y la valoración, dando así importancia a un hecho que carece en absoluto de ella.

A nosotros, como a la mayoría de nuestros sumamente perspicaces lectores, nos traen al fresco los resultados electorales. Nos dan igual los que suban, los que bajen, los que ganen o los que pierdan, porque todos somos conscientes de que lo que en esta consulta se jugaba no tenía nada que ver con nuestros intereses, y sí mucho con los de las oligarquías ladronas que se ven obligadas de vez en cuando a limpiar su patética imagen mediante el sencillo truco de montar unas elecciones supuestamente libres para atusar un poco sus plumas y poder exhibirse de nuevo respaldados por una legalidad –que no legitimidad- más que dudosa.

Ante a una campaña electoral que siguiendo la tónica habitual ha descendido un peldaño más en lo referente al trato que los partidos dan a los electores –parecen éstas dirigidas más bien a una ciudadanía compuesta mayoritariamente por tontos de solemnidad-, con guiños a lo soez y al mal gusto constante, y sin la más mínima referencia al aquellos problemas reales del ciudadano, más que para hacer retóricas y grandilocuentes promesas, llenas de vaguedades e inconcreciones, una persona normal, mentalmente sana y con un mínimo de cultura, sólo puede sentirse ofendida y enormemente cabreada por el trato que los trileros de la política dan a su inteligencia.

Porque a nadie que posea una inteligencia normal, se le escapa que en medio de una brutal crisis económica provocada a la limón por financieros sin escrúpulos (que la desencadenaron) y políticos indecentes (que la consintieron cuando no la alentaron, además de ocultarla), y cuya factura estamos pagando los ciudadanos con nuestro dinero y con la pérdida de más derechos sociales,  lo que verdaderamente se dilucida en estas elecciones, como en todas las demás, es qué pedazo de tarta se van a llevar los de siempre; cuánto les corresponderá a cada una de las bandas, y por tanto cuánto podrá repartir entre los suyos. Y es que, no podemos olvidarlo, eso es Europa hoy, una cueva de Alí-Babá en la que todo se compra y se vende arropado bajo el cínico manto, eso sí, de los intereses de los  ciudadanos.

Por eso nosotros no vamos a hablar de los resultados electorales que son, en esencia, indiferentes (nos roba la izquierda tanto como la derecha, nos oprimen los nacionalistas igual que los liberales). Porque todo este tinglado suena a rancio, a anticuado, a lo de siempre, a volver una y otra vez la vista para atrás, a dedicarse a cambiar el nombre de las cosas sin cambiar las cosas mismas, a no querer mirar y avanzar, de una vez, hacia el futuro. En este sucio teatro de marionetas todos tienen su papel, y lo cumplen. Y los espectadores, los ciudadanos, pagan la función, sea esta buena o mala; encantados de dejarse embaucar; timados por la grandilocuencia del discurso vacuo y obnubilados por la presión mediática y ambiental.

Bueno, todos no. Nuestros lectores son demasiado inteligentes para dejarse engañar por tan burdas patrañas, y por eso nos leen. Porque no creen en burros voladores y les causa vómito el espectáculo de los enanos mentales y morales que dirigen los destinos de una otrora gran nación como nuestra España. Cansados del espectáculo rancio, nosotros no tenemos miedo a abrir las ventanas al aire nuevo, fresco y limpio. Por eso formamos parte de estos pequeños grupos dispersos de irreductibles, de inconquistables, de los que son capaces de iniciar una nueva Reconquista, de lanzarse sin miedo al futuro, por numeroso que sea el enemigo que tengamos que batir. Y en ello estamos; en las primeras escaramuzas.



 

 


 
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